Cuando lo técnico se vuelve político

¿Qué son exactamente Twitter, Facebook e Instagram y por qué están hoy en medio de una polémica internacional sobre la libertad de expresión y la censura? Ambas son técnicamente un programa informático o aplicación (App) y están en el centro de la discusión por haber cerrado unilateralmente las cuentas oficiales del Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, acusándolo de emplear sus servicios para incitar a la violencia. Vale la pena subrayar lo que técnicamente son, porque luego es preciso ver que no se agotan en ese ámbito, sino que extienden su definición y operación hacia los terrenos
enero 18, 2021
jose-luis-arriaga

¿Qué son exactamente Twitter, Facebook e Instagram y por qué están hoy en medio de una polémica internacional sobre la libertad de expresión y la censura? Ambas son técnicamente un programa informático o aplicación (App) y están en el centro de la discusión por haber cerrado unilateralmente las cuentas oficiales del Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, acusándolo de emplear sus servicios para incitar a la violencia.

Vale la pena subrayar lo que técnicamente son, porque luego es preciso ver que no se agotan en ese ámbito, sino que extienden su definición y operación hacia los terrenos social y político. Un programa informático lo que hace es dar instrucciones y reglas a una computadora para ejecutar ciertas tareas. Existen programas que se ejecutan en línea (en la Internet) y dentro de ellos se encuentran precisamente Twitter, Facebook, Instagram y otras de las llamadas redes sociales. Esta característica, de ejecutarse en línea y ser de código abierto, las ubica en la llamada Web 2.0 que, como ya hemos comentado en otras ocasiones en este mismo espacio, tiene la característica de que todo mundo puede producir contenidos y subirlos a la red.

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Hasta el día de hoy el mundo entero se ha habituado tanto a su presencia (aunque su nacimiento no tenga más de 2 décadas) que pasan prácticamente inadvertidos en el día a día. Vaya, nadie se detiene a preguntar qué son exactamente, para qué se usan, para qué fueron diseñados, en manos de quién están, quién los controla, cómo se sostienen económicamente, quién los rige, etcétera. Como que le damos la vuelta a todos estos aspectos para priorizar su uso: todos los días millones y millones de personas usan estas Apps e inundan la Internet con sus contenidos (la mayoría de ellos personales, aunque no exclusivamente) pero –insisto- sin detenerse para nada en los aspectos técnicos de los mismos.

Si decimos, por ejemplo, que la Web es una interfaz, eso nada nos dice de los seres humanos y sus acciones, porque básicamente alude a aparatos tecnológicos. Lo que esta interfaz hace es permitir la transferencia de representaciones de hipertexto a través de un código HTML (Hypertext Markup Language) desde un servidor hasta un navegador (browser) que lo interpreta y lo muestra. Esto es tan técnico que sólo personas calificadas pueden entenderlo. Pero hay más: ese lenguaje HTML es definido por el W3C (http://www.w3c.org) y es básicamente un lenguaje de representación que permite estructurar contenido y enlaces, aprovechando protocolos más básicos, como el TCP/IP que conforman una red de nodos y enlaces entre ellos. Parece todo totalmente vacío de humanidad ¿verdad?; excesivamente técnico.

¿En qué momento intervienen los seres humanos en estos procesos de diálogo entre dispositivos?

Puede ser en el momento en que un servidor ejecuta solicitudes de usuarios a través de algún software que se encuentra compilado en aplicaciones del lado del servidor (como las aplicaciones Java, o a partir de la ejecución de instrucciones a través de lenguajes tipo scripting como ASP o PHP.3), porque ese servidor es instruido cuando yo tecleo una búsqueda, publico un tweet o intento subir una foto a Instagram. Las máquinas se comunican con el lenguaje ya mencionado, los bits son traducidos a imagen o caracteres alfanuméricos y así los humanos pueden comunicarse entre sí.

Pero, además, la operación de estas disposiciones técnicas requiere gente creativa y capacitada trabajando permanentemente. Nosotros, los usuarios, pasamos por alto todo ello y sólo encendemos el celular o la computadora y publicamos. Sin embargo, eso no quita que las cosas técnicas estén ahí (como condición indispensable para la comunicación remota, audiovisual y multimedia entre la gente). Esas “cosas técnicas”, además, requieren un soporte material, infraestructura, servicio. Y eso, en términos prácticos, requiere dinero. Aquí ya empiezan a asomarse cuestiones sociales: empresas, emprendedores, ingenieros, y un ejército de personas abocadas a generar las condiciones técnicas ya mencionadas.

