Hubo un tiempo en el que las oportunidades en la vida tenían que ver con el lugar donde se radica, la casa en la que se vive, la escuela a la que uno iba o el trabajo en el que obtenía mis ingresos. Abatir la marginación o la pobreza pasaba por emprender proyectos y programas para llevar servicios, mejorar la vivienda, construir una escuela o acceder a mejores salarios.
Esas eran las acciones, esas las metas y los indicadores para saber qué tan bien avanzaba una sociedad en resolver esos problemas, que eran del tipo: ¿las viviendas tienen piso de tierra?, ¿cuentan con agua potable?, ¿qué escolaridad tienen las personas?, ¿cuántos médicos hay por cada mil habitantes?, etcétera. Hoy, se manejan nuevos indicadores: ¿tiene acceso a internet?, ¿a través de qué dispositivos se conecta? Y uno muy importante, quizá el más significativo: ¿Qué tan digitalizada está su vida?
Estos indicadores significan que hay nuevas formas para quedar marginado. Así es, ya no es solo que la marginación esté determinada porque uno viva en los suburbios de una ciudad, en donde no hay red de distribución de agua potable o donde la escuela más cercana está a 30 minutos de camino, y las fuentes de empleo a una o dos horas en camión. Ahora, se puede quedar al margen de los ritmos y dinámicas de la sociedad por el hecho de no tener conexión a internet y por no digitalizar parte de su vida.
¿Qué significa exactamente esto último? Se refiere a traducir en bits algunas de mis actividades ordinarias. Digitalizar es traducir a un código algo para que pueda ser utilizado por un sistema informático. El ejemplo más simple es lo que hacen algunos cuando acuden a un sitio a comer: piden, les llevan su platillo y, antes de ingerirlo, le toman una foto con su celular. Tal acción consiste en codificar en un formato digital algo que existe en la realidad, ¿y con qué finalidad? Lo más común entre quienes hacen eso es compartirlo en sus redes sociales; es decir, ponen a disposición del sistema informático que maneja la plataforma (independientemente de cuál sea) un conjunto de datos que dicho sistema traduce en forma de imagen. Así, he digitalizado mi ingesta del momento.
Hoy, existen muchos aspectos de la vida común de las personas que necesitan estar digitalizadas: mi cuenta bancaria, mi inscripción a los servicios de seguridad social, mi matrícula escolar, las placas de mi auto, mi número de servicio de suministro de agua, la publicidad de mi negocio, los suministros de una cadena productiva y un larguísimo etcétera. No estar digitalizados, no aparecer en la base de datos, no estar expuesto en las redes sociales, me deja marginado.
Hace apenas unos días, José Manuel Salazar-Xirinachs, secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), enfatizó en una entrevista difundida por la propia Comisión que “la digitalización debe considerarse como un elemento fundamental de las agendas nacionales de desarrollo y de las políticas de desarrollo productivo de los países y sus territorios”.
En esta lógica, al presentar el Observatorio de Desarrollo Digital (ODD) —una plataforma que aloja más de 100 indicadores e información cualitativa en 12 áreas temáticas consideradas clave para la transformación digital de los países— la CEPAL reportó: “en general, los sectores productivos están desaprovechando las herramientas digitales”. Y lo mismo pasa —se dijo— en el modo como se están abordando los problemas que arrastra la región en diversas dimensiones, como la educación, la salud, la seguridad, la justicia, la debilidad institucional, entre otras.
Lo que este tipo de señalamientos y acciones significan es que estamos ya en una era en la que no basta con existir físicamente, es necesario que nuestra vida sea digitalizada para poder mantenerme en la dinámica social. O sea, para ser atendido por las instituciones, realizar un trámite o conducir con éxito un negocio es imperiosa la digitalización.
¿Cuántas personas se quedan al margen por no contar con un dispositivo que se conecte a internet, por no tener un correo electrónico, por no manejar la banca en línea o por tener una presencia pasiva en internet? Dice la CEPAL, por ejemplo, “más de 60 por ciento de los negocios de América Latina y el Caribe que utilizan internet tienen una presencia pasiva; es decir, no usan sus plataformas digitales para comercializar servicios. En el caso de las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes) —que llegan a representar 98 por ciento de las unidades económicas en la región—, solo tres de cada diez tienen algún perfil en la red. El escaso uso de las tecnologías digitales en el entramado productivo limita y condiciona la mejora de la productividad y la competitividad de la región”.
Sabemos, pues, que en generaciones anteriores millones de personas vivían en la marginación por no saber leer y escribir, por no radicar en la ciudad, por no contar con servicios de salud, por vivir sin energía eléctrica o por autoemplearse. Hoy, es necesario sumar a estos factores otros que tienen que ver con el mundo digital, con las redes informáticas, con las bases de datos, con los dispositivos electrónicos y la Internet. No existir digitalmente es un gran problema que amenaza con dejar al margen del desarrollo social a millones de personas.


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