Afonía del Cicerone

“Hay palabras que se dicen y palabras que seducen. ¿Cuáles quieres escuchar?” pregunta un pequeño libro escrito por Beatriz Rivas y Federico Traeger, titulado “Lo que no mata enamora”, de editorial Planeta. A mi me gustan más las palabras que seducen, y por eso ando tan encantado con una de ellas que ha marcado buena parte de mi huehuenche existencia: Chole. Qué sabroso se escucha, se paladea, se mezcla con la garganta, las cuerdas bucales; se saborea, se suelta. Casi en cualquier espacio netamente azteca cabe sin mayor dificultad. “Yo quiero a mi Chole”, repetía Cantinflas, luego de ser embrujado
octubre 23, 2015

“Hay palabras que se dicen y palabras que seducen. ¿Cuáles quieres escuchar?” pregunta un pequeño libro escrito por Beatriz Rivas y Federico Traeger, titulado “Lo que no mata enamora”, de editorial Planeta.

A mi me gustan más las palabras que seducen, y por eso ando tan encantado con una de ellas que ha marcado buena parte de mi huehuenche existencia: Chole.

Qué sabroso se escucha, se paladea, se mezcla con la garganta, las cuerdas bucales; se saborea, se suelta.

Casi en cualquier espacio netamente azteca cabe sin mayor dificultad.

“Yo quiero a mi Chole”, repetía Cantinflas, luego de ser embrujado con aguas miríficas como del Río Lerma, en la película “Siete Machos”.  El brebaje fue proporcionado por una servicial ayudante llamada Chole, con el fin de que Cantinflas cayera rendido a ella.

Ya me dio Chole, decía uno de mis tantos primos, luego de reventarse tres tacos de suadero, dos revolcados y una infaltable Manzanita, a la que tenía la costumbre, ya casi por acabarse el líquido, de remover la botella, como si el pase hiciera el milagro y la multiplicación de la gaseosa pudiera ayudar el muy deficiente paso del bolo alimenticio al diminuto cuerpo del individuo.

Perdón, lectora- lector querido, por lo escatológico del párrafo anterior, pero era necesario enmarcar otra acepción de la palabra.

Pero mi encanto primordial radica en una frase que remata con la palabra, desnuda nuestra insistente condición quejumbrosa y revela que aquí todo está bien.

Un chalán de carpintero ( de quien me declaro admirador), altamente capacitado para desflemar madera, le mete tremenda regañada a su patrón por quejinche, pesimista y chillón. La razón:  el jefe, justo cuando tallaba una especie de silla llegada de Monterrey, a la que le pidieron la hiciera banquitos independientes, suelta de su ronco pecho: “Ya Chole con las Reformas, ¿no?

¡Madres!

El Macua lo voltea a ver como con cara de Beltrones en plena Feria de Chapultepec con puro perredista, y le advierte que le baje tres rayitas a su reclamo y vea cómo las Reformas han contribuido a la grandeza del negocio, de la cuadra y el país. La luz (Clarita), dice, ya no es tan cara; la gasolina ( muy malita ella) ya no sube, y los maestros, hoy, casi todos están listos para participar en el Nobel de Ciencia.

El dueño de changarro, descontrolado, escucha la perorata obrero- oficial, y terminan convencido de que Chiapas se está quedando pelón pero él no pagará más impuestos el año que entra.

Ya me dio Chole; yo quiero, me urge mi Chole, y ya Chole, son parte de mismo camote nacional.

Yo quiero ser chalán de maderería. Se sabe mucho, se entiende más y ganaré más con el salario mínimo.

De ahí soy.

Para el Gobierno, no dejaré de ser quejumbroso, semi obrero y semi patrón de un changarro lúgubre que coexiste gracias a la benevolencia de la radio, y sus anuncios oficiales, y de tallar madera para fusionarme con un José metrosexual y en busca de su María.

Yo opino que “ya chole”.

Nos encontramos en @gfloresa7.

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