Ahora, todos podemos imaginar al hoy saliente mandatario estadounidense tomando su celular y redactando tweets desde su habitación, precisamente porque él hizo de tal App un instrumento para hacer política y orientar su acción gubernamental. La usaba con mucha frecuencia. El inconveniente es que, como la mayoría de los usuarios, quizá pasó por alto el entramado socioeconómico con el que se articula la tecnología que le permite llegar, en segundos, a millones de personas a través de un mensaje, redactado al instante.

Ese dispositivo, manipulado por sus manos a veces nerviosas, otras coléricas e impulsivas, no es sólo técnico es, como diría el sociólogo francés Bruno Latour, sociotécnico. El celular desde el que redactaba está articulado a una cadena de asociación, que se acrecienta a medida que nos preguntamos quiénes están detrás de su funcionamiento. Es, además, una cadena que permanece más bien invisible a todos los usuarios (siempre y cuando las cosas marchen bien, porque hace falta ver el revuelo que causan cuando “se cae” alguna de las redes, sea Facebook, Twitter o alguna otra), pero está integrada por gente que tiene intereses, expectativas, gustos, preferencias. 

Las redes que suspendieron las cuentas del señor Trump viven de acopiar información, procesarla, venderla; lo cual implica miles de anunciantes interesados en lo que en ellas pasa. Además cotizan en la Bolsa, así que hay miles de inversionistas que tienen intereses muy fuertes empeñados en estos dispositivos técnicos. Esos inversionistas se pusieron nerviosos, por lo cual en cuestión de horas, las acciones tanto de Facebook como de Twitter se devaluaron y ambas empresas perdieron de manera conjunta más de 33 mil millones de dólares en su valor de mercado.

De esta manera es como lo técnico se convierte en político, porque la operación de estos programas informáticos o Apps se ha incrustado con tal profundidad en el funcionamiento de nuestra sociedad contemporánea que las cosas que ocurren en ellas trascienden el aspecto técnico e involucran a personas, empresas, corporaciones y gobiernos a lo largo y ancho del planeta. Han alcanzado tal dimensión por la centralidad que les otorgan miles de millones de personas en sus vida. 

Este episodio del bloqueo a las cuentas del saliente mandatario norteamericano nos permite, primero, darnos cuenta hasta qué punto la vida en nuestros países está indisolublemente ligada a cuestiones tan técnicas como la operación de la interfaz llamada Web. Pero, al mismo tiempo, permite ver qué tan intrincados son los intereses (políticos y económicos) que se articulan en su funcionamiento y que entraron en operación para silenciar a un actor (¡nada menos que el presidente de los Estados Unidos!), que se convirtió en problema para la estabilidad política, social y económica en la que son viables corporaciones como las que están detrás de Facebook (y sus filiales WhatsApp e Instagram) y Twetter.

“Ha usado sus cuentas para incitar a la violencia”, se argumentó para bloquear a Trump permanentemente en estas redes sociales. “Está atentando contra la democracia”, se dijo por todas partes. Y, para controlarlo, se le priva de una de las principales herramientas de comunicación que él mismo habilitó como central en su gestión: las redes sociales. Estas últimas se han vuelto tan populares, tan presentes, tan vitales socialmente, que el bloqueo fue tomado por algunos otros como un acto de censura. 

El hecho es que en nuestros días lo público es básicamente un espacio de opinión, y las redes sociales se han erigido en la arena donde se encauza esa opinión pública. El problema es que esas redes sociales, como ya dijimos, están compuestas por muchos intereses (sobre todo económicos) que no están dispuestos a poner en riesgo sus grandes fortunas por alguien que no se atiene a las reglas que ellos mismos han puesto para expresarse en sus plataformas. La democracia (o el sistema tecnocrático en el que vivimos) está en manos de las grandes corporaciones que han privatizado el espacio donde expresamos nuestra opinión, la arena de lo público. Así están las cosas.

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