Afonía del Cicerone

Mi abuelo materno fue chofer de taxi en algún momento de su vida. Lo hacía cuando el desprestigio al gremio no alcazaba los niveles que hoy casi comparte con los políticos, diputados y policías. Don Juan – el papá de mi mamá- cada mañana se subía a su taxi, previo chequeo de niveles, llantas e instalaciones limpias, para ruletear por la ciudad, cantando canciones de todo artista que hubiera grabado un caset. Su colección alcanzaba niveles estrambóticos. En una caja de zapatos que guardaba celosamente debajo del asiento del copiloto, la diversificación musical se hacía posible. Desde Pedro Infante y
julio 3, 2016

Mi abuelo materno fue chofer de taxi en algún momento de su vida. Lo hacía cuando el desprestigio al gremio no alcazaba los niveles que hoy casi comparte con los políticos, diputados y policías.

Don Juan – el papá de mi mamá- cada mañana se subía a su taxi, previo chequeo de niveles, llantas e instalaciones limpias, para ruletear por la ciudad, cantando canciones de todo artista que hubiera grabado un caset.

Su colección alcanzaba niveles estrambóticos.

En una caja de zapatos que guardaba celosamente debajo del asiento del copiloto, la diversificación musical se hacía posible. Desde Pedro Infante y Antonio Aguilar, hasta Rigo Tovar (sigue siendo amor) o Los Bukis. La vena populachera de la familia, es parte del orgullo muégano- familiar que nos caracteriza-.

Eventualmente me encontraba a mi abue en alguna esquina o entrándole a las tortas de “El manito de la Jet”, que se especializaban en una salsa picosísima, que hacía las veces de caldillo de las albóndigas, y que ocupaban para remojar todo lo que uno se llevaba a la boca.

Varias veces he estado tentado a invitarle dos tortitas de esas al Peje para ver si se le desclochan las papilas gustativas y nos regala un mirífico silencio.

Encontrarlo ahí era chutarme – con salsa incluida- una “patitata” de cerdo en fiambre sobre dos tortillas semicalientes que terminaban peor que el PRI en la elección pasada. Apenas alcanzaban a sostener, y a duras penas, una pata de puerco acompañada de harta cebolla y chiles curados.

La recompensa venía cuando me daba dinero pa´ que me regresara rapidito a la casa y buscara un Melox que era, para él, su bebida favorita después de la salvaje enchilada.

Cada tarde llegaba a comer y hablaba de las penas, los triunfos, las anécdotas o las historias que sus pasajeros le contaban.

Creo que cobraba por escuchar y no por el viaje.

Estoy seguro que aquellos que se subían a su taxi pagaban por el esmero, la atención y la sabiduría de mi abuelo, más que por la dejada.

Él me enseñó, entre muchas otras cosas, a cambiar llantas. Era, el cambio, condición de los jueves por las tardes, para que me llevara a la Arena Toluca, en Constituyentes, a ver las luchas.

La talacha me daba derecho a pararme entre cada lucha y ponerme unos marranazos en el ring.

Al final de la función, también tenía derecho a media hora de maromas y patadas voladoras que casi siempre conectaba a un moconete menor que yo que, mal parado, que recibía la filomena y desistía de inmediato de hacer carrera en el pancracio nacional.

A la salida, me compraba mi mascara y tomábamos camino a su casa.

Nunca subió pasaje mientras yo fui su copiloto.

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