¿Con qué derecho juzgamos?

¿Con qué derecho alguien exhibe con la mano en la cintura la intimidad de una pareja? ¿Desde cuándo lo que ocurre entre las sábanas se vuelve titular de ocho de columnas y se lucra con ello? ¿Qué autoridad tienen las demás personas para descalificar las prácticas sexuales de alguien a quien ni siquiera conocen?, y ¿por qué la orientación sexual sigue siendo un elemento de escarnio social? En días pasados, una revista de espectáculos, cuyo nombre es preferible olvidar por el amarillismo en sus páginas y su falta de ética  profesional, publicó una conversación privada del actor Luis Gerardo Méndez
octubre 15, 2017

¿Con qué derecho alguien exhibe con la mano en la cintura la intimidad de una pareja? ¿Desde cuándo lo que ocurre entre las sábanas se vuelve titular de ocho de columnas y se lucra con ello? ¿Qué autoridad tienen las demás personas para descalificar las prácticas sexuales de alguien a quien ni siquiera conocen?, y ¿por qué la orientación sexual sigue siendo un elemento de escarnio social?

En días pasados, una revista de espectáculos, cuyo nombre es preferible olvidar por el amarillismo en sus páginas y su falta de ética  profesional, publicó una conversación privada del actor Luis Gerardo Méndez en la que acuerda hacer un trío con su novio. La revista exhibió al intérprete y bajo un encabezado sensacionalista con doble moral, su discurso descalificó no sólo la orientación sexual de Méndez, sino sus prácticas sexuales, como si éstas fueran anormales y aborrecibles.

En redes sociales, las reacciones no se hicieron esperar, y aunque muchas voces criticaron al medio y expresaron su respaldo hacia el protagonista de la serie “Club de Cuervos”, hubo decenas que lo descalificaron e hicieron sorna de él. En 140 caracteres fue tachado de promiscuo y pervertido. Se le llamó puto, joto, maricón, urgido e infiel; incluso entre memes y burlas se expresó la sorpresa de que “no se le notaba lo gay” o que era “un desperdicio de hombre”.

A veces, la homofobia sólo se percibe cuando existe un acto de discriminación, un crimen de odio o una agresión física, invisibilizando con ello aquellas prácticas cotidianas que se convierten en normales bajo el amparo del rechazo hacia las diferencias por orientación sexual o la identidad de género, como las burlas, los dobles sentidos y las palabras humillantes.

Bastó con conocer una conversación para que la homofobia encontrara lugar en una publicación de Facebook o un tuit. En el escudo de una foto de perfil o un nombre falso se adquirió el poder de opinar sobre la vida sexual de otra persona, para someterle al juicio público y calificarle como inmoral no sólo por ser gay, sino por no tener una relación monógama exclusiva, tal como lo dictan las leyes del amor romántico o las normas caducas de las “buenas costumbres”.

Esas mismas “buenas costumbres” que no dicen nada ante el piropo callejero, que no se inmutan por las infidelidades o la violencia de los hombres hacia sus esposas, que condenan a las mujeres por tener la falda “demasiado corta” o a las parejas del mismo sexo por ir “contra natura”.

Luis Gerardo Méndez, al igual que cualquier otra persona, tiene la libertad de disfrutar lo que quiera entre sus sábanas, de hacer un trío, tener un cinturón de castidad, fingir un orgasmo, usar un juguete sexual o unirse a la vela perpetúa. El ejercicio de nuestro cuerpo es un derecho exclusivo y nadie tiene porqué cuestionarlo. ¿Con qué derecho juzgamos?

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