Lo más inquietante ocurrió después

Horas después de la irrupción en La Asunción, Fernando Flores no parecía un hombre preocupado por lo que acababa de hacer
junio 21, 2026

La imagen que terminó escandalizando a Metepec es conocida.

Un presidente municipal irrumpe en un conflicto privado acompañado por escoltas armados con rifles de alto poder. Hay empujones, golpes, gritos y una confrontación que termina por convertirse en una investigación penal.

Pero quizá la escena más reveladora de toda esta historia no ocurrió en el Club Deportivo La Asunción.

Ocurrió después.

Cuando las cámaras se apagaron.

Cuando los videos todavía no circulaban en redes sociales.

Cuando Fernando Flores creía que nadie más estaba observando.

De acuerdo con testimonios recabados por AD Noticias, horas después de la confrontación el alcalde regresó a sus actividades mostrando una tranquilidad que hoy resulta difícil de ignorar. Vestía el mismo saco negro y el mismo suéter de cuello alto que aparece en los videos del enfrentamiento. Conversaba, bromeaba, cantaba y convivía con integrantes de su círculo político más cercano.

No era la imagen de un hombre sacudido por los acontecimientos de la mañana.

No era la imagen de alguien que acababa de verse involucrado en un episodio potencialmente devastador para su carrera política.

Era la imagen de alguien que parecía convencido de haber actuado correctamente.

La diferencia no es menor.

La psicología del poder ha estudiado durante décadas cómo las posiciones de autoridad pueden alterar la percepción moral de quienes las ejercen. Investigadores como Dacher Keltner han documentado que el poder prolongado suele incrementar la sensación de legitimidad personal y reducir la capacidad de cuestionar las propias acciones.

La consecuencia es conocida.

Las personas dejan de preguntarse si podían actuar de otra manera.

Empiezan a preguntarse únicamente si tenían la capacidad de hacerlo.

Y Fernando Flores la tenía.

Tenía escoltas.

Tenía una patrulla municipal.

Tenía subordinados.

Tenía la investidura del cargo.

Tenía un entorno político dispuesto a acompañarlo.

Lo que ocurrió en La Asunción fue, en muchos sentidos, la expresión más cruda de esa acumulación de poder.

Por eso resultan tan importantes las horas posteriores.

Porque cuando una persona siente haber cometido un error grave suele aparecer algún indicio de conflicto interno: preocupación, prudencia, discreción o silencio.

El conflicto de Fernando Flores deriva en investigaciones y salen al reflector sus acciones / Foto: Archivo AD Noticias


Nada de eso parece haber ocurrido.

Los testimonios disponibles describen a un alcalde relajado y de buen humor.

Como si la irrupción hubiera sido un episodio ordinario.

Como si nada especialmente grave hubiera sucedido.

Como si la presencia de hombres armados en una disputa privada no representara un problema político, ético o institucional.

Quizá esa sea la lección más incómoda de todo este caso.

No que el alcalde perdiera el control.

Sino que posiblemente nunca creyó haberlo perdido.

Porque las imágenes de La Asunción muestran violencia.

Pero las horas posteriores parecen mostrar algo distinto.

Muestran normalidad.

Y pocas cosas resultan más peligrosas para una democracia que cuando el abuso de poder deja de percibirse como abuso y comienza a asumirse como una facultad natural del cargo.

La verdadera pregunta que deja este episodio no es qué pensaba Fernando Flores cuando ingresó al club.

La pregunta es qué pensaba horas después.

Cuando cantaba, bromeaba y convivía con sus allegados vistiendo todavía la misma ropa.

Cuando aún no existía presión pública.

Cuando todavía no había crisis mediática.

Cuando todavía no sabía que los videos terminarían por exhibirlo ante todo el país.

Porque es en esos momentos, cuando nadie cree que está siendo observado, donde el poder suele mostrar su rostro más auténtico.

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Janeth Rubi

Janeth Rubi

Profesional en Lengua y Literatura Hispánicas, egresada de la UAEMéx, especialidad en redacción y difusión cultural, con interés en la Literatura.

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