¿Sirvieron los “abrazos”?

Un gobierno que piensa en la paz y no en la guerra
noviembre 17, 2024

La seguridad pública es, desde hace décadas, uno de los principales problema en el país. En esto no hay desacuerdo; sin embargo, las divergencias empiezan cuando hay que proponer cómo resolverlo. El anterior sexenio se propuso una fórmula que hoy todo mundo se atreve a señalar que no funcionó, aunque haya información que podría dar para argumentar lo contrario.

En este espacio hemos comentado, en distintas ocasiones, los resultados cuantificables en materia de percepción de inseguridad y de incidencia delictiva. Los números indican que delitos tan graves como el homicidio dejaron de presentar una tendencia al alza; igualmente otros delitos que directamente afectan a la población, como el robo de automóviles o el secuestro, se mostraron a la baja. Puede haber señalamientos acusando que los números no bastan cuando se trata de darle seguridad a la gente, pero lo que hoy quiero comentar no es la materia de estadística delictiva, sino de orientación filosófica del quehacer del Estado.

La materia sobre la que quisiera reflexionar es la frase “Abrazos, no balazos”, con la que ocurrió algo muy particular: se tomó por literal lo que en realidad es una postura ética. Sobre todo los políticos opositores al actual régimen, impulsaron la idea errónea de que la política de seguridad consistía en ir a abrazar a los delincuentes. No, definitivamente, no es eso lo que inspira a este planteamiento. Es verdad que las características de comunicación del expresidente Andrés Manuel López Obrador condujeron ese planteamiento a la hipersimplificación en la que muchos cayeron y hoy se atreven a decir (incluido el embajador de los Estados Unidos en México) que la estrategia “no funcionó”.

El tema es que no se trataba de estrategia, sino de vocación política. El planteamiento que encierra la frase “abrazos, no balazos” es que el titular de Poder Ejecutivo del Estado Mexicano no desea promover la violencia, sino construir la paz. Hay jefes de Estado cuya orientación es justo a la inversa: uso la fuerza estatal (fuerza armada, por supuesto) para enfrentar los problemas públicos. Es el equivalente a optar por la vía armada para transformar un régimen político o, a la inversa, hacerlo por la vía electoral. Quien decide ir por la vía de las armas hace una apuesta por el levantamiento, la revuelta y la refriega con las fuerzas del Estado. En cambio, quien decide avanzar por la vía electoral basa su estrategia en la palabra, en el convencimiento de los electores y en los comicios; en las urnas, vaya.

Tener una vocación preferente por el uso de la fuerza, desde luego que no puede, sino esperar una reacción del mismo tipo. Hoy todos sabemos que los antiguos traficantes de drogas que han operado en el país desde hace más de un siglo devinieron al inicio del presente siglo en grupos bélicos. Tener que enfrentar los “balazos” del Estado derivó en que se armaran como verdaderos ejércitos. Los principales cárteles de la droga en el país se convirtieron, desde el sexenio de Felipe Calderón, en grupos combativos, que “deben pelear la plaza”, aniquilar a quien se oponga a ello y hacer gala de violencia como vía para controlar todo tipo de actividades lícitas e ilícitas.

Justo el periodo de Calderón lo que hizo fue optar por la vía armada como principal vocación de la autoridad política. El resultado, desde luego, fue un baño de sangre: los homicidios se incrementaron en casi 200% a lo largo de su sexenio, sumado a desapariciones, masacres horripilantes y todo tipo de símbolos de la violencia (decapitados, colgados en la vía pública, etc.). ¿Dicho en otras palabras? Optar por la guerra por parte del Estado abrió una ruta a la violencia. Justo esa vía es la que pretendió cerrar López Obrador con una postura cuya vocación fuera la paz (simbolizada por los abrazos) y no la guerra. Apostar por la paz no solo era en materia de combate al crimen, sino en todo el espectro de las políticas públicas: con programas de “bienestar”, con derechos sociales consignados en la constitución, con fomento a actividades tan irreprochables como sembrar árboles o dignificar a la población adulta mayor.

El problema, repito, es pretender que esa preferencia por la empatía, la fraternidad, por la atención a grupos en condición de vulnerabilidad era la orden que se les daba a las policías o a las fuerzas armadas: salgan a la calle a abrazar a los delincuentes. No, no era esa la estrategia policial. Era, hay que subrayarlo, la postura ética de gobierno; un gobierno que piensa en la paz y no en la guerra.

Ahora, debido a la capacidad de fuego y de ejercer violencia que alcanzaron varios grupos delictivos (e incluso la delincuencia común) hace imposible que quedara inoperante de la noche a la mañana. Es de una plena ingenuidad pretender eso. Declararles la guerra o enfrentarlos abiertamente en las calles tampoco podía ser la ruta de un gobierno que pretendía mostrar que tiene convicciones éticas diferentes. Como se optó por no ocupar al ejército principalmente para salir a disparar a la calle, sino que se le encomendó involucrarse en la edificación de obras de infraestructura, hubo quien dijo: se ha claudicado en la guerra contra el crimen. El problema de afirmar eso es que no había tal guerra. El Estado no declaró la guerra en 2018, como sí lo hizo en 2006.

En pocas palabras, por una convicción política, el expresidente evitó a toda costa decir que se estaba “combatiendo” a los grupos delictivos (aunque sí hubiera acciones policiales o de las fuerzas armadas en el territorio para detener personas o decomisar droga, por señalar solo ese ejemplo), porque hablar de combates implicaba una actitud beligerante y eso es lo que se quería evitar. Trató, a toda costa, que no se le relacionara con operativos en territorio, con enfrentamientos entre policía y delincuentes, que no hubiera manera de que su gobierno quedara marcado por acciones de guerra.

En suma, la disyuntiva que planteó el planteamiento de “promover los abrazos y no los balazos” convoca a una definición ética de toda una nación: ¿qué preferimos, la guerra o la paz? ¿El actual gobierno federal ha apostado por una fórmula distinta? Reivindica discursivamente la opción por la paz, pero busca hacer frente al problema de seguridad con operativos más limpios, con los balazos mínimos indispensables y pegando a la capacidad financiera de los grupos delictivos.

Poder afirmar que esta nueva fórmula sí funciona, es algo que no se puede decir ahora. Pueden adelantarse hipótesis o pre-juicios, pero no hay forma de descalificar o aprobar con base en información sólida. Por lo menos un año habrá que esperar para que las tendencias sean consistentes. Lo que no se puede es seguir equivocándonos al evaluar como estrategia lo que no era sino una postura ética.

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