Mari, ama de casa que reside en San Lucas Tunco, comienza el día como el de cualquier madre: alistar a su hija para la escuela, prepararle el desayuno y despedirla rumbo a la preparatoria. Pero su rutina está marcada por un obstáculo inevitable: vive en medio de aguas negras que no se han retirado desde hace meses.
“Nos levantamos a la rutina diaria, pero ahora sí, inundados, porque no hay otra manera. No tenemos recursos para rentar en otro lado”, cuenta resignada.




En su cocina, el agua alcanzó a flotar los trastes; la estufa quedó inservible y ahora sobrevive con una pequeña parrilla prestada. El refrigerador, aunque aún está en pie, ya no funciona.
“Todo se echó a perder: la sala, el comedor, el baño, las camas. Lo único que pudimos hacer fue entarimar lo que alcanzamos con tablas que mi esposo usa para la albañilería”.
Dentro del hogar, residen ella, su esposo y dos hijas, una en secundaria y otra en preparatoria. Con los mil pesos que su marido, albañil, lleva a casa cada semana, Mari estira el gasto entre libros, inscripciones, internet y lo indispensable para el hogar.




Apenada, confiesa que incluso recibir visitas le provoca pena y miedo. “No tengo ni baño, ¿cómo voy a dejarlos pasar?” Lo dice al recordar la ocasión en que una de sus hijas —ya casada y viviendo en otro municipio— se tomó la molestia de visitarla, enfrentando con tristeza la realidad de su antigua casa.
Las aguas no distinguen espacios íntimos: el baño quedó inhabilitado y ahora dependen de la casa de una sobrina para poder asearse. Cuatro personas viven bajo el mismo techo, aunque en realidad comparten la vivienda con otra familia.




Las hijas de Mari, de 14 y 15 años, siguen asistiendo a la escuela gracias a que su padre compró una motocicleta. Cuando no hay dinero para la gasolina, caminan. “Hasta las botas han sido un gasto fuerte: casi mil pesos en pares para la familia, aunque ahorita las mías son prestadas de mi hija”.
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Años de vivir bajo el agua
Mari llegó hace 20 años a esta zona de Metepec. Narra que siempre hubo inundaciones, pero no como ahora. “Antes el agua nos llegaba a la rodilla, pero hoy nos llega casi a la altura del estómago de una vaca”.
El problema, dice, no es solo la lluvia, sino la falta de desazolve y bombeo oportuno. La inundación actual lleva más de tres meses y podría extenderse hasta noviembre o abril del próximo año, como ya ocurrió en ocasiones pasadas.
“Hasta el Día de Muertos y la Navidad los pasamos bajo el agua. La ofrenda la ponemos en alto porque ni siquiera podemos hacer el caminito de cempasúchil para recibir a nuestros difuntos”.
Enfermedades y abandono
Las consecuencias son inevitables: humedad en cada rincón, ropa y cobijas mojadas, zapatos perdidos y enfermedades respiratorias constantes. “Todos estamos enfermos de la gripa y los pies nos duelen por la humedad que traspasa las botas”.
El agua estancada trae consigo mosquitos y un olor fétido. “Ya no es agua de lluvia, es mezcla con aguas negras. Mi esposo le echa cal para mitigar el olor, pero no basta”.
La unidad médica más cercana está a media hora a pie y hasta ahora no han recibido ninguna atención oficial ni apoyos de emergencia. Los costales que los protegen son restos de la ayuda de hace un año.
Sobrevivir con lo poco
Ante la falta de acción gubernamental, los vecinos han aprendido a improvisar. Pagan de su bolsillo camiones de tierra para levantar un poco los caminos, aunque ni eso basta: “Cada viaje costaba 400 pesos y fueron como 20. Todo salió de nosotros”.
Dentro de casa, cuando ya no queda espacio seco, se acomodan como pueden: colchones improvisados, ropa apilada sobre la cama y hasta un oso de peluche gigante sirve de base para dormir.
“Quemamos montones de zapatos porque ya estaban inservibles. No podemos subir más cosas porque no hay dónde. Ni siquiera tenemos recursos para rellenar el terreno”.
El reclamo
Mari no oculta su molestia:
“Si saben que cada año sucede, deberían bombear a tiempo, desazolvar las zanjas, reforzar los bordos. No esperar a la mera hora. Así no se puede vivir”.
Mientras tanto, el agua sigue adentro de su casa: 38 centímetros de aguas negras que no solo inundan su sala y cocina, también su esperanza de una vida digna.


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