Diabetes: llegó en forma de “bienestar” y hoy tiene rostro de pobreza

México es el noveno país con más número de diabéticos.

Hasta la década de los ochentas, en México la Diabetes era considerada por los médicos como una enfermedad “rara”; hoy es la principal causa de muerte en nuestro país. ¿Cómo ocurrió eso? De manera silenciosa, no prevista y hasta con apariencia de desarrollo, mejora, modernización y acceso a bienes y servicios propios de lo que se define como “bienestar”. 

La diabetes es una enfermedad que hoy afecta al mundo entero, esa es la razón por la cual el pasado 14 de noviembre se celebró el “Día Mundial de la Diabetes”. Pero México es el noveno país con más número de diabéticos y se estima que, de seguir la tendencia hoy presente, ascenderá al séptimo en 2025 y ello implica muertes: tan sólo en el último sexenio se calcula en 500 mil el número de mexicanos que fallecieron por algún padecimiento derivado de la diabetes mellitus.

En el caso de nuestro país, esta evolución atípica de una enfermedad “rara”, que sólo era relacionada con la predisposición genética, hasta convertirse en  la principal causa de muerte no puede desligarse de la apertura comercial, la urbanización acelerada, el incremento en el poder adquisitivo y las ideas aspiracionales de las clases bajas, así como otros ajustes más en las normas sociales. Hace ya varios años comentamos en este mismo espacio que, según los estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) el mexicano consume en promedio 3,024 calorías al día, lo cual rebasa en 1,024 la sugerencia que la misma instancia internacional hace de 2,000 calorías por día. Esto significa un desbalance superior a mil calorías, que no representan otra cosa sino energía que la gente consume y que no utiliza.

¿Cómo, por qué y desde cuándo es que tenemos este desbalance calórico? Ese es precisamente el eslabón que enlaza a la epidemia de diabetes con la llegada del “bienestar”. Y es que esa palabra suele entenderse en términos de consumo: tener acceso a bienes y servicios que nos implican menos esfuerzo y más ingesta calórica. Por ejemplo, tener y utilizar un auto, adquirir máquinas para suplir el trabajo humano de todo tipo, poder pagar servicios que hagan más fácil las tareas en casa, pero también está incluido en el paquete del “bienestar” la satisfacción de antojos, comer y beber lo que los “gringos”, desarrollar un gusto –y hasta adicción– por alimentos y bebidas ricos en azúcares y harinas que se adquieren en cualquier miscelánea.

Dicho en otras palabras, con la entrada de México al comercio internacional, la eliminación de aranceles y el acceso a productos y servicios antes insospechados, se nos habló siempre de “bienestar”, de crecimiento económico, de mejores ingresos, de poder adquisitivo y cosas por el estilo. Pero lo que nunca se dijo es que todo ello implicaba riesgos a la salud. Un riesgo no es una certeza, sino una probabilidad: era probable que en la medida que se nos inundaran las tiendas con aimentos ultrapocesados se elevara la ingesta calórica de la gente de las las edades más tempranas; era probable que al urbanizar al país llegaran más facilmente esosalimentos enlatados y embotellados hasta las comunidades más recónditas. En suma, había altas probabilidades de que con el “bienestar económico” llegaran los malestares en la salud. Y así ocurrió.

Las medidas que ahora se han buscado implementar para resolver el grave problema de sobrepeso, obesidad y las enfermedades crónico degenerativas relacionados con ello son, por ejemplo, cobrar un impuesto adicional a la llamada “comida chatarra” (pensando en que ello incrementaría su costo y la gente los compraría menos, lo cual no ha ocurrido), obligar a las marcas a un etiquetado distinto que explicite lo que contiene cada producto, poner en marcha campañas para “activarse físicamente” en las oficinas, restringir la venta de algunos alimentos poco nutritivos en las escuelas y sus alrededores, o difundir las ventajas de alimentarse sanamente. Todo ello, sin embargo, tiene que combatir contra gustos, normas, prácticas e ideas ya naturalizados en la sociedad como símbolo de “bienestar”. Lo dijimos hace tres años aquí y lo reiteramos: el desbalance de consumo de calorías no puede atribuirse sólo a que los refrescos, el pan y las cosas fritas sean parte de nuestra dieta cotidiana. Los alimentos, aparte de ser productos químicos, son también elementos simbólico-significativos. Es decir, cuando se habla de lo que la gente come y toma, no sólo se deben ver las cantidades, la combinación de ingredientes y los horarios de consumo, sino las ideas que la gente produce en torno a los alimentos: lo que es rico, lo que es bueno, lo que es importante, lo que es un lujo, etcétera.

En este lapso que abarca las últimas tres o cuatro décadas, durante las cuales la diabetes se erigió como el principal problema de salud en nuestro país, hay un proceso de transformación de la vida de los mexicanos (pero también en otras partes del mundo, inundadas con productos del mercado mundial de alimentos, lo cual explica el incremento de esta enfermedad) que conduce a la “occidentalización”. Hoy están incrustados en el gusto de las personas las pizzas, las hamburguesas, las sopas instantáneas, las frituras, los refrescos, entre otros; y se han popularizado a tal grado que sus costos no son tan altos, con lo cual se convierten en productos al alcance incluso de las clases más pobres. Con ello ahora hay un cruce muy importante entre la pobreza y la diabetes: en el pasado se pudo haber dicho que las sociedades opulentas, que comen en exceso (como la norteamericana), eran las más propensas a padecer enfermedades como la diabetes, pero hoy los números nos indican que se ha convertido en una enfermedad que se extiende entre los estratos más pobres y con menos formación intelectual.

El fenómeno que inició con el anuncio de nuestra llegada al primer mundo con el TLC, derivó en la «occidentalización» de las costumbres de la gente y ello ha traído consigo entornos cada vez más obesigénicos cuyos efectos negativos para la salud son ostensibles, lo cual sobrecarga nuestros sistemas de salud con la necesidad de atender a personas con sobrepeso, diabetes, deterioro generalizado de la salud y sin seguridad social. Este sí es un problema “gordo”.