Patriarcado mexiquense: un sistema sostenido por mujeres y gobernado por hombres
A las cinco de la mañana
A las cinco de la mañana, el Estado de México ya está despierto.
En Ecatepec, Chalco, Nezahualcóyotl, Toluca o Naucalpan, miles de casas encienden una primera luz en la cocina. El café comienza a hervir. Se preparan lonches, se revisan mochilas, se planchan uniformes escolares.
En muchas de esas casas, la primera persona que se levanta es una mujer.
No es un gesto heroico.
Es rutina.
Antes de que salga el sol, en los paraderos de transporte público comienzan a formarse filas largas. Mujeres con mochilas, bolsas de mercado, uniformes de enfermería o gafetes de oficina. Algunas viajarán hacia la Ciudad de México. Otras trabajan en hospitales, escuelas, comercios o fábricas dentro del propio estado.
Muchas regresarán a casa doce horas después.
Y cuando lo hagan, todavía quedará trabajo.
Cocinar.
Revisar tareas.
Cuidar enfermos.
Administrar el hogar.
La vida cotidiana del Edomex descansa sobre millones de gestos invisibles.
Y una gran parte de ellos los realizan mujeres.
Durante décadas, sin embargo, el sistema político mexiquense funcionó como si ese mundo no existiera.
Las mujeres sostenían la base social de la sociedad, pero rara vez aparecían en la cúspide del poder.
Ese orden parecía natural.
Pero en realidad era una construcción histórica.
El patriarcado mexiquense
El Edomex fue durante casi un siglo el corazón político del régimen mexicano.
Gobernadores, líderes sindicales, dirigentes partidistas, empresarios influyentes y operadores electorales formaron redes cerradas donde el poder circulaba entre hombres que compartían trayectorias, universidades, apellidos y pactos.
Ese sistema tenía una característica evidente.
Era masculino.
La política mexiquense se organizó durante décadas como un campo de poder dominado por hombres. Las decisiones se tomaban en círculos donde la presencia femenina era excepcional.
Las mujeres participaban en el sistema, sí.
Pero desde la base.
Promotoras comunitarias.
Gestoras de programas sociales.
Operadoras electorales.
Organizadoras barriales.
Sin ellas, la maquinaria política no habría funcionado.
Pero rara vez ocupaban posiciones de decisión.
La política mexiquense funcionaba como una pirámide masculina sostenida por una base social femenina.
La economía invisible
Mientras el poder político era masculino, la economía cotidiana del estado dependía profundamente del trabajo de las mujeres.
Millones trabajan en mercados, hospitales, escuelas, oficinas, fábricas y comercios familiares.
Pero incluso ese trabajo visible es solo una parte de la historia.
Existe otro sistema económico mucho más grande y casi siempre ignorado.
El trabajo de cuidados.
Cuidar niños.
Cuidar enfermos.
Cuidar adultos mayores.
Sostener la vida cotidiana del hogar.
Ese trabajo rara vez aparece en estadísticas económicas.
Sin embargo, sin él, la economía formal simplemente colapsaría.
La modernidad mexiquense descansa sobre esa infraestructura invisible.
El cuerpo sitiado
Pero la historia femenina del Edomex también está atravesada por la violencia.
Durante más de dos décadas, el estado ha sido uno de los territorios más mencionados cuando se habla de feminicidio en México.
Municipios como Ecatepec, Chimalhuacán o Nezahualcóyotl se convirtieron en símbolos nacionales de una tragedia que no puede explicarse solo como fenómeno criminal.
El problema es más profundo.
La violencia contra las mujeres combina:
- Desigualdad social;
- Urbanización caótica;
- Economías criminales;
- Impunidad institucional;
- Cultura machista.
Durante años, millones de mujeres aprendieron a vivir con miedo.
Miedo en el transporte.
Miedo en la calle.
Miedo en el hogar.
Miedo en las instituciones.
Ese miedo fue durante mucho tiempo silencioso.
Hasta que dejó de serlo.
La rebelión
Durante la última década, comenzaron a multiplicarse las marchas feministas en ciudades mexiquenses.
Toluca.
Ecatepec.
Naucalpan.
Colectivos de mujeres, estudiantes, madres buscadoras y organizaciones civiles ocuparon el espacio público para denunciar feminicidios, desapariciones y negligencias institucionales.
La violencia contra las mujeres dejó de ser un problema privado.
Se convirtió en una acusación política.
Las mujeres ya no solo sostenían la sociedad.
También estaban dispuestas a confrontarla.
La fractura simbólica
En medio de ese proceso ocurrió un hecho con una carga histórica evidente.

La elección de Delfina Gómez como gobernadora del Edomex.
Por primera vez en la historia de la entidad más poblada del país, una mujer llegó a la cúspide del poder estatal.
Pero el cambio no se detuvo ahí.
La Universidad Autónoma del Estado de México es dirigida por Patricia Zarza, primera mujer rectora de la institución.
El Instituto Electoral del Estado de México está presidido por Amalia Pulido, con un consejo mayoritariamente femenino.
En el Congreso local hay más diputadas que nunca.
En el Poder Judicial crece el número de magistradas.
En los municipios aparecen cada vez más alcaldesas.
En el gabinete estatal, varias secretarías están encabezadas por mujeres.
Vista en conjunto, esta presencia femenina en múltiples instituciones revela algo más profundo que una coincidencia política.
Sugiere una reconfiguración del campo del poder mexiquense.
Las ideas detrás del cambio
Las pensadoras feministas han insistido durante más de dos siglos en que la subordinación femenina no es natural.
Mary Wollstonecraft sostuvo que la desigualdad provenía de la falta de educación.
Virginia Woolf explicó que la libertad femenina requiere independencia económica y un espacio propio.
Simone de Beauvoir escribió una frase que transformó el pensamiento contemporáneo: la mujer no nace, se hace.
Kate Millett describió el patriarcado como un sistema político de dominación.
Estas ideas ayudan a comprender que las transformaciones actuales forman parte de una conversación histórica mucho más amplia.
Las muchas mujeres del Edomex
Hablar de “la mujer mexiquense” en singular sigue siendo una simplificación.
En realidad existen muchas.
La obrera de la zona industrial.
La comerciante del tianguis.
La mujer indígena que preserva lenguas y tradiciones en Temoaya.
La estudiante universitaria.
La empresaria.
La funcionaria pública.
La madre que sostiene sola a su familia.
Cada una vive una relación distinta con el poder.
Y todas juntas forman el tejido humano del estado.
Una transición histórica
El Edomex vive hoy una transición.
Durante gran parte del siglo XX, el poder fue casi exclusivamente masculino.
Hoy, ese panorama comienza a cambiar.
Las mujeres ya no son solo la base social del sistema.
Comienzan a ocupar también su cúspide.
No es una revolución inmediata.
Pero es una transformación histórica.
Y comprender el futuro del estado más poblado de México será imposible sin comprender la historia de sus mujeres.
Porque el Edomex siempre ha descansado sobre ellas.
La diferencia es que ahora empieza, lentamente, a reconocerlo.

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