¿Y ya renunciaron Ana Lilia, Anuar Azar, Javier Rivera, Omar Ortega, Agustín Barrera y Cervantes Palomino? ¡Hasta creen! No, y no lo harán a pesar del papelón que hicieron en las recientes elecciones pilotando al PRI, PAN, PRD y NA. Cualquier político profesional con un poco de dignidad y vergüenza lo haría, pero ellos no. Por el contrario, perdiendo ganan con su tajada de representación proporcional.
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La derecha se hizo muy chiquita en el Estado de México. Lógico y entendible. Una entidad donde la mayoría de la población pertenece al proletariado es lo normal. Anormal era que desde la opresión y la miseria se siguiera entregado el poder a los sectores privilegiados. El pueblo mexiquense ha optado por la izquierda. Bien hecho.
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Muchos en la nueva nomenklatura morenista mexiquense deberían serenarse, ubicarse en su realidad. En buena medida, las victorias electorales que hoy le benefician no son producto de su esfuerzo ni de reputación, al contrario. Si ganaron, fue gracias al arrastre del presidente López Obrador y de la aceptación popular de Claudia Sheinbaum. Todavía no tienen ni constancia de mayoría y ya están instalados en la arrogancia.
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Algo raro pasó en el sur. Hay indicios suficientes para suponer de traiciones y acuerdos inconfesables para reconfigurar el mapa político. En Morena hubo una ruptura que contribuyó a que perdiera en Tejupilco, Luvianos, Santo Tomás y en otros municipios más. La tierra narca se ha pintado de azul.
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Los resultados generales de la elección fortalecen, sin duda, a la gobernadora Delfina Gómez. Sus bonos políticos cotizan al alza. Será en el futuro inmediato uno de los personajes más cercanos a la presidenta Sheinbaum. Pero no solo Delfina, también Horacio Duarte, el operador maestro de la maestra. El secretario general de Gobierno, el número 2, también ganó.


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