Han sido ya varios los operativos estratégicos emprendidos en el Estado de México para tratar de desarticular las redes operativas que están detrás de múltiples actividades delictivas en la geografía mexiquense. “Enjambre”, “Restitución”, “Bastión” y, el más reciente, “Liberación”, han sido anunciados como acciones coordinadas (del gobierno estatal y el federal) que buscan minar las finanzas, el control operativo y las complicidades que mantienen algunos grupos dedicados al robo de combustible, el narcotráfico, el despojo, la extorsión, el secuestro, entre otros delitos.
El resultado de estos operativos han sido personas detenidas, propiedades aseguradas, empresas intervenidas y bienes incautados, principalmente. Hay carpetas de investigación en curso, juicios ya concluidos e incluso algunas sentencias contra individuos detenidos en estos operativos. Pero la pregunta es ¿con eso basta? O, planteado en otros términos, ¿el despliegue de fuerzas policiales, fiscalías y el aparato judicial bastarán para que desaparezcan, se desintegren o dejen de existir y operar las redes contra las que se dirigieron los operativos?
Los que vivimos en el Estado de México sabemos que, durante décadas, han operado en la zona sur grupos dedicados a actividades delictivas, que echan mano de la violencia y que han asolado la región por generaciones. Es una situación “normal”, en el sentido de su habitualidad, de que la gente no la ve como algo raro. No porque sea algo aceptable o inocuo, sino porque la vida cotidiana se ha venido adaptando. Desde ahí (y ante la indolencia del Estado) han extendido sus zonas de influencia al centro y el norte del territorio mexiquense.
Todos los procesos adaptativos incluyen situaciones no deseadas o inesperadas. La vida se abre camino contra todas las adversidades siempre. Y, cuando hablamos de adaptaciones en el plano de lo social, la vida colectiva encuentra la manera de abrirse camino y generar acuerdos, establecer normas, valores, símbolos y, producir sentido. Esto significa que, sin importar lo adverso del entorno, la vida social es posible.
¿Cómo es la vida social en esos entornos en donde se han dado los operativos? Bueno, es parecida a lo que consideramos “normal” todos: hay desigualdades, hay oportunidades, hay injusticias, hay amistades, hay trabajo, hay explotación, hay relaciones filiales y enemistades. Lo que cambia -y mucho- son algunos valores y los medios para sostener las condiciones imperantes en varios ámbitos. Por ejemplo, valorar el desafío a la autoridad o utilizar como medio la violencia son cosas a las que no todos estamos habituados, pero hay entornos en los que sí.
Entonces, uno o varios operativos que logren detener transgresores de la ley, incautarles bienes o cortarles sus flujos financieros no necesariamente impacta en la vida social de esos entornos. Se requeriría una mayor profundidad para deshacer y rehacer valores, símbolos y significados. La labor policial y de las fiscalías termina justo en donde debe empezar la labor de otras instituciones (no sólo gubernamentales) para rehacer el tejido social.
Los seres humanos tenemos una predisposición innata a asociarnos a interactuar a vivir en grupo y a formar relaciones con otros. Es a lo que se le llama socialidad y aflora en entornos tan adversos como una prisión o como un campo de refugiados, en zonas de guerra o en un campo de concentración. Desde luego, también se da en entornos más afables, como un club deportivo, una escuela o una torre de departamentos. En unos y otros entornos, se produce de manera colectiva el espacio en el que se desarrolla la vida. En los entornos en los que han tenido lugar esos operativos ya mencionados, han sido tantos los años en los que se ha vivido bajo las condiciones impuestas por grupos delictivos que el espacio social producido ya tiene su sello.
Matrimonios, compadrazgos, lealtades y afectos se entremezclan con la complicidad, el encubrimiento y la asociación delictiva. Todos son productos sociales, en todos hay un sentido de socialidad, la gente se agrupa, se relaciona, se organiza y actúa. No en todos los casos lo hacen apegándose a la ley, con respeto al derecho ajeno o a la misericordia y la justicia, pero han aprendido a hacerlo de acuerdo a otros valores y con el uso de otros símbolos.
Lo que muchas veces se alude como el “tejido social” es precisamente la urdimbre de relaciones que sostienen la producción colectiva del espacio, de los sentidos, de las normas colectivas. Sus raíces y ramificaciones van más allá de un puñado de personas en la cárcel o de múltiples negocios clausurados. Está muy bien que se lleven a cabo los operativos y que se detenga a quienes delinquen y afectan a terceros. Lo que hay que advertir, sin embargo, es que se requerirán muchos más esfuerzos, a distintos niveles para reorientar la socialidad en aquellas comunidades en las que la vida se ha adaptado a la presencia del delito, la violencia, la complicidad y el encubrimiento.
Ha llevado generaciones el adaptar la vida a la presencia de “la maña”; se requerirán esfuerzos mayúsculos para revertir eso. Tendrán que concurrir a ello los liderazgos políticos, religiosos, académicos, deportivos o populares. Serían necesarios nuevos acuerdos colectivos sobre lo que está bien y lo que está mal, nuevas reglas de convivencia, y otro sentido de socialidad, uno que ya no esté inspirado en el dinero, en la dominación y la violencia. ¿Será posible?



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