Etgar Keret viaja por el ciberespacio con una etiqueta que rez: “El escritor más popular entre los jóvenes de Israel”, algo que nos podría hacer pensar en George R. R. Martin, J. K. Rowling o (¡Dios nos libre!) un Yordi Rosado. Afortunadamente, también le siguen voces aclamadas, como la del escritor Amos Oz, quien dijo que “las breves historias de Keret son feroces, graciosas, llenas de energía y perspicacia, y al mismo tiempo son profundas, trágicas y muy conmovedoras”. Y su libro de cuentos “De repente un toquido en la puerta” es un excelente ejemplo de lo anterior.
Con estos relatos, Keret hace un retrato tragicómico del pueblo israelí, pero sus fábulas logran vincularse con cualquiera, pues trata temas universales; estas historias “hablan de temas afines a cualquier joven israelí —la vida en el ejército, el terrorismo, el Holocausto—, pero mucho más a menudo escapan hacia la universalidad del amor y el desamor, el miedo, la frustración o la paternidad. En manos de Keret, la situación más trivial da un viraje fantástico, del cual pueden extraerse conclusiones impensables”.
A veces crudos, a veces fantásticos, los cuentos de Keret se sienten como una brisa fresca, purificadora, renovadora, que deja un agridulce sabor a quien se acerca a conocerlas. La crítica especializada lo considera “el máximo exponente de la narrativa moderna en hebreo”, por su “empleo del lenguaje corriente para contar historias donde la vida cotidiana, el humor negro, el surrealismo, lo grotesco y lo infantil forman parte de un mismo universo”. Y, aunque me declaro incompetente para evaluar la literatura hebrea, desde luego reconozco que el trabajo de Keret es un digno representante de las bellas letras.


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