Enrique Peña se ha quedado casi solo. Seis años después de la presidencia y la lista de verdaderos amigos que le quedan no suman una decena. La muchedumbre que rogaba por su atención cuando fue el hombre más poderoso de México se ha diluido. Solo su familia y quizá un par de amigos permanecen a su lado. El próximo fin de semana cumplirá 58 años, quiso festejarlos aquí, en su tierra, pero no pudo. Tendrá que pasarlo en soliloquio. Cruel destino, aparentemente tenía todo y se ha quedado casi sin nada… bueno, solo con mucho dinero.
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Peña hizo inmensamente ricos o ricas a muchas personas de su entorno. Desde el poder les dio a manos llenas. Todo aquel que estuvo cerca ganó dinero a manos llenas. Hasta sus guardaespaldas, secretarias, auxiliares, asistentes, choferes y fotógrafo, por ejemplo, ganaron en abundancia dinero, tanto como para resolver de por vida su problema económico. Muchos de los mexiquenses nuevos ricos se hicieron a la sombra de Peña. Hoy, casi ninguno de ellos le dirige ni la palabra. Bola de malagradecidos.
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El único que sigue leal y afectuosamente a su lado es su compadre Luis Miranda. En su retiro forzado, Luis decidió encerrarse en Ixtapan de la Sal. Literal, agazaparse frente al posible acoso judicial. Su salud es frágil, pero aun así procura mantener y alimentar la amistad de toda la vida con Enrique Peña. Procuran reunirse en las festividades de año nuevo en sus respectivos cumpleaños, normalmente Luis Viaja a España o Punta Cana. Es el único.
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A Victorino Barrios no debería categorizársele solo como un aspirante más a la rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México, sino como auténtico contendiente, quizá de los más fuertes y con posibilidades reales de alcanzar el cargo. La sola posibilidad de que gane tiene inquietos a muchos, sobre todo a aquellos que ven en él una amenaza real a sus privilegios. Es allí, en ese grupo de odiadores más que opositores, donde debe buscarse a los autores de las campañas negras en su contra.
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La extinción del PRI no será súbita. Será un proceso largo, lastimoso y degradante de 10 años o quizá más, pero inevitable. La enfermedad que padece es incurable, degenerativa y terminal. Lo comprende perfectamente la burocracia que lo controla actualmente y entiende que su destino no es recuperar el poder, sino rentabilizar la agonía. Su plan es más un modelo de negocios que un programa político, por los miles, quizá cientos de miles de priistas que aún tiene en el Estado de México.


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