Así lo veré desde la casilla

Cuando el INE me notificó que había sido sorteado para participar como funcionario de casilla para el próximo 1 de julio no dudé en aceptar la encomienda. Así es como estaré presidiendo una casilla en esta que será una jornada electoral histórica. Es verdad, cada elección de presidente del país queda inscrita en las páginas de la historia, pero estimo que algunos de esos episodios aparecen subrayados, en tanto que otros se pierden en la intrascendencia. La de este año será una elección histórica, no sólo porque una vez más el PRI se encamina a perder la presidencia de la
junio 22, 2018

Cuando el INE me notificó que había sido sorteado para participar como funcionario de casilla para el próximo 1 de julio no dudé en aceptar la encomienda. Así es como estaré presidiendo una casilla en esta que será una jornada electoral histórica. Es verdad, cada elección de presidente del país queda inscrita en las páginas de la historia, pero estimo que algunos de esos episodios aparecen subrayados, en tanto que otros se pierden en la intrascendencia. La de este año será una elección histórica, no sólo porque una vez más el PRI se encamina a perder la presidencia de la república, sino porque la narrativa que tiene este proceso electoral no posee mas que un rumbo: decir ya basta, ya estuvo, ya no podemos seguir por donde vamos, es preciso revisarlo todo y, de ser posible, transformarlo.

Cada elección tiene una narrativa: nos describe a lo largo de meses y meses cierto acontecimiento. Recuerdo muy bien cómo la narrativa de la primera elección en la que el PRI perdió la presidencia nos narró el cambio. Durante todo ese tiempo los actos de campaña, los reportes de prensa, las declaraciones, las escenas, los debates y todo lo que ocurrió sólo fueron pequeños episodios de una sola historia: que sí era posible que un personaje "nuevo" ocupara la máxima posición política del país. Las posibilidades para que se construyera esta narrativa se generaron desde los magnicidios del 93 y 94, desde la crisis económica del 95, desde la quiebra de la banca y el Fobaproa, desde la creación del mito maquiavélico llamado Salinas de Gortari y muchas más cosas que no viene al caso enlistar. El hecho es que la suma de todos esos elementos dio por resultado un momentum que catapultó como protagonista de esa historia a un excéntrico personaje a quien parecían resbalársele los misiles que le lanzaban desde las baterías priistas: Vicente Fox. Mientras más se señalaban sus incoherencias discursivas, sus desplantes, sus componendas y hasta su ignorancia, más parecía que era el indicado para cristalizar "el cambio".

Esta narrativa sólo podía terminar bien si el resultado era el triunfo de Fox, incluso de ello dependía la credibilidad de un bisoño IFE y la viabilidad de una incipiente democracia que pretendía mostrarse como socio comercial de Estados Unidos y Canadá o como nuevo integrante de la OCDE. Yo trabajaba para el IFE en aquel año y recuerdo que una vez concluída satisfactoriamente la narrativa, todo eran elogios para la organización de los comicios, para la solvencia del Consejo General del IFE y para la pulcritud de su presidente, José Woldenberg. El INEGI llegó a reportar después de este proceso que el IFE era una de las instituciones que más confianza daban a la gente. En fin, la narrativa no sólo cumplió con ser interesante y entretenida, sino con persuadir a los espectadores.

Las narrativas de 2006 y 2012 tuvieron lo suyo: la primera se convirtió en una especie de gesta por salvar al país de la entelequia perniciosa en que se convirtió a Andrés Manuel López Obrador desde el marketing político; y su final no podría ser otro que la llegada al poder de un liderazgo marcial (ese que encarnó el hoy vilipendiado Felipe Calderón). La segunda fue más bien la quimera del príncipe azul que vendría a rescatar de las garras de la bestia a la indefensa patria. Cómo olvidar aquella portada de Time: "Saving Mexico". Esta narrativa culminaba con el gran líder reformador que se atrevería a trastocar sacralidades como el patrimonio petrolero, por mencionar sólo un ejemplo. En ambos casos la narrativa tenía su desenlace pre-escrito, mismo que volvía inverosímil cualquier otro relato paralelo.

La elección que tendrá lugar este 1 de julio también tiene una narrativa clara: el país se encuentra en tal predicamento que necesita soluciones extraordinarias. Y el personaje más atípico, más asombroso, singular y hasta prodigioso es Andrés Manuel López Obrador: alguien que ha resistido por décadas en la brega, que ha sido némesis para los protagonistas de anteriores relatos y que para muchos se presenta como "el salvador”. Sólo esta historia que nos está siendo contada en los últimos meses (y hasta años) puede explicar el nivel de ventaja que lleva en las mediciones de intención de voto en todo el país, incluso en aquellas regiones en que antes no merecía más que desprecio (lo cual debe entenderse en el contexto de las correspondientes narrativas que hubo en su momento).

Asumo, pues, que el próximo domingo, cuando esté dirigiendo el conteo de votos en la casilla, me convertiré en parte de los testigos de cómo la narrativa se consuma en su único final posible: el triunfo de López Obrador (y con ello quizá una especia de ola de victorias de su partido, Morena, en posiciones locales y federales de los distintos niveles de gobierno). Cualquier otro resultado implicaría una contradicción con la narrativa y, por ello, resultaría inverosímil. La credibilidad de las instituciones -quién lo diría- depende ahora de que ese relato que ha sido verosímil para la mayoría de la gente tenga el desenlace ya nombrado. Yo quise estar ahí para verlo desde el escenario microfísico de una casilla. Así lo veré.

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