En Los Portales, la muerte cabe en una figura de azúcar. Tiene la delicadeza de un trabajo paciente y la familiaridad de las cosas que se conocen desde la infancia. Se mira, se elige, se lleva a casa. Alrededor de ese gesto, repetido por generaciones, Toluca ha construido una de sus formas más entrañables de reconocerse.

Hay ciudades cuya identidad se explica mejor en un mercado que en un monumento. En lo que sus habitantes preparan, compran y enseñan a hacer aparecen formas de entender la vida que difícilmente caben en una declaración oficial. El alfeñique pertenece a ese orden: el de los conocimientos que han encontrado refugio en las familias, en la habilidad de las manos y en la fidelidad de quienes regresan cada año.

Su fragilidad resulta elocuente. Una pieza puede romperse en un descuido; el oficio que permite elaborarla ha atravesado generaciones. Esa continuidad necesita personas que sepan trabajar el dulce y otras que encuentren en él un valor suficiente para comprarlo, regalarlo o ponerlo en una ofrenda. La conservación de una tradición ocurre también al otro lado del mostrador.

La Feria y Festival Cultural Alfeñique dio este año nuevo lustre a esa relación entre Toluca y sus artesanos. La convocatoria multitudinaria, la amplitud de la programación y la ocupación festiva de los espacios públicos hicieron visible una disposición colectiva a participar. Hubo una ciudad que quiso salir, encontrarse y disfrutar de algo reconocido como propio.

El éxito merece pensarse desde allí. Una celebración de esta magnitud revela capacidades de organización y movilización, pero también una necesidad de la vida urbana: disponer de ocasiones para estar juntos sin que el encuentro dependa enteramente del consumo privado. La gratuidad de los conciertos y de numerosas actividades abrió esa posibilidad a familias para las que cada entrada habría representado una decisión de gasto.

Los escenarios reunieron cientos de miles de asistencias. La explanada del Mercado Juárez recibió generaciones que reconocían canciones distintas, desde Caifanes hasta Los Tigres del Norte. Entre una noche y otra cambió el repertorio de la multitud. La ciudad mostró cuántas memorias musicales alberga y cuántas maneras tiene de expresar la alegría.

La música popular vuelve perceptible una comunidad. Una canción aprendida en casa, escuchada durante el trabajo o asociada con alguien querido adquiere otra dimensión cuando la cantan miles. Lo que parecía un recuerdo privado encuentra compañía. El cierre con Los Tigres condensó esa experiencia: las historias del repertorio norteño regresaron en las voces de quienes llevaban años haciéndolas suyas.

El centro de gravedad de la fiesta permaneció en el dulce. Los talleres de alfeñique, cartonería y papel picado acercaron a nuevos participantes a los saberes que sostienen la temporada. El museo y las exposiciones dirigieron la mirada hacia los artesanos. Hubo oportunidades para conocer el trabajo que antecede a la pieza terminada, para descubrir que una forma pequeña puede contener una destreza considerable.

Así se aprende a pertenecer. El conocimiento de una ciudad llega por experiencias sucesivas: recorrer un sitio con los padres, reconocer un sabor, escuchar una historia y volver después con los propios hijos. La identidad se forma en esa familiaridad. Tiene la textura de lo vivido y la profundidad que le concede el tiempo.

En el Panteón General de La Soledad, los recorridos nocturnos y las representaciones teatrales ofrecieron otra entrada a la memoria de Toluca. Entre sepulturas, los nombres recuperaron historias. El cementerio pudo leerse como un lugar donde la ciudad conserva vidas que la precedieron, algunas conocidas y otras apenas sostenidas por el recuerdo familiar.

Durante el Día de Muertos, esa memoria adquiere una presencia particular. Visitar una tumba, disponer flores o preparar una ofrenda son maneras de cuidar una relación cuya continuidad depende de los vivos. Cada familia recuerda a alguien; la celebración reúne esas ausencias en un tiempo compartido. La ciudad reconoce que también está hecha de quienes ya no pueden recorrerla.

