En menos de un año, tres ataques perpetrados por hombres jóvenes en México han encendido alertas sobre un patrón emergente: agresores que anticipan sus actos, consumen contenido violento en línea y, en dos de los casos documentados, expresan abiertamente rechazo hacia las mujeres.
El caso más reciente ocurrió el pasado lunes en la zona arqueológica de Teotihuacán, donde un hombre armado asesinó a una ciudadana canadiense e hirió a 13 personas extranjeras. El agresor, identificado como Julio César Jasso, de 27 años, se quitó la vida en el lugar.
Aunque en un inicio el ataque parecía un hecho aislado, las investigaciones posteriores revelaron elementos que han sido asociados en otros episodios de violencia: mensajes de odio en redes sociales, referencias a ideologías extremistas y una posible alusión simbólica a la masacre de Columbine de 1999, ocurrida en la misma fecha.
Antecedentes: señales previas ignoradas
El 22 de septiembre de 2025, Lex Ashton Cañedo, de 19 años, ingresó armado al CCH Sur, en la Ciudad de México, donde asesinó a un joven de 16 años e intentó atacar a otra persona. La intervención de un trabajador evitó un saldo mayor. Antes de morir tras arrojarse desde un tercer piso, el agresor había manifestado en foros digitales afinidad con comunidades “incel”, donde se difunden discursos de odio hacia las mujeres.
Un segundo caso ocurrió el 24 de marzo de 2026 en Lázaro Cárdenas, Michoacán. Osmar “H” entró armado con un rifle AR-15 a una preparatoria privada y asesinó a dos profesoras. Horas antes había publicado imágenes con el arma en redes sociales. De acuerdo con las investigaciones, también se identificaba con la subcultura incel y compartía contenido misógino.
Un patrón en construcción
Aunque las autoridades no han establecido una conexión directa entre los tres ataques, los casos comparten elementos que especialistas identifican como señales de alerta: consumo de contenido violento en línea, aislamiento social, discursos de odio y anuncios previos en redes sociales.
Para la psicóloga Elisa Petrikowski, estos factores forman parte de un fenómeno multifactorial que no es exclusivo de México, pero que comienza a mostrar expresiones locales.
“La subcultura incel se construye a partir de una percepción de rechazo que, en algunos casos, se transforma en odio hacia las mujeres”, explica.
Redes sociales: espacio de riesgo… y de alerta
De acuerdo con la especialista, las plataformas digitales funcionan como espacios de radicalización, pero también como posibles mecanismos de prevención.
“Frecuentemente hay señales previas en redes sociales que pueden anticipar estos actos, pero no siempre se interpretan como advertencias reales”, señala.
Salud mental y prevención
Frente a estos casos, Petrikowski advierte sobre la necesidad de fortalecer la atención en salud mental, tanto a nivel familiar como institucional.
Subraya que la intervención temprana, el acompañamiento psicológico y la detección de conductas de riesgo pueden ser factores clave para evitar que estos perfiles escalen hacia la violencia.
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