El espejismo educativo en Edomex:

Por qué no cambia el sistema más grande del país

En el Estado de México, la educación es demasiado grande para ser solo un tema educativo.

Cinco millones de alumnos atraviesan cada día un sistema que emplea a cientos de miles de personas y consume una parte sustantiva del presupuesto público. Su escala no admite comparaciones fáciles. Su operación tampoco. No se trata únicamente de aulas, programas o evaluaciones. Se trata de una estructura que, durante décadas, ha servido para algo más que enseñar.

Por eso, cuando el nuevo gobierno asumió el poder, la expectativa no era menor. La llegada de una gobernadora con identidad magisterial sugería una posibilidad distinta: que, por primera vez en mucho tiempo, la educación sería entendida desde dentro.

Delfina Gómez Álvarez no necesitaba aprender el lenguaje del sistema. Ya lo hablaba.

La designación de Miguel Ángel Hernández Espejel, un colaborador cercano, reforzó esa lectura. No era una apuesta técnica ni un nombramiento distante. Era, sobre todo, una decisión de confianza.

Lee también: “Encontré una Secretaría llena de compadrazgos y vacía de prioridad por la educación”: Miguel Ángel Espejel

Durante los primeros meses, la relación pareció sostenerse en ese registro. No hubo rupturas visibles, ni escándalos que marcaran un punto de inflexión. La Secretaría de Educación continuó operando, con los ajustes habituales de cualquier cambio de administración. Pero tampoco emergió una señal clara de transformación. La educación, en ese sentido, no se convirtió en el eje político que muchos anticipaban.

El problema no es evidente a primera vista. No hay una crisis que concentre la atención pública ni un episodio que resuma el malestar. Lo que hay es una acumulación de señales menores: procesos que avanzan con lentitud, decisiones que se postergan, inercias que permanecen intactas. Nada de eso, por sí solo, resulta decisivo. En conjunto, empieza a dibujar un patrón.

Grupo de personas de pie en una línea, con cuatro mujeres y cuatro hombres, vestidos en uniformes escolares y trajes formales, sobre un fondo oscuro.

El sistema educativo mexiquense tiene una característica que lo distingue: no responde de manera uniforme. Su tamaño lo fragmenta. Sus múltiples niveles lo dispersan. Sus relaciones históricas —administrativas, sindicales, políticas— lo vuelven resistente a cualquier intento de conducción lineal.

En ese entorno, la figura del secretario adquiere un margen de maniobra necesariamente limitado. Coordina, negocia, contiene. Pero difícilmente puede imponer un rumbo sin activar fuerzas que exceden su propia oficina.

Eso no es nuevo. Es parte de la lógica con la que el sistema fue construido.

Durante décadas, la educación en el Estado de México funcionó también como una forma de organización territorial. No en el sentido explícito de la política electoral, sino en una dimensión más difusa y persistente: la de una red de presencia, intermediación y control social.

Las escuelas no solo eran espacios de aprendizaje. Eran puntos de contacto entre el Estado y la comunidad. Los docentes no solo enseñaban. También representaban una forma de autoridad local. Las estructuras administrativas no solo gestionaban recursos. Articulaban relaciones.

Ese diseño no desaparece con un cambio de gobierno. Permanece, se adapta, se reacomoda. Y, sobre todo, condiciona.

En conversaciones fuera de registro, algunos actores del propio sistema lo resumen de manera más directa: la educación no se gobierna desde una sola oficina.

Se negocia.
Se ajusta.
Se mantiene en equilibrio.

En ese equilibrio intervienen distintos actores, no siempre visibles en el organigrama formal. Funcionarios con capacidad de operación, enlaces administrativos, figuras que transitan entre áreas y niveles, y que terminan por convertirse en piezas de articulación. Nombres como el de Trinidad Franco Arpero aparecen con frecuencia en ese tipo de conversaciones, no como centro del poder, sino como indicio de cómo este se distribuye.

La consecuencia es un sistema donde la autoridad existe, pero se ejerce de manera fragmentada. Ahí es donde la dimensión personal adquiere relevancia.

La relación entre la gobernadora y su secretario no es meramente institucional. Está atravesada por una historia compartida, por confianza acumulada, por cercanía política y personal. En cualquier administración, ese tipo de vínculos cumple una función: reduce incertidumbre, facilita la coordinación, genera cohesión interna. Pero también introduce una variable menos evidente. La dificultad de ajustar.

No porque falte información, ni porque no existan diagnósticos, sino porque cualquier movimiento se lee en más de un plano. No solo como una decisión administrativa, sino como un gesto político, e incluso personal.

En sistemas simples, eso es manejable.
En sistemas como el educativo mexiquense, se vuelve determinante.

A medida que avanza el gobierno, el margen para postergar definiciones tiende a reducirse. No por presión mediática —que ha sido relativamente baja en este tema— sino por la propia lógica de acumulación interna.

Los problemas no resueltos no desaparecen. Se desplazan. Se agrupan. Se vuelven más visibles en momentos específicos: inicio de ciclos escolares, procesos administrativos, decisiones presupuestales.

Y, eventualmente, obligan a una definición.

No necesariamente dramática.
Pero sí clara.

En ese punto, la educación deja de ser un asunto sectorial y se convierte en una prueba de gobierno.

No por lo que ocurre en las aulas, sino por lo que revela sobre la capacidad de conducir estructuras complejas, de ordenar relaciones dispersas y, sobre todo, de establecer prioridades.

La expectativa inicial —que la educación sería un eje distintivo de la administración— no se ha materializado del todo. Tampoco se ha desvanecido. Permanece en una zona intermedia, donde aún es posible redefinir el rumbo, pero donde el tiempo empieza a tener peso político.

Quizá el dato más relevante no esté en los indicadores educativos ni en los movimientos internos de la Secretaría.

Está en la naturaleza de la decisión pendiente.

Gobernar implica, entre otras cosas, distinguir entre lo que se puede sostener y lo que necesita ajustarse, incluso cuando ese ajuste resulta incómodo.

En el caso de la educación mexiquense, esa distinción aún no se expresa con nitidez.

Y mientras no lo haga, el sistema seguirá funcionando como lo ha hecho durante años:
con estabilidad suficiente para operar,
y con límites claros para transformarse.

No es una crisis.

Es algo más difícil de identificar… y más complejo de modificar.

Mario A. García Huicochea

Mario A. García Huicochea

Periodista y columnista especializado en análisis político. Observador crítico de la realidad social y política del Edomex durante más de cuatro décadas.

Las más leidas

Síguenos

PUBLICIDAD

BOLETÍN

Únete a nuestra lista de correo

Como tú, odiamos el spam

Las más leídas

Síguenos

Te recomendamos