“Cuando quieren el voto vienen, ahora no”, vecinos de San Lucas Tunco llevan tres meses inundados

Las familias de San Lucas Tunco, Metepec, sobreviven entre el agua estancada, los muebles arruinados y la ausencia de apoyo municipal tras más de noventa días de inundaciones
septiembre 29, 2025

La vida en San Lucas Tunco, Metepec, transcurre bajo la sombra del agua. El temor al desborde de la ciénaga de Lerma y la cercanía con el río del mismo nombre se han convertido en una amenaza cotidiana, agravada por la construcción de la autopista Lerma–Tenango.

Con la llegada de las lluvias, el paisaje se transforma en un lodazal: casas y patios quedan anegados, y el patrimonio de familias que han vivido allí por generaciones se desvanece en cuestión de horas. Aunque la zona ha sido señalada desde hace años como de alto riesgo —porque el agua tarde o temprano busca recuperar su cauce—, los vecinos aseguran que el Ayuntamiento de Metepec ha estado ausente. Lo que debería ser acompañamiento institucional se percibe, dicen, como un ejercicio de indiferencia: cada visita de funcionarios es vista no como un alivio, sino como una burla más frente a la devastación que deja el agua.

“Estamos solos, no hay apoyo de nadie”

Gloria Guadarrama Ramírez vive con su familia en una casa que lleva inundada desde agosto. Han pasado septiembre entero y ahora, al iniciar octubre, siguen rodeados de agua y humedad. En su hogar habitan seis personas: cuatro adultos y dos niños. Una de las pequeñas aún asiste al kínder, afortunadamente sin afectaciones, pues la escuela no sufrió daños.

La situación dentro de su vivienda es crítica. Todo se ha mojado: refrigerador, sala, camas y paredes, que permanecen húmedas. La mayor preocupación es la salud de los niños, ya que la humedad ha provocado infecciones respiratorias. De hecho, una de las niñas apenas se recuperó de un problema en la garganta.

El daño material más grande ha sido el refrigerador, valuado en alrededor de seis o siete mil pesos, y que ya es el segundo que pierden por las inundaciones. Para proteger otros muebles, los colocan sobre tabiques o simplemente los suben a la planta alta. Aun así, varias pertenencias han terminado en la basura.

La familia ha intentado mitigar la situación comprando tierra para levantar el nivel del piso, pero ya no pueden hacerlo más, pues los cuartos quedarían demasiado bajos. Han invertido entre 400 y 800 pesos por viaje de tierra, acumulando ya dos pisos, sin lograr frenar el avance del agua.

Gloria cuenta que, a pesar de la gravedad del problema, no han recibido apoyo de ninguna autoridad. Ni despensas, ni materiales, ni siquiera ayuda para sacar el agua. Lo poco que han tenido en otras inundaciones —hace unos ocho años— fueron despensas y vacunas, pero nunca apoyo para reponer muebles o electrodomésticos. En esta ocasión, no ha llegado nada.

“Es el año que más nos ha afectado”

Trinidad Bonaga atiende una pequeña tienda con la que sostiene a su familia de tres personas. Sin embargo, la inundación ha golpeado de lleno su economía: la verdura que vende se echa a perder rápidamente y no puede almacenarla, lo que reduce sus ingresos.

En su casa, los daños han sido múltiples. Aunque logró salvar la mayoría de los muebles colocándolos en alto, perdió un sillón y gran parte del material de construcción —como pintura y cemento— se ha deteriorado por la humedad. A diferencia de otros años, esta vez el municipio no envió tierra ni realizó a tiempo el desazolve de canales y zanjas, lo que provocó que el agua se estancara y comenzara a subir sin descanso desde finales de junio.

Trinidad recuerda que antes, con el bombeo del municipio, el agua bajaba en cuestión de días. Hoy no ocurre lo mismo: desde el 29 de junio su casa permanece inundada y cada lluvia incrementa el nivel. La familia ha tenido que reorganizar su vida en la planta alta, donde todo está amontonado y en condiciones incómodas.

