Ya están aquí y viene “ecaboronadísimas”. Las agentes de tránsito que estuvieron en retiro espiritual durante 90 días, sin tocar siquiera una placa, regresaron a las calles de 15 municipios con la idea firme de acabar con los violadores del reglamento de tránsito.
A varios de nosotros nos han agarrado como al Tuca en Argentina – comiendo tubérculo con La Lechera-.
Tempranito, las guardianas del semáforo andan en busca de ciudadanos que se quieran pasar de chapos.
En Naucalpan ha circulado un video de una señora que graba a un oficial (ojo, hombre) pidiéndole cinco mil pesos – adiós a la milanesa- a cambio de dejarla ir, y no aplicarle la multa; aplicación a la que, por cierto, está prohibido el nieto del 777.
En el video se ve como se juntan algunos ciudadanos y corren al policía mordelón, amén de exhibirlo como un trasgresor de la ley.
Las autoridades, siempre atentas a las novelas del Canal de las Estrellas, han informado que el policía fue dado de baja de sus funciones, pero mantiene actividades administrativas. Es decir, sí lo vimos, sí lo cachamos, ya lo regañamos y ya lo sobamos. Grave contradicción. Primero dicen que van contra la corrupción y luego no tienen ni la más pastelera idea de cómo sancionarla.
Frente a este festival del absurdo, los ciudadanos ya no sabemos para dónde hacernos y sentimos unas ganas inmensas de enviar, otra vez a todas las oficiales, 90 días a una casa de reposo.
Me imagino que no debe ser fácil, allá, en el valle de México, ser policía. Mi explicación es la siguiente: puedo decirles que un ser humano que es obligado a trabajar desde las seis de la mañana sufre severos daños en su ciclo sueño- mordida- moche- noche.
El o la poli, se despierta enloquecido a las cuatro de la mañana, se peina (en algunos y raros casos) toma su cena- desayuno y sale con rumbo a la justicia. Como duerme vestido no pierde mucho tiempo; toma tres combis, lo asaltan en las tres y llega a las 6:29 a su pase de lista. A las 6:30 dice presente y a las 6:32 se echa su coyotito parado y con los ojos abiertos – en el mejor de los casos-. Dicho de otra manera: vigila y cuida las leyes pero a veces no.
El pago quincenal es risoterapia; la ignorancia de la ciudadanía es pan común y el hambre es canija.
90 días fueron suficientes para afilar el colmillo, limar las uñas y crear nuevos modos de hacerse de la chuleta con mejores y más sofisticadas prácticas del agandalle.
Es la Ley de Tránsito, casi tan parecida a la Ley de la Selva.
Nos encontramos en @gfloresa7


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