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Uno de los países más desiguales del mundo

Bajo este membrete, nada honroso, es como etiqueta a México el World Inequality Report 2022: “Uno de los países más desiguales del mundo”. Este informe, presentado la semana anterior, retrata la desigualdad imperante en el mundo y, a nuestro país en lo particular, lo deja muy mal parado. De acuerdo con los indicadores que ha considerado para estudiar las condiciones que guarda en el mundo la desigualdad, en México cada año una persona de las clases más humildes tiene un ingreso equivalente a 42 mil pesos, pero una de las personas ubicadas en la parte alta de la pirámide socioeconómica lleva a sus bolsillos al menos 1 millón 300 mil pesos. Así de dispar es el ingreso en nuestra nación, pero considérese que los que ingresan menos de 50 mil al año son más de la mitad de la población, en tanto que los de mayores ingresos anuales sólo son el 10%.

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Evidentemente esta disparidad es disimulada cuando los números analizados se promedian. Casi todos los indicadores macroeconómicos llevan a cabo esa operación: suman la riqueza total y la dividen entre el número de pobladores. Cuando se hace eso el promedio de ingreso nacional es de 232.790  pesos, pero resulta que una muy pequeña porción de mexicanos (no más de 10%) ingresa 30 veces más que la mayoría. 

De acuerdo con este mismo informe y el análisis histórico del comportamiento de la desigualdad en el país, México no experimentó una reducción de la desigualdad durante todo el siglo XX. De hecho, esta condición de inequidad se ha mantenido casi sin cambios desde finales del siglo XIX.  Dicho en otras palabras, desde antes de la Revolución de 1910 y hasta nuestros días, el 10% de la población (los más pudientes) siempre han concentrado entre 55% y el 60% de la riqueza, mientras que el 50% de la población sólo se reparte entre 8% y 10%.

A nivel planetario el informe referido considera que el grado de desigualdad actual se encuentra en niveles similares a los que se registraban a inicios del siglo XX, cuando el imperialismo occidental gozaba de su años más boyantes. El World Inequality Report (que se puede consultar en https://n9.cl/1ks4h). Es muy ilustrativo cuando demuestra gráficamente que la re-distribución que los gobiernos pudieran hacer en cualquier país apenas y logra paliar estas grandes brechas entre los grupos poblacionales. Al día de hoy la mitad de todos los habitantes del planeta (casi 4 mil millones de personas) no llegan, entre todos, ni al 10% de los ingresos totales y sólo poseen el 2% de la riqueza global.

Y hay varios procesos en curso que ayudan a entender tales circunstancias, uno de ellos es la disminución de la riqueza pública y la multiplicación de la riqueza privada: dicho de otra manera, el dinero cada vez lo tienen un grupo muy reducido de multimillonarios, en tanto que los aparatos estatales han sido reducidos dramáticamente, por lo que su capacidad para disminuir las inequidades es cada vez menor.

Otro de los procesos es la pauperización de la mayor parte de la población, la que se queda prácticamente sin nada, sin ningún patrimonio o activo para hacer frente a las vicisitudes del día a día. Por ejemplo, entre los mexicanos, la riqueza promedio de los hogares asciende 833, 660 pesos, pero la mitad más pobre de la población está privada de riqueza: su riqueza neta es negativa, lo que significa que este grupo tiene más deudas que activos. No poseen un patrimonio y viven “al día”.

¿Cómo ha ocurrido esto? Parece sencillo y ya lo hemos comentado en este mismo espacio desde hace mucho tiempo: vivimos en una sociedad diseñada para beneficiar a los más ricos. Y es que toda sociedad posee un modelo, conformado por sus reglas (las escritas y las implícitas), sus dinámicas y su lógica. El modelo vigente premia a la gente con mayores ingresos y hace casi nada por los desposeídos. La política fiscal, el gasto público, las instituciones, la procuración de justicia, los servicios de salud y educación, entre muchas cosas prácticas, siguen una lógica de premiar al que tiene y excluir al que no tiene. Pero, igualmente, la mentalidad, la ideología, los principios y valores que se han naturalizado, favorecen al rico (el que es idealizado, idolatrado, endiosado) e ignoran a las masas pauperizadas.

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El debate que siguió a la presentación del informe ya referido fue en el sentido de cuestionar seriamente el modelo de re-distribución como solución a este muy grave problema social del nuestro tiempo. Se presentaron con más fuerza las voces que apuntan a cambiar el paradigma y pensar en acciones en la pre-distribución, que consiste en responsabilizar de la justicia social no sólo a los poderes públicos sino al conjunto de actores e instituciones, formales o informales, que asignan recursos económicos en nuestra sociedad. Quizá es tiempo de re-formular el planteamiento liberal de que todos los agentes sociales puedan actuar distributivamente como les plazca, pues ya vendrá el Estado, con el esfuerzo que haga falta, a arreglar el eventual desaguisado con acciones re-distributivas.

Ese modelo que apuesta al libre mercado a raja-tabla y a la “mano invisible” del mercado que acomoda a los agentes sociales, dejando al Estado la tarea de remediar las inequidades, parece que no ha dado resultados (a la luz de los datos), tras un siglo de prácticamente no habernos movido del sitio en donde unos cuantos concentran la riqueza y las grandes mayorías mueren en la pobreza. Nuevos paradigmas son necesarios y urgentes.

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