■ Valle de Bravo, derecha en serio y focos rojos;
■ Valle como trofeo cultural de la derecha;
■ Horacio Duarte y el límite de la tolerancia;
■ Compras públicas y la prueba de fuego;
■ La Contraloría invisible.
Valle de Bravo, derecha en serio y focos rojos

En Valle de Bravo, a diferencia de otros municipios donde la oposición compite de trámite, la derecha sí va a jugar de tú a tú contra Morena. El escenario no es cómodo para nadie. La figura visible del bloque PRI-PAN —con alianza más fáctica que declarada— es Zudikey Rodríguez, atleta electoral ya probada y con reconocimiento real en el territorio. El problema no está enfrente, sino adentro. Entre electores influyentes y factores reales de poder, crece el desencanto con el Gobierno de Michelle Núñez: administración muy parecida a las anteriores, obsesionada con redes, publicidad y presencia, pero floja en resultados estructurales. A eso se suma la tentación dinástica de imponer al hermano como candidato, mientras ella busca brincar a una diputación. El cálculo no es fino: huele a continuidad hueca y a sucesión doméstica. En Valle, donde el voto es menos ingenuo y el dinero no compra paciencia, ese combo enciende focos rojos rumbo a 2027.
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Valle como trofeo cultural de la derecha
Si la derecha prianista gana Valle de Bravo en 2027, el efecto será menos electoral que simbólico. No es un municipio que mueva el tablero por número de votos, sino por lo que representa: capital económico, capital social y capital simbólico concentrados en un solo territorio. Para la derecha, conquistar Valle sería la prueba de que aún puede gobernar espacios de élite, vender orden, estabilidad y “buen gusto administrativo”. Para Morena, perderlo no sería un desastre aritmético, pero sí un golpe narrativo: la confirmación de que hay enclaves donde el discurso popular no basta y donde los factores reales de poder siguen marcando la frontera. Por eso, Valle importa más de lo que parece. No define una elección estatal, pero construye relato. Y, en política, los relatos sobreviven más que los números.
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Horacio Duarte y el límite de la tolerancia
El éxito político-electoral de Michelle Núñez no se explica sin el impulso directo del Horacio Duarte. Su operación, su lectura territorial y su capacidad de ordenar intereses hicieron viable un proyecto que, por sí solo, no habría caminado igual. Por eso, si algo sale mal en Valle rumbo a 2027, la responsabilidad política también tocará su escritorio. A él le corresponde desatar el nudo antes de que se vuelva crisis: poner orden, cerrar la puerta a la tentación familiar, disipar cualquier intento de imponer al hermano o de adelantar una candidatura legislativa que desacomode todo. No es un asunto personal, es de método. Si Morena pierde Valle, el golpe no será solo municipal; sería un tropiezo serio para quien, hasta ahora, ha operado con eficacia el delfinismo y entregado resultados. Y, en política, incluso a los que lo han hecho bien, no se les perdonan los errores evitables.
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Compras públicas y la prueba de fuego

Arranca la temporada de las grandes compras consolidadas del Gobierno y con ella la primera prueba real para la nueva Oficial Mayor, Mónica Chávez. No es un momento menor: aquí se mide si el cambio fue cosmético o sustantivo. Los tiempos obligan a algo más que eficiencia administrativa. Exigen transparencia activa, socialización clara de cómo se gasta peso a peso el dinero público y reglas visibles para proveedores y ciudadanía. Para eso la colocaron ahí. El reto es concreto: superar lo hecho por su antecesora, no administrarlo con otro nombre. Porque en el manejo del gasto no basta con no robar; hay que explicar, abrir y ordenar. Ese es el sentido de todo relevo serio en el poder.
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La Contraloría invisible
El desempeño de la Secretaría de la Contraloría del Gobierno Estatal es, hasta ahora, el más gris del gabinete. Poco o nada se sabe de resultados concretos y lo único verificable es la lentitud exasperante con la que avanza el combate a la corrupción. Camina con pies de plomo. No hay un solo caso relevante de peces gordos, ni del régimen actual ni del anterior. Ninguna señal de ruptura, ningún golpe que marque diferencia. Esa ausencia pesa. Porque el gobierno de la transformación y el poder de servir no pueden sostenerse solo en el discurso ético; requieren decisiones, investigaciones y sanciones visibles. La impunidad heredada sigue intacta y esa es una deuda política que no se extingue con silencio administrativo.

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