Reconfiguración del consumo de drogas en México


Desde hace una década, no existía una encuesta nacional sobre el consumo de drogas, alcohol y tabaco en México. No se tenía información sólida que permitiera distinguir con claridad el comportamiento poblacional en relación con el consumo de sustancias adictivas. Pero la semana anterior se presentaron oficialmente los resultados de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) y esta nos provee de algunos elementos que son indicadores de que las cosas se han movido. 

Más allá de las cifras precisas, lo que los datos revelan es una transformación estructural en la psique colectiva y en la organización social de la juventud mexicana. Estamos siendo testigos del fin de una era: la del alcohol y el tabaco como los grandes organizadores de la socialización, y el inicio de una etapa caracterizada por la «farmaceuticalización» del malestar y la búsqueda de distinción a través de sustancias ilegales y dispositivos tecnológicos.

Manos de piedra sosteniendo una moneda amarilla con una estrella en el centro.

Vamos a ver el detalle. La Secretaría de Salud, al presentar la mencionada encuesta, dijo que: “Los resultados muestran aumentos en el consumo de drogas ilegales, incluidos cannabis, estimulantes tipo anfetamínico y alucinógenos, así como en el uso de opioides de uso médico fuera de prescripción. En alcohol, se observan disminuciones en el consumo general, reciente y excesivo, con reducciones más claras en adolescentes y hombres adultos, mientras que en mujeres adultas algunas prevalencias aumentan. El uso de tabaco fumado disminuyó, especialmente en hombres, y el uso de cigarro electrónico en el último mes incrementó en todos los grupos”.

Durante décadas, el consumo de alcohol en México no solo era un problema de salud, sino un rito de paso. «Aprender a beber» era sinónimo de integrarse a la vida adulta. Pero la ENCODAT 2025 muestra una caída muy importante en el consumo excesivo de alcohol en adolescentes. ¿Significa esto que la juventud es más «sana»? No, más bien se puede decir que el alcohol ha perdido su capital simbólico.

Para las nuevas generaciones, el alcohol ha pasado de ser un símbolo de celebración a ser percibido como una sustancia «tosca», vinculada a la resaca, la pérdida de control estético y el daño metabólico. 

En una era dominada por la imagen en redes sociales, beber alcohol —que desfigura el rostro y el comportamiento— choca frontalmente con el habitus del «éxito» y el bienestar físico. Lo mismo ocurre con el tabaco; su retroceso no es solo fruto de las restricciones recientes, sino de una proletarización del humo. Fumar cigarrillos hoy se percibe como una práctica anticuada, «sucia» y propia de estratos que no han accedido a la información de salud. El joven de hoy prefiere el vapeador, no por su contenido (que sabemos es altamente dañino), sino por su estética tecnológica y su carácter inodoro, alineado con un entorno urbano que penaliza la intrusión del olor a tabaco.

De acuerdo con las cifras que hoy se pueden analizar, mientras las sustancias legales retroceden, las drogas ilegales —particularmente cannabis, alucinógenos y estimulantes— registran incrementos ligeros pero constantes. Aquí opera lo que el sociólogo estadounidense Howard Becker llamó “la normalización de la desviación”. Dicho de otra manera, la frontera entre lo legal y lo ilegal se ha vuelto porosa: para un joven universitario de clase media, consumir cannabis u hongos alucinógenos ya no representa una ruptura con su identidad social; al contrario, se integra en narrativas de «expansión de conciencia» o «autocuidado».

Sin embargo, el dato más alarmante de la ENCODAT 2025 es el aumento en el uso de opioides de uso médico fuera de prescripción. Este fenómeno es el síntoma de lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han denomina “la Sociedad del Cansancio”. En México, el consumo de estas sustancias ya no busca solo la «fiesta», sino la funcionalidad. Los jóvenes están recurriendo a fármacos y estimulantes para silenciar la ansiedad de un mercado laboral precario y una autoexigencia implacable. No es un consumo por placer, es un consumo para «seguir operando». Estamos pasando de la droga como evasión a la droga como mantenimiento del sistema.

Una figura sentada en una posición encogida, con la cabeza de una estatua y un cuerpo humano vestido con una camiseta naranja y pantalones grises.

La reconfiguración del consumo trae consigo una consecuencia sombría: la profundización de la desigualdad. En México, el riesgo no es igual para todos, se amplía la brecha de seguridad: mientras el joven de clase alta consume sustancias de diseño en la seguridad de su hogar o festivales privados con baja probabilidad de ser criminalizado, el joven de las periferias consume sustancias más baratas y adulteradas en el espacio público, quedando expuesto a la violencia estatal y del crimen organizado.

Pero hay todavía más cosas detrás: al disminuir el consumo de alcohol, las autoridades podrían cantar victoria, pero ignoran que el aumento en psicofármacos y sintéticos refleja una crisis de salud mental. Estamos ante una «generación de cristal» no por debilidad, sino por una exposición a niveles de estrés sistémico que el alcohol ya no alcanza a anestesiar.

¿Qué camino tomará México?

El modelo prohibicionista ha demostrado su obsolescencia frente a esta nueva realidad. Lo previsible —y necesario— es un giro hacia la Reducción de Riesgos y Daños. ¿Cómo? Probablemente con pasos hacia la despenalización y regulación. El incremento en el consumo de cannabis y alucinógenos obligará al Estado a formalizar su regulación, no para «fomentar el vicio», sino para controlar la calidad de las sustancias y separar a los usuarios del mercado criminal.

Lo importante es que, si el consumo de opioides y fármacos sube, la respuesta no puede ser policial, sino clínica. El Estado debe entender que la droga es el síntoma; la precariedad emocional es la enfermedad. Aquellas campañas de «di no a las drogas» ya son inútiles ante jóvenes que ven a sus referentes consumir con éxito en redes sociales. Se requiere una educación que enseñe a gestionar el riesgo, entender la química del cerebro y reconocer cuándo el consumo funcional se convierte en dependencia destructiva.

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En conclusión, lo que hoy se puede afirmar es que México no se está drogando más, se está drogando diferente. El abandono del alcohol y el tabaco marca un cambio de valores, pero el refugio en lo ilegal y lo farmacéutico es un grito de auxilio frente a una sociedad que exige rendimiento a toda costa. El reto para 2026 y los años venideros no será prohibir, sino comprender la nueva lógica de grupos sociales que buscan, desesperadamente, una forma de lidiar con su propia realidad.

Ante este panorama, la tentación de regresar a la retórica de la «mano dura» y la confrontación bélica es un espejismo peligroso. La ENCODAT 2025 nos dice que el enemigo no es un cartel en una montaña, sino una crisis de bienestar en la habitación de nuestros adolescentes. Una «guerra contra las drogas» hoy sería una guerra contra nuestros propios hijos, contra su salud mental y contra una realidad social que ya no se rige por la prohibición, sino por la autonomía del cuerpo. El costo de repetir los errores de la guerra de Felipe Calderón no se mediría solo en vidas perdidas por la violencia, sino en una generación entera condenada a la clandestinidad de sus propios padecimientos.

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