Ejecutivismo fallido

En México estamos acostumbrados, no a ser un país de normalidad institucional, sino de hombres providenciales, esa es, quizá, una de nuestras peores taras. A todos los niveles desde la presidencia de la república hasta una modesta dirección de escuela, pasando por gobernadores, presidentes municipales y rectores de universidades, se espera que él que ocupa el cargo se responsabilice de todo. Y las consecuencias son casi siempre funestas. Ya sea porque el respectivo jefe se crea que de verdad sabe  y puede todo o porque en el otro extremo no sepa ni haga nada. El ejemplo más acabado de ese
noviembre 17, 2014

En México estamos acostumbrados, no a ser un país de normalidad institucional, sino de hombres providenciales, esa es, quizá, una de nuestras peores taras.

A todos los niveles desde la presidencia de la república hasta una modesta dirección de escuela, pasando por gobernadores, presidentes municipales y rectores de universidades, se espera que él que ocupa el cargo se responsabilice de todo.

Y las consecuencias son casi siempre funestas. Ya sea porque el respectivo jefe se crea que de verdad sabe  y puede todo o porque en el otro extremo no sepa ni haga nada.

El ejemplo más acabado de ese ejecutivismo lo ha representado la presidencia de la república de los regímenes priístas, eso a lo que un historiador llamó la presidencia imperial y que ahora está de regreso.

Un síntoma de esa patología lo constituyen los eventos en los que participa el presidente de la república y cuya presencia desata los más encendidos aplausos de los asistentes, lo mismo si se acepta una recesión económica o la firma de un acuerdo cuyas consecuencias nadie puede prever.

Y uno se pregunta ¿por qué aplauden?

El principal problema derivado de esta concentración del poder en una persona es que no se intenta una acción social construida desde abajo, en el que cada estrato asuma su responsabilidad en una tarea integral.

Por el contrario, se depende de iniciativas surgidas e impuestas desde arriba y que generalmente responden a los intereses de las élites políticas y económicas.

Todo lo anterior se ha evidenciado en la inconformidad desatada a raíz de los hechos de Tlatlaya y Ayotzinapa cuyo sustrato es la falta de un proyecto inclusivo.

Se ha generado una gran impopularidad del presidente, agravada por defectos de estilo y un esconderse en trivialidades de ejecutivos estatales y municipales.

Lo primero se evidencia cuando el presidente se ve cada vez más incómodo por los cuestionamientos de la prensa internacional.

Lo segundo cuando el gobernador mexiquense anuncia acciones como la de poner en los camiones del servicio público de transporte las fotografías de los presuntos delincuentes.

O en el nivel municipal donde parecería más fácil una acción pública progresiva en ámbitos concretos y no ocurrencias seudoeducativas.

Lo más grave de todo es que no se vislumbra que los gobernantes en todos sus niveles asuman una actitud diferente a la tenida hasta ahora,  lo que presagia una frustración y un encono social mayores.  

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