La afectación se extiende al ámbito escolar y laboral. Su hija perdió la computadora con la que estudiaba y su pareja, obrero de turno vespertino, atraviesa diariamente el agua con botas, incluso de madrugada. La salud tampoco se salva: la humedad ha provocado tos, resfriados e infecciones.

A pesar de todo, no han recibido ningún tipo de apoyo.

“Nos dicen que estamos en zona de alto riesgo, pero nunca se había inundado así desde hace diez años, cuando se desbordó el canal”, afirma.

“Cuando quieren el voto, llegan hasta la última casa. Ahora, ni para ensuciarse los zapatos”

En una casa humilde de San Lucas Tunco, un matrimonio de 80 años vive entre el agua. El patio, la cocina y los cuartos permanecen anegados desde hace semanas, sin que las autoridades municipales muestren interés alguno en acudir.

Su hija, que los acompaña a diario, resume con rabia contenida:

“Cuando quieren el voto, los políticos llegan hasta la última casa. Ahora, ni para ensuciarse los zapatos”.

La familia lleva 35 años asentada en el lugar. Durante las primeras décadas no hubo problemas, pero desde hace nueve años las lluvias arrastran cada temporada un mismo destino: la inundación.

El nombre del alcalde, Fernando Flores, surge una y otra vez en la conversación, siempre acompañado de reproches. Los vecinos lo acusan de deslindarse de la zona bajo el argumento de que pertenece al ejido y, por tanto, no es su responsabilidad. “Ni se ha presentado, ni ha dado un costal de tierra, ni una visita. Cuando le pedimos ayuda nos respondió: ‘Yo no les mandé a construir aquí’”.

“No tenemos a dónde más mandarla, porque al final se supone que esa es nuestra agua”

Patricia vigila que el nivel de los charcos no alcance la habitación donde cuida a su madre recién operada. Relata que las inundaciones se volvieron rutina desde la construcción de la autopista Toluca–Tenango, pero que este año la temporada de lluvias se ha ensañado con particular crudeza.

“Llevamos ya dos, tres meses así. Antes llovía fuerte, pero el agua drenaba. Ahora se queda aquí, estancada”, explica.

Los patios y cuartos de su casa permanecen cubiertos por una lámina turbia que se resiste a desaparecer. “En otras ocasiones lo perdimos todo: muebles, ropa, lo poco que teníamos. Ahora ya no compramos nada, ¿para qué? Si sabemos que se va a echar a perder. Apenas lo esencial, en cajas de madera, porque no tenemos solvencia para reponer lo que se pierda”.

La vida cotidiana también se desmorona: su hermana redujo su jornada laboral para ayudar a sacar el agua y cuidar a la madre enferma, lo que las pone en riesgo de perder el empleo. “Estamos en riesgo de que la corran. Y encima se ha enfermado de tanto estar en el agua. Todo esto nos afecta mucho”.

El apoyo institucional, asegura, brilla por su ausencia. “Ni el alcalde ni nadie se ha acercado. No hay despensas, no hay refugios, no hay vacunas como en otros años. Todo lo hemos tenido que comprar nosotras: cloro, vinagre, costales, tierra. Hasta las botas”.

Fotos: irving Morales / AD Noticias

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“Antes bajaba, pero ahora ya no. Al contrario, sigue subiendo”

Naidelín Sánchez, ama de casa, vive con su pareja, taxista de oficio, y su hijo. Desde hace más de tres meses su vivienda permanece bajo el agua, en lo que describe como la inundación más fuerte que han enfrentado en al menos diez años.

El nivel alcanzó varios centímetros, rebasando bloques y filtrándose en cada espacio. “Antes bajaba, pero ahora ya no. Al contrario, sigue subiendo”, explica. La zanja y el río cercanos se desbordaron, mientras que las bombas que deberían estar funcionando no han mostrado resultados.