Alrededor de esa experiencia convivieron lenguajes diversos. Catrineando, la Marcha Zombie, las narraciones, la danza, el teatro y las expresiones de las generaciones jóvenes ampliaron las formas de participar. La tradición mostró capacidad para recibir nuevas sensibilidades. Su vitalidad depende en buena medida de esa hospitalidad: que quienes llegan encuentren un lugar desde el cual incorporarse.

El diálogo con Japón y con los países participantes en el Pabellón de las Naciones añadió otra dimensión. Una identidad arraigada puede mirar con curiosidad las prácticas ajenas. Conocer otra ceremonia, otra música u otra manera de trabajar un material ayuda también a advertir el valor de las propias. La pertenencia gana espesor cuando permite relacionarse con el mundo.

El conocimiento de una ciudad llega por experiencias sucesivas: recorrer un sitio con los padres, reconocer un sabor, escuchar una historia y volver después con los propios hijos/ Foto: Archivo AD Noticias

La programación llevó títeres, cuentacuentos, danza folclórica, libros y agrupaciones instrumentales a bibliotecas, casas de cultura, museos y delegaciones. La Filarmónica de Toluca y el jazz compartieron la temporada con la música popular. Esa variedad abrió la celebración a públicos con gustos y edades distintos, y permitió encontrarla más allá de los grandes escenarios.

En esa trama aparece el sentido de la intervención pública. Al gobierno le corresponde crear condiciones para que los bienes culturales puedan disfrutarse, para que los oficios encuentren continuidad y para que el espacio común sea habitable. Una política cultural adquiere sustancia cuando llega a la experiencia cotidiana: cuando una familia puede acudir, un artesano puede vender y un niño puede descubrir una habilidad.

La felicidad colectiva tiene mucho de esas posibilidades concretas. Requiere tiempo disponible, seguridad, lugares cuidados y acceso. También necesita ocasiones. La fiesta introduce una pausa en la obligación cotidiana y concede legitimidad al disfrute. En una sociedad que dedica buena parte de sus energías a trabajar, trasladarse y resolver urgencias, dedicar recursos al encuentro expresa una idea del bienestar.

El Alfeñique dejó una imagen de Toluca que merece conservarse: una ciudad capaz de convocarse alrededor de sus saberes, ocupar sus plazas y disfrutar su diversidad./ Foto: Archivo AD Noticias

Los 69 millones de pesos anunciados por el municipio para esta edición deben comprenderse dentro de esa responsabilidad, con la rendición de cuentas que corresponde a todo gasto público. Su valor social se expresa en el acceso que facilitan y en la continuidad cultural que ayudan a sostener. El trabajo de organización del gobierno de Ricardo Moreno y de la coordinación cultural encabezada por Victoria Sánchez encontró su mejor respuesta en la participación de la gente.

También hubo un beneficio económico próximo a la tradición. Guadalupe Valdés, representante de las alacenistas de la Plaza Fray Andrés de Castro, estimó un crecimiento de entre 20 y 30 por ciento en las ventas de esos comercios. Ese ingreso importa porque el patrimonio tiene portadores concretos, con necesidades concretas. Que una familia pueda vivir de su oficio fortalece las posibilidades de transmitirlo.

El Alfeñique dejó una imagen de Toluca que merece conservarse: una ciudad capaz de convocarse alrededor de sus saberes, ocupar sus plazas y disfrutar su diversidad. La multitud dio escala al éxito. Los artesanos, las familias y la memoria le dieron sentido.

Después vendrá el trabajo menos visible de preparar la siguiente temporada. En alguna casa volverán a reunirse los materiales y alguien enseñará a alguien más cómo conseguir una forma. Allí seguirá ocurriendo la transmisión que la fiesta puso a la vista. Una ciudad aprende a quererse también cuando descubre cuánto debe a esas manos.

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Mario A. García Huicochea

Mario A. García Huicochea

Periodista y columnista especializado en análisis político. Observador crítico de la realidad social y política del Edomex durante más de cuatro décadas.

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