Comunidad LGBT: misógina y heteronormada

Pareciera que la violencia es inherente al comportamiento humano, que las características de los géneros masculino y femenino, son hereditarias y normales; o que la violencia ejercida contra las mujeres proviene solamente de hombres heterosexuales, en círculos familiares o sociales. La realidad no puede ser más distinta. La violencia contra las mujeres se recrudece dentro de la diversidad sexual, generando estigmas, prejuicios, lesbofobia e invisibilización Desde la reivindicación en los derechos de las mujeres, especialmente, cuando se les otorgó el voto en el año de 1953 en México, su figura se ha empoderado en la sociedad, principalmente en la esfera
julio 29, 2016

Pareciera que la violencia es inherente al comportamiento humano, que las características de los géneros masculino y femenino, son hereditarias y normales; o que la violencia ejercida contra las mujeres proviene solamente de hombres heterosexuales, en círculos familiares o sociales. La realidad no puede ser más distinta. La violencia contra las mujeres se recrudece dentro de la diversidad sexual, generando estigmas, prejuicios, lesbofobia e invisibilización

Desde la reivindicación en los derechos de las mujeres, especialmente, cuando se les otorgó el voto en el año de 1953 en México, su figura se ha empoderado en la sociedad, principalmente en la esfera pública, donde antes sólo ocupaba lugar de ornato. Las mujeres han avanzado. Poco a poco, han demostrado que el “sexo débil” tiene las mismas capacidades que un varón. Sin embargo, a pesar de los cambios que representan en la vida del siglo XXI, los esquemas culturales, políticos, sociales, económicos e ideológicos siguen permeados por la misoginia.

La población Lésbico, Gay, Bisexual, Travestí, Transexual, Transgénero  e  Intersexual (LGBTTTI) no ha quedado exenta del machismo, el cual se manifiesta en dos términos: la exclusión hacia las lesbianas y el rechazo sistemático y generalizado en contra de aquello que  se considera femenino dentro de las expresiones de la diversidad sexual, es decir, de todas las características que van en detrimento de la “masculinidad” y hacen que los hombres gays sean menos “machos”  y “más jotitas”.

Resulta necesario reconocer que el movimiento LGBTTTI, las políticas públicas, las organizaciones civiles, los activistas o la publicidad tienden a olvidar las necesidades de las lesbianas, provocando con ello, que muchas de ellas no se sientan identificadas con las demandas de la diversidad sexual. Pocas son las organizaciones que les dan voz y mucho menos, las mujeres preocupadas en el activismo, ya sea por desinterés, apatía, por sentirse discriminadas o porque el machismo estructural las priva en la toma de decisiones.

En la búsqueda incesante por la “igualdad” de la población LGBTTTI con los heterosexuales,  hemos aprendido y reproducido sus mismas formas de rechazo, sus vicios, relaciones sociales y búsqueda de la identidad. En palabras del autor Óscar Guash, “el modelo heterosexual hegemónico es sexista, misógino, y homófobo; la subcultura gay también lo es”.

Por ello, los gays con roles sexuales “pasivos”, “valen menos”, porque dejan que su “hombría” desaparezca por el placer. Por esta razón las personas trans siguen siendo tratadas como “vestidas”, sin mayor oficio que el trabajo sexual y estigmatizadas por los propios gays porque “parecen más mujeres”. Por este motivo, los homosexuales “afeminados” son reducidos  a  “torcidas”, “maricones”, “pasivas”, culpables de la homofobia que sufren en su casa, en las calles y frente a otros miembros de la población LGBTTTI.

Nos convertimos en aquello que criticamos. La cultura patriarcal y el sexismo ha permeado fuerte dentro de la diversidad sexual, lo que favorece la doble discriminación de las mujeres bisexuales y lesbianas.

No resulta extraño que el clóset para ellas se haga más grande, al desencadenar problemas para declarar abiertamente su identidad sexual, obligarlas a casarse o a tener relaciones sexuales con hombres, ser sometidas a pruebas de virginidad o de embarazos forzados.

Como miembros de la comunidad lésbico – gay, debemos empezar a destacar en el respeto, exigiendo igualdad y aplicándola para todos los casos. Empecemos a trabajar más en discursos que abran nuestro panorama cultural. No podemos categorizar sin ser violentos. No podemos juzgar sin ser ofensivos. No podemos ser peyorativos sin ser cortos de mente. Los gays, las lesbianas, los bisexuales y trans hemos aprendido de la homofobia, la rechazamos, la vivimos, pero también la hemos reproducido.

“Estamos de vuelta por estos rumbos. Gracias por leernos en Alfa, esperamos sus comentarios en @FDCRadio”.

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