Morena no llegó al poder para transformarlo todo. Llegó para ocuparlo.
La diferencia no es menor, aunque muchos prefieran no verla. Porque una cosa es irrumpir como movimiento de cambio y otra, mucho más compleja, es convertirse en estructura capaz de sostener el poder en el tiempo. Y en el Estado de México, ese tránsito ya no es promesa: es proceso en marcha.
Morena nació en territorio mexiquense como una anomalía. Un puñado de comités de base, articulados alrededor de un núcleo político concreto —Texcoco—, enfrentando una maquinaria priista aceitada durante décadas. No había institucionalidad, había convicción. No había reglas, había liderazgo. No había partido, había causa. Y eso, en política, suele ser suficiente… hasta que se gana.
El punto de quiebre fue 2017. La candidatura de Delfina Gómez Álvarez no sólo puso en jaque al régimen, sino que reveló algo más importante: Morena podía competir. Perder, sí, pero competir. Y en política, competir es el primer paso para sustituir.
Te puede interesar: ¿Es de izquierda el Gobierno de Delfina Gómez?
El segundo paso llegó en 2018, con el arrastre nacional de Andrés Manuel López Obrador. Morena dejó de ser una fuerza emergente para convertirse en opción dominante. Pero ahí empezó el verdadero problema: crecer implicó abrirse. Y abrirse implicó incorporar todo aquello que antes criticaba.
Ex priistas, ex perredistas, operadores reciclados, estructuras completas migrando de camiseta sin cambiar de lógica. Morena no se contaminó: se volvió competitivo. Porque en política, la pureza pierde elecciones.
La toma del Estado en 2023 fue el desenlace lógico. La victoria de Delfina Gómez Álvarez no sólo cerró el ciclo de hegemonía priista; inauguró otro más complejo: el de Morena como gobierno. Y gobernar, a diferencia de protestar, exige orden, disciplina y control.
Morena no destruyó el viejo orden. Lo reconfiguró. Cambió actores, modificó narrativas, pero mantuvo intacta la lógica esencial del poder: ocupar, administrar y conservar.

Pero hay una diferencia que no puede ignorarse.
El tramo final del priismo mexiquense terminó por vaciarse de propósito público. Su lógica se redujo a la preservación del poder, la administración de privilegios y la reproducción de una élite político-económica que encontró en el Estado su principal mecanismo de continuidad.
Morena, en contraste, no sólo disputa el control de ese aparato: busca reorientarlo. Programas sociales, narrativa política y prioridades de gobierno colocan en el centro a sectores históricamente excluidos, en un intento por construir una forma de Estado más cercana a un esquema de bienestar.
La estructura se parece.
El propósito, no necesariamente.
Y en esa tensión —entre operar el mismo sistema y pretender un fin distinto— se juega la legitimidad real del proyecto.
Los ajustes recientes en la dirigencia nacional, con figuras como Citlalli Hernández Mora, no responden a caprichos internos. Son señales de una fase distinta: Morena está dejando de organizarse para ganar y empieza a organizarse para permanecer.
Y esa lógica baja, inevitablemente, al Estado de México.
Hoy, Morena no enfrenta una oposición fuerte. Su principal tensión es interna. Grupos, liderazgos, aspiraciones rumbo a 2027 y 2029. Pero ese conflicto, lejos de debilitarlo automáticamente, es síntoma de otra cosa: disputa por administrar el poder, no por conquistarlo.
La pregunta entonces no es si Morena puede repetir la gubernatura en 2029.
La pregunta real es otra:
¿se está consolidando como un nuevo régimen?
Porque los indicios están ahí. Control del Ejecutivo, mayoría legislativa funcional, dominio territorial en zonas clave y, sobre todo, algo que define a cualquier sistema político: capacidad de reproducirse.
Morena no cambió el sistema.
Intenta cambiar para quién funciona.
Y en el Estado de México, esa apuesta ya no es discurso.
Es estructura.
No te pierdas La Silla Eléctrica: Seis exsecretarios y ningún resultado

Síguenos