La madrugada del 8 de septiembre, Joana llamó a su madre desde el asiento del segundo piso de un autobús de la línea Herradura de Plata. Eran las 6:40 de la mañana y la joven de 17 años, originaria de San Felipe del Progreso, se dirigía a la capital para trabajar en labores domésticas. La llamada se cortó unos minutos después. A esa misma hora, el tren embistió la unidad en el cruce ferroviario de Atlacomulco.
Desde entonces, la vida de Joana —y de toda su familia— ya no es la misma.




El impacto que lo cambió todo
El choque dejó diez muertos y 57 heridos. Joana sobrevivió, pero con el cuerpo marcado. Una herida que se abre desde el estómago hasta la costilla derecha fue cerrada con grapas tras una cirugía de urgencia en el Hospital General de Atlacomulco. Su padre cuenta que no hay fecha de alta. “Va a tardar. La operación fue grande y delicada”, explica con el rostro cansado tras días sin dormir.
La adolescente recuerda que, antes del golpe, pensó que eran coches los que se atravesaban. Luego vio cómo el techo se desprendía y cómo, frente a ella, varias personas perdieron la vida en segundos. Se aferró como pudo, pero el impacto la arrastró a un dolor físico y emocional que apenas empieza a dimensionar.



Una familia al filo
Desde aquel lunes, sus padres y hermanos permanecen a las afueras del hospital. Viven de la solidaridad de desconocidos que les acercan agua, comida y palabras de aliento. Mientras tanto, los gastos se acumulan: medicamentos, estudios, insumos de higiene. La cuenta ya va en 4.500 pesos.
El padre de Joana reclama que ni la empresa del autobús ni las autoridades han ofrecido respuestas claras. “De la empresa no ha venido nadie. Nadie ha dicho que se hará cargo de los gastos”, denuncia. Asegura que rechazó el traslado a otro hospital por miedo a que el movimiento agravara el estado de su hija.
“De la empresa no ha venido nadie. Nadie ha dicho que se hará cargo de los gastos”, denuncia. Asegura que rechazó el traslado a otro hospital por miedo a que el movimiento agravara el estado de su hija.

El lugar de la tragedia
El cruce de la carretera Atlacomulco–Maravatío, donde ocurrió el siniestro, conserva las huellas: vidrios rotos, restos de ventanas y veladoras que improvisan un altar. Apenas después de la tragedia se colocaron nuevos señalamientos y presencia policial. Para las familias, la medida llega tarde: hubo que esperar a la muerte de diez personas para que el Estado recordara su responsabilidad.



















Una cicatriz que no se borra
Joana aún requiere otra cirugía. Sus días transcurren entre visitas de familiares y la incertidumbre de si volverá a caminar sin dolor, de si podrá reconstruir la rutina interrumpida aquel lunes. La suya es la historia de una adolescente a la que un tren le arrancó de golpe la inocencia de los 17 años.
En su piel quedará la cicatriz de una operación. En su memoria, la certeza de que aquel viaje en autobús cambió para siempre el rumbo de su vida.



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