Movilizaciones y desgobierno 

El aumento de bloqueos y protestas vuelve a poner bajo examen la capacidad del gobierno para anticipar conflictos y conservar el control político del territorio.

Gobernar implica actuar sobre las acciones posibles de otros: delimitar, organizar y condicionar el abanico de posibilidades, posibilidades de elección y marcos de acción en los que los sujetos o individuos operan. Así lo explicó el llamado “filósofo del poder”, Michael Foucault. Bajo esta perspectiva, uno puede preguntarse por qué en los últimos meses hemos visto multiplicarse las movilizaciones, protestas, bloqueos y plantones en la ciudad capital del Estado de México (aunque hay información de que también en la ciudad de México se han incrementado en varios cientos este tipo de eventos). 

Todo gobierno necesita conocer absolutamente a los actores políticos que se encuentran en su territorio. Debe saber de sus intereses y capacidades. A partir de ello, debe ser capaz de prever sus posibles acciones y, sobre todo, actuar sobre ellas. Se trata -explicaría Foucault en uno de sus múltiples textos- de estructurar su campo de acción. ¿Qué quiere decir eso? Que a un gobierno no le pueden tomar por sorpresa. No puede permitirse que un día, sin que se lo espere, un grupo de personas le tomen un edificio, le bloqueen una calle o le declaren un paro de actividades en una institución. Si llega a ocurrir, estamos frente a indicios de “desgobierno”. 

Dicho lo anterior, cuando ocurre cualquier paro, plantón, bloqueo, toma u otro tipo de movilización colectiva, los ciudadanos debemos preguntarnos si el gobierno no lo “vio venir” o si, sabiendo que podían hacerlo, lo permitió. En AD Noticias se ha documentado recientemente cómo la interrupción de la circulación vial (bloqueos, casetas tomadas, campamentos o «barricadas») se ha consolidado como el recurso de presión por excelencia para diversos sectores. Y no puede uno dejar de preguntarse sobre el funcionamiento del gobierno. 

De entre las diversas responsabilidades de cualquier gobierno, destaca la de garantizar el orden, la seguridad y la convivencia de los ciudadanos. Dichas garantías se ponen en grave riesgo cuando un grupo, motivado por las razones que sea, lleva a cabo, por ejemplo, un bloqueo. Son casi inevitables las fricciones e incluso confrontaciones entre ciudadanos cuando tiene lugar una circunstancia así. Circulan las imágenes de conductores alterados contra quienes efectúan bloqueos. Igualmente ocurre con usuarios, trabajadores y otros sectores de la población cuando un paro o toma de instalaciones ocurre. 

Una vez ocurrido un bloqueo o una toma´, lo que se requiere es operación política. Esto último significa llegar a acuerdos que, por un lado, resuelvan la situación alterada y, por el otro, ofrezcan respuesta a quien pide algo. Las posibilidades de elección y marcos de acción de las personas movilizadas tienen que ser establecidas por el gobierno. Hay gobiernos que reducen todo ello al uso de la fuerza: “¿No te quitas por las buenas? Te desalojo por las malas”. Y hay otros que también reducen las posibilidades al desgaste: “¿Te quieres quedar ahí? A ver cuánto aguantas”; incluso apuestan a que otras personas tome la iniciativa de removerlas. Como vimos hace unos días en el bloqueo de la carretera México-Toluca. 

¿Alguien en las áreas encargadas de la gobernabilidad no está haciendo bien su trabajo? Aunque también cabe la posibilidad de que haya interesados en que esa imagen se proyecte

Desde luego que condicionar el abanico de posibilidades requiere cálculo político: “¿Les doy de inmediato lo que piden? Todos van a chantajearme así”. “¿Dejo que se desgasten? Con el tiempo se van a ir o disminuirán sus demandas”. Como puede verse son diversas las opciones, pero quien tiene (o debe tener) el control de la situación es quien gobierna, sobre todo si cuenta con un respaldo popular. Cuando no es así, cuando ha perdido espacio de legitimidad, los costos se le elevan y los brotes de desgobierno se reproducen. Y puede ocurrir también a la inversa: en cuanto se multiplican esos brotes, la legitimidad y respaldo ciudadano vienen a la baja. 

Queda, pues, en el aire la pregunta: ¿Alguien en las áreas encargadas de la gobernabilidad no está haciendo bien su trabajo? Aunque también cabe la posibilidad de que haya interesados en que esa imagen se proyecte y, por ello, promueven las movilizaciones con demandas que escapan a la esfera de facultades del gobierno municipal o estatal y, de ese modo, tienen forma de prolongarlas, subiendo la presión no a los responsables de atender las peticiones puntuales de los grupos movilizados, sino al gobierno encargado de garantizar el orden, la seguridad, la movilidad, la paz pública. 

No debe quedar duda alguna, gobernar significa condicionar el abanico de posibilidades de acción de las personas. Si no logras eso, la imagen que proyectas es de desgobierno. 

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