La próxima semana se cumplirán 34 años del sismo que echó abajo decenas de edificios en la Ciudad de México y sacudió muchas cosas, incluyendo al aparato gubernamental, a la sociedad civil y a la cultura. De entonces para acá varios cambios hemos vivido, apareciendo, por ejemplo, las instancias de Protección Civil o las fobias a eventos naturales como los sismos. Pero algo que también surge en aquel momento es el consumo de agua embotellada.
Hoy es algo habitual, aunque gran parte de su fuerza proviene de las recomendaciones que en aquel momento se hicieron a la población para que se asegurara de que el agua que bebía no estuviera contaminada (producto del sismo se rompió parte de la red de agua potable, además de que el polvo, las fugas de combustible, los decesos en los edificios colapsados y otros factores volvían poco confiable beber de cualquier parte). Y aunque estas recomendaciones eran básicamente para la gente que habitaba en el otrora Distrito Federal, la gente del resto del país las asumió como dirigidas a todos.
Se empezó a recomendar con especial fuerza que se hirviera el agua y la gente incubó la idea de que el líquido que llegaba por la red de agua potable no era algo confiable. Este factor fue aprovechado por empresas nacionales y extranjeras para hacer crecer su mercado, el cual abarca en este momento hasta un 80% de la población total del país. En las ciudades incluso llega a superar 90%.
Estudiosos del tema, como la doctora Delia Montero, de la Universidad Autónoma Metropolitana, han señalado que en este fenómeno no hay diferencia entre los consumidores, pues lo hacen por igual las personas con diferentes ingresos, formación profesional y lugar de residencia, porque se ha conseguido incorporar al agua a la lógica del consumo capitalista. Además, ya el propio INEGI ha estimado las razones de porqué la gente prefiere consumir agua embotellada: 72% lo hace porque desconfía de la calidad del agua que se distribuye por la red pública.
De acuerdo a distintas fuentes, México es el país que más consume agua embotellada de todo el mundo. Consumimos el doble que naciones como España, Francia y Estados Unidos, a pesar de que este último tiene una población cercana al triple de la de nuestro país. Nuestro consumo percápita ronda los 250 litros anuales. Las grandes corporaciones europeas Nestlé y Danone, así como las estadounidenses PepsiCo y Coca-Cola, a través de múltiples marcas, dominan el mercado del agua embotellada en nuestro país, aunque dada la creciente demanda han florecido otro tipo de empresas que ofrecen agua embotellada cuya calidad no necesariamente es superior a la que tiene el agua de la llave.
Este hoy naturalizado consumo de agua embotellada ha venido acompañado de discursos sobre la salud que recomiendan beber cantidades que parecen excesivas. Cada vez hay más evidencia de que este tipo de agua no contiene los electrolitos en cantidades adecuadas para el consumo humano, tampoco el sodio y el potasio que la gente requiere. Entonces, al tomar cantidades excesivas de agua embotellada (agua ligera, dicen algunos spots) lo que hace la gente es diluir los electrolitos que tienen en la sangre, presentando cuadros de deshidratación por baja de sodio y, a la larga, problemas renales.
Parece evidente que estimamos saludable y seguro beber agua embotellada; el hecho de pagar por ella parece estar correlacionado con la certeza de tomar algo bueno. El consumo de agua embotellada aumenta en el mundo a un ritmo de 12% al año, lo cual implica que se duplica cada sexenio. La gente con más poder adquisitivo le resulta “lógico” comprar agua embotellada porque desconfían de la sanidad del agua y puede pagar por ello; los pobres se enferman por consumir agua no apta, así que ambos son “candidatos ideales” para venderles el producto. En un mundo con una creciente desigualdad, con acceso diferenciado al líquido y con voraces empresas comerciando con ello, parece que estamos en la ruta de no conocer otra forma de beber agua que no sea en botellas.
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