¿Se desvanecerán los temas comunes?

Las redes sociales, los influencers y la inteligencia artificial están transformando la forma en que las personas se informan y construyen su visión de la realidad.
junio 22, 2026

Estar informados significa que nuestro pensamiento está orientado. Es decir, siempre podemos pensar sobre cualquier cosa en muchos sentidos, pero cuando hemos sido informados, esa multiplicidad de opciones se reduce. En pocas palabras, la información proporciona el sentido que damos a los hechos y facilita la toma de decisiones. Durante generaciones, los medios de información operaron como los mecanismos predilectos para orientar el pensamiento de las personas, bajo un modelo muy particular: una persona (un periodista o un editor) se dirigía a miles o millones y les decía: “esto ha pasado y se debe a esto”. Ese modelo comunicacional vertical y centralizado imperó por al menos dos siglos, pero ha llegado a su fin.

En México casi el 70% de las personas accede a la información por la vía de las redes sociales

Los indicios de este agotamiento eran visibles desde hace años, pero los datos del Digital News Report 2026 del Reuters Institute acaban de confirmarlo: se ha consumado el desplazamiento definitivo de la hegemonía de los medios tradicionales. Han sido remplazados por los ecosistemas de plataformas en línea. Por primera vez en la historia de tal reporte, las plataformas digitales superan a nivel global tanto a la televisión como a los sitios web de noticias como la vía principal de acceso a la información. Los números son definitivos. En México casi el 70% de las personas accede a la información por la vía de las redes sociales; en un lejano segundo lugar (menos del 40%) están las webs de los medios; el tercer sitio lo ocupa la televisión, con un menguante 35%, seguida por los medios impresos y la radio (ambos por debajo del 20%).

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Piénselo y, en tan solo unos cuantos años, hemos presenciado la desaparición de los quioscos o puestos de periódicos, la extinción de rotativos físicos y su migración desesperada a portales de internet. Sin embargo, el informe revela que ni siquiera esos portales son ya la referencia informativa de la gente. Los medios tradicionales ya no controlan la agenda de los temas socialmente relevantes, sino que compiten en una economía de la atención extrema por una porción de esas escasas cuatro a cinco horas diarias que las personas dedican a sus teléfonos inteligentes.

Estatua de un joven sosteniendo libros, con una expresión decidida, viste una túnica y tiene un bolso con más libros al costado.

Las audiencias jóvenes ya no buscan un medio de prestigio para enterarse de lo que pasa; buscan el rostro de una persona con la que sienten una conexión empática.

A esta pérdida de centralidad de los portales se suma otro fenómeno que el reporte expone con crudeza: el auge imparable de los creadores de contenido e influencers por encima de las marcas de noticias tradicionales (periódicos, revistas o cadenas radiales y de TV). Especialmente en plataformas de video vertical como TikTok, Instagram o YouTube, las audiencias jóvenes ya no buscan un medio de prestigio para enterarse de lo que pasa; buscan el rostro de una persona con la que sienten una conexión empática. La confianza se ha desplazado de lo institucional a lo parasocial: la legitimidad del periodista respaldado por una mesa de redacción es suplantada por la «autenticidad» percibida de un creador que traduce la actualidad.

Esta personalización de la información no es inocua. Al hibridarse el periodismo con el entretenimiento —el ya clásico infoentretenimiento—, la frontera entre el dato verificado y la opinión subjetiva se vuelve completamente porosa. El ciudadano ya no consume información depurada bajo estándares profesionales de verificación, sino narrativas emocionales que resuenan con su propia identidad. De este modo, la cultura de las plataformas preparó el terreno: acostumbró a las audiencias a consumir relatos personificados y cómodos antes de dar el siguiente paso lógico de la automatización.

Es más fácil preguntarle a una inteligencia artificial (IA) sobre un suceso que comprar un periódico o buscar un portal web.

En ese sentido, el cambio más radical no se limita a esta migración de canales; radica más bien en una transformación cualitativa en el uso de los chatbots generativos para consumir noticias. Esta categoría, que ya ocupa el 10% global y crece aceleradamente, supera en países como Brasil (13%) a los medios impresos (7%). Es más fácil preguntarle a una inteligencia artificial (IA) sobre un suceso que comprar un periódico o buscar un portal web.

Este paso del buscador tradicional al chatbot marca la transición de la «cámara de eco» colectiva a la «burbuja dialógica solitaria». Se puede explicar de la siguiente manera: antes, en el inicio de las redes sociales digitales, aunque el algoritmo personalizaba el contenido y nos iba ofreciendo cierta información con base en los gustos que identificaba en nosotros, el usuario seguía expuesto a un flujo de publicaciones compartidas con otros usuarios; existía un espacio de confrontación y debate visible. Pero, con el chatbot, la comunicación se vuelve estrictamente privada, bidireccional y cerrada. Porque soy yo como usuario el que le pregunta a la IA sobre algo y me responde a mí. Esa información va a ser sólo elaborada para mí por parte de una máquina que recolecta información que está en la red y arma mi pieza. Con base en esa pieza individual es que yo estaré informado.

Espejo decorativo con un marco ornamentado y base en forma de mano.

La realidad deja de ser un conjunto de hechos objetivos que negociamos colectivamente y pasa a ser un servicio personalizado de respuestas convenientes.

De esta manera, al consolidarse el fenómeno en donde las personas no buscan el reportaje, la nota informativa en la fuente original en la que hubo labor periodística detrás, sino que le preguntan a una IA, se disuelve por completo la mediación editorial. Al interactuar individualmente con un asistente de IA, cada persona recibe una síntesis de la realidad construida a la medida exacta de sus sesgos, su lenguaje y sus preguntas. Esto produce la individualización de la verdad: la realidad deja de ser un conjunto de hechos objetivos que negociamos colectivamente y pasa a ser un servicio personalizado de respuestas convenientes.

La consecuencia de este fenómeno para la vida pública es una posible dilución del interés público compartido. El interés público no es la simple suma de los intereses individuales; es un espacio común de preocupación, deliberación y consenso factual sobre el cual se construye una sociedad. Pero, si con estas tendencias, tendremos que cada vez en mayor medida las personas consumen una versión sintética y aislada de los acontecimientos, el «suelo común» desaparece. No podemos debatir sobre soluciones políticas, económicas o sociales si ni siquiera compartimos el mismo relato de los hechos.

Al eliminar la fricción cognitiva que genera encontrarse con opiniones divergentes o con hechos incómodos que el periodismo profesional nos obliga a mirar, la IA nos sumerge en un anestésico conversacional. Nos arriesgamos a perder no solo la viabilidad económica del periodismo que investiga, sino algo mucho más sagrado: el texto común que nos permite reconocernos como una comunidad política compartida.

Desde luego que esto último es grave y quizá no nos toque verlo a algunos de nosotros. Sin embargo, lo que las tendencias nos permiten advertir es que las nuevas generaciones avanzarán hacia procesos informativos en los que hay una comunicación dialógica simulada, entre una persona y una IA. Esta última actúa como un «traductor cultural» y un nuevo filtro invisible cuyos criterios de selección de datos son una auténtica una caja negra.

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