Las pérdidas materiales son cuantiosas: una vitrina, una cama, la estufa y varios muebles, calculados en alrededor de siete a diez mil pesos. Afuera, incluso el tanque de gas quedó expuesto al agua.

En la vida cotidiana, ya no es posible habitar la planta baja. Todo está húmedo, con olor penetrante y riesgo constante de infecciones. Su familia ya ha sufrido problemas de garganta y estomacales por la exposición al agua estancada.

“No hemos recibido vacunas, ni despensas, ni la opción de un refugio. Nada”, afirma.

Cuando el agua por fin retroceda, Naidelín planea desinfectar con cloro y jabón, como siempre lo han hecho los vecinos por cuenta propia.

“Ya nos resignamos. Aquí vivimos y aquí nos vamos a inundar”

Otro testimonio refleja la desesperación de quienes han vivido bajo el agua por más de dos décadas. Asegura que las inundaciones se repiten desde el año 2000 y que, pese al desgaste físico y emocional, las autoridades siguen ausentes.

La humedad afecta la salud de toda la familia: un niño de seis años tuvo que ser inyectado por una fuerte gripa derivada de las condiciones insalubres.

“La humedad enferma a los niños y aquí nadie viene a dar vacunas ni medicinas. Antes había brigadas, hoy no hay nada”, lamenta.

El municipio tampoco ha ofrecido soluciones. La zanja que debería desfogar el agua está cubierta de maleza, sin desazolve desde hace años. En contraste, las descargas de nuevos fraccionamientos —Foresta, Santa Teresa y el Condado del Valle— se conectan directamente a la zona, agravando los anegamientos.

Con impotencia, relata que el presidente municipal no ha bajado a verlos, ni ha enviado ayuda. Por el contrario, asegura que existe la intención de desalojarlos para convertir la zona en un parque recreativo. “¿Cómo vamos a dejar nuestras casas? Aquí está nuestro patrimonio, nuestras familias, nuestros animales. No nos pueden sacar así nada más”, afirma.

Con 25 años de anegamientos a cuestas, su conclusión es lapidaria:

“Ya nos resignamos. Aquí vivimos y aquí nos vamos a inundar, porque nadie nos apoya”.

Fotos: irving Morales / AD Noticias

“Esto no es normal. No es solo lluvia, es agua que viene de otro lado”

Ismael Ortiz, pensionado, vive entre paredes húmedas desde hace tres meses. “Todo lo de abajo se perdió: salas, comedor, la vitrina, los trastes… todo”, enumera con resignación. Calcula que las pérdidas superan los 20 mil pesos, aunque lo que más le duele no son las cifras, sino la vida truncada en el lugar donde ha pasado toda su vida.

Intentó defender su casa con tierra, cemento y piedras; invirtió lo poco que tenía para construir una loza y subir un piso más. Sólo esa obra le costó 27 mil pesos. Aun así, el agua volvió a abrirse paso. “Toda mi vida ya está ahí arriba”, dice, señalando el segundo nivel donde apenas rescató camas y algunos muebles.

Su hija, enferma y debilitada, permanece encerrada en un cuarto, acompañada por su niña. Él, a pesar de la diabetes, se encarga de todo: saca el agua, compra lo que necesitan y se protege con botas para no agravar sus problemas en los pies.

Lo más grave para Ismael es la normalización del desastre: “Mis vecinos dicen que así ha sido siempre, que me acostumbre. Pero esto no es normal. No es sólo lluvia, es agua que viene de otro lado, de fugas, de canales mal manejados. Y las autoridades lo saben”.

Con amargura, concluye que cada temporada de lluvias lo obliga a empezar de cero, a inventarse formas de sobrevivir entre el agua y el silencio oficial.

“Aquí nadie viene, nadie ayuda. Lo poco que tengo lo levanté yo solo. Y lo que perdí, ya no lo recupero”.

Fotos: irving Morales / AD Noticias

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