Donde quiera que haya más de dos personas (con)viviendo, el conflicto es inevitable. El desacuerdo entre pareceres es algo inherente a la vida social. La única manera de que no lo hubiera, es que todos los individuos pensaran igual, pertenecieran al mismo sexo, se vistieran igual, tuvieran los mismos gustos, creyeran en lo mismo, les gustara la misma comida, etc. Todo lo anterior es imposible, así que a través del orden social es que los seres humanos buscan controlar ese conflicto, porque da cierta estabilidad a los grupos discordantes. Igualmente, la regulación, la creación de normas o leyes de convivencia es la forma más común para gestionar el conflicto presente en todas las sociedades.
Sin embargo, dado que el conflicto no desparece sino que sólo se gestiona y estabiliza, es inevitable la presencia de actos de protesta que buscan “empujar” hacia algún lado la regulación vigente y estabilizar bajo nuevas condiciones las diferencias con otros grupos. Por ejemplo, en una sociedad en la que unos poseen bienes y otros no, es seguro que tarde o temprano se gestarán actos de protesta para generar formas en que los desposeídos puedan acceder a bienes. Los propietarios se resistirán y esgrimirán las normas que durante mucho tiempo les han permitido a ellos ser lo que son, pero como dichas normas son creadas socialmente, en el estira-y-afloja, podrán ceder algo para no perderlo todo y así es como pueden cambiar las normas.
Pero lo anterior alude al plano de la materialidad, sin embargo hay otra dimensión en la que los conflictos encuentran espacio para expresarse y es la simbólica. Para decirlo con pocas palabras: cualquier cosa material puede ser representada por algún símbolo y, si yo busco incidir en lo material, una vía para hacerlo es interviniendo en aquello que lo representa. Por ejemplo, en la historia de nuestro país, por siglos la evangelización fue una herramienta de sometimiento, control y dominación por parte de los conquistadores para con los naturales de nuestras tierras; cuando se emprendió la lucha emancipatoria, el cura Hidalgo toma el estandarte de la Virgen de Guadalupe y llama a la rebelión; el acto simbólico de poner a esa imagen religiosa del lado de la lucha buscaba incidir en el plano simbólico, al mismo tiempo que los actos de guerra buscaban materializar las demandas de un nuevo modo de regular la vida política nacional.
En suma, los actos simbólicos son de especial importancia en la regulación, control o gestión del conflicto. Quien busca incidir en la manera en que está regulado el conflicto bien puede empezar por los actos simbólicos. Una característica de ellos es buscar el impacto en el imaginario, en los signos, en todo aquello que representa el orden social, jurídico o normativo en lo general que se busca cambiar.
Las semanas pasadas la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex) fue el escenario de una auténtica batalla en el plano simbólico. Hay varios actos que pueden destacarse, pero es necesario referirse al más ostentoso: la toma del edificio por parte de un grupo de activistas que han venido enarbolando la causa de erradicar la violencia de género contra las mujeres. Hay que decirlo: la protesta es un acto social que se gesta con el paso del tiempo; es la suma de hechos lo que la va fermentando, pero llega un punto en el que la misma estalla. En el caso de los actos de protesta que derivaron en la toma del edificio central de Rectoría de la UAEMex dicho punto de estallido fue el homicidio de una profesora dentro de instalaciones universitarias.
El edificio de Rectoría en sí mismo, su aula magna y varios de los elementos que ahí se encuentran son símbolos: representan a una institución, su génesis, sus normas, sus valores. Todo ello se convirtió en blanco para los activistas: hicieron pintas, colgaron mantas, hablaron, señalaron, hicieron una intervención sin precedentes, cuya performatividad fue capturada en fotos y videos que corrieron profusamente y en tiempo real por las redes sociales digitales. Todos vimos las rejas tambalear por los embates de los manifestantes; también el óleo de Adolfo López Mateos rociado con pintura, las mantas, los paliacates, las pintas en pisos y paredes. Una característica de la protesta social en nuestros días es que se ha vuelto objetivo primordial filmar los actos y subir el material a Internet y a las redes sociales, para así tratar de difundirlo masivamente. Lo consiguieron. El simbolismo de sus actos fue contundente.
En el mismo plano, las autoridades tuvieron a la mano la posibilidad de entrar a esa batalla de lo simbólico y lo hicieron: primero cerrando las rejas y puertas de acceso al edificio. ¿Acaso sobra decir lo que ello simboliza? Cerrazón. Luego tuvieron la oportunidad de abrirlas y ofrecer al instante un diálogo, un escenario para invitar a los manifestantes a sentarse, a hablar, a identificarse, a expresar sus peticiones. Hacerlo al mismo tiempo en que los estudiantes y activistas llegaron a la reja hubiera arrebatado un símbolo de la protesta: el habla. Ofrecer la propia aula magna para hablar (y si era preciso sentarse por horas con ellos para escucharles, “aguantando vara”) implicaba un acto simbólico muy importante, porque al decirles “sean bienvenidos a su Universidad, vamos a escuchar a todos, a nadie se le va a impedir hablar y vamos a tomar nota de sus peticiones”, encerraba la posibilidad de arrebatar el control de la palabra, dejando que fluyera, pero en los términos puestos por las autoridades. Se decidió no hacerlo así.
Sin embargo, tuvieron que dialogar con los activistas un par de días después y vimos un nuevo acto simbólico muy relevante: las autoridades universitarias sentadas en el piso, escuchando a chicas con el rostro cubierto (símbolo de quien se despersonaliza para encarnar una causa), en el propio edificio de Rectoría, coaccionadas a adherirse al discurso de la protesta (aceptar la crisis de inseguridad de género). Vaya, el resultado fue el mismo pero siempre bajo los términos de quienes encarnaron la protesta.
Con una causa justificable, con un objetivo simbólico muy claro y con acciones no antes vistas en nuestra UAEMex, las y los activistas ganaron esta batalla: las condiciones se van acomodando para “empujar” y rehacer el conjunto de normas que regulen el conflicto (en este caso derivado de la convivencia de hombres y mujeres) al interior de nuestra institución. Esto parece que apenas comienza.


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