El debate sobre la clase media

Mucha gente se auto adscribe a la clase media, no tanto por cuánto gana sino por cómo vive (o aspira a vivir).
junio 28, 2021
jose-luis-arriaga

Como lo sabemos todos, la agenda mediática, hoy por hoy, se coloca desde Palacio Nacional. Las conferencias de prensa que cada mañana ofrece el presidente de la República tienen ese propósito: establecer los temas de los que hay que hablar. Claro, no es una obligación para nadie hablar de ellos ni hacerlo en el sentido en que lo señala el primer mandatario; pero lo común es que sí se conviertan en temas para mucha gente, empezando por los medios de comunicación, siguiendo con las redes sociales y terminando en las charlas de sobremesa.

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Hace ya varias semanas el tema fijado fue el de la clase media. Ha dado para hablar infinidad de cosas. No hay medio informativo que no haya abordado el tema y en las redes sociales circulan desde memes hasta reflexiones sesudas al respecto. Yo, en lo personal, en este espacio, he abordado el tema desde hace años. En abril del 2019, por ejemplo, publicamos un texto que se tituló “se achica la clase media”. Dijimos en él que se trata de un concepto que muchas veces se piensa desde la economía (dime cuánto ganas y te diré a qué clase perteneces), pero que también tiene que ver con la sociología y la psicología, con el tipo de mentalidad y la forma de vivir la vida. Mucha gente se auto adscribe a la clase media, no tanto por cuánto gana sino por cómo vive (o aspira a vivir).

Pero, de la misma manera, en aquella ocasión advertíamos que, de acuerdo con un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la clase medía estaba presentando una tendencia a la baja: de entre los entre los 35 países que pertenecen a la OCDE, y de los que se disponían datos para ese entonces, la clase media se esta reduciendo. Ahora, dos años después, tras la pandemia más severa de los últimos cien años, el Banco Mundial confirma que la clase media ha disminuido en casi todos lados, incluyendo a México, que habría disminuido unos tres puntos porcentuales el tamaño de la población a la que se clasifica como clase media, pasando de 30.6% a 27.6% (en este rango se considera a las personas con un ingreso diario de entre 260 y 1,400 pesos).

¿A qué se debe este proceso de “achicamiento”? A que el costo del estilo de vida de la clase media ha crecido más que la inflación. Dicho en otras palabras, cada vez están más caros los autos, las viviendas, los viajes, las escuelas privadas, la comida en los restaurantes, la telefonía, la televisión de paga, la ropa de marca, los accesorios ostentosos y ese tipo de cosas que se corresponden con el “estilo de vida” de la clase media. Y aquí la idea clave que está en el centro del debate es, precisamente la de “estilo de vida”, porque el mismo encierra una forma de ver el mundo, de pensar y de ser. Los valores de la clase media se encaminan a la adopción de valores distintos a los de las clases populares (e implícitamente de aproximación a las clases altas, que se convierten en modelo de adopción de comportamientos, toda vez que anhelan pertenecer a este grupo).

Pertenecer a la clase media se puede resumir en la frase “no se es ni rico ni pobre”, pero es un hecho que un clasemediero no quiere ser pobre y sí quisiera ser rico; sus esfuerzos se encaminan a ello. No obstante, la realidad es que la condición que les permite alimentar esas aspiraciones correspondientes con el estilo de vida ya referido se encuentra en un lindero muy frágil y, por ello, es demasiado propensa a “caer” de la clase media ante una situación inesperada, una crisis económica o una pandemia como en la que ahora estamos.

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En prácticamente todas las sociedades contemporáneas del mundo existe un segmento de la población cuya vida está basada en la idea del ascenso futuro, en la movilidad social, en “salir adelante”, lo cual implica dejar de ser “del montón” y “ser alguien” en la vida. En el año 2018 publicamos también en este mismo espacio un texto bajo el título “casi imposible la movilidad social en México”, en el cual desplegábamos cifras contundentes al respecto de cómo el “ascensor social” está roto en el mundo, donde se ha agravado la desigualdad desde por lo menos los años 90 del siglo pasado.

En ese mismo texto del año 2018 señalábamos que el anhelo más común entre los padres de familia es que a sus hijos les vaya mejor en la vida que a ellos. Es algo casi natural, instintivo e institucional en todo el mundo: allanar el camino para las nuevas generaciones para evitar los obstáculos o límites que sus antepasados tuvieron que afrontar. Sin embargo, ello se vuelve una ilusión vana cuando las condiciones sociales impiden que eso tenga lugar.

Como lo dijimos desde abril del 2019 en ese mismo espacio, la situación está llevando a que muchos hogares de clase media se endeuden para mantener su estilo de vida. Pero ¿cuánto es necesario gastar para acceder a dicho estilo de vida? Esa cifra varía de un país a otro, pero puede corresponderse con la fórmula: ganar al menos 75% del ingreso promedio en cada nación, o cuando mucho dos veces ese ingreso. En México eso equivale a contar anualmente con 73,000 o cuando mucho 185,000 pesos. Pero para ser parte de la clase media en Luxemburgo se necesita ingresar por lo menos el equivalente a 490,000 pesos por persona al año.

Según los cálculos de la OCDE, una persona podría vivir como clasemediero en la mayoría de sus países miembros con unos 23,000 dólares al año (aproximadamente 430 000 pesos). Si consideramos las cifras anteriores, una familia mexicana de cuatro integrantes debe tener ingresos anuales cercanos a los superiores a 300 000 pesos para mantener un estilo de vida de clase media. Es un porcentaje menor de familias en el país el que alcanza esos niveles de ingresos, pero son muchos más los que se consideran de clase media. De hecho, algunos estudios anteriores afirman que en Italia, México y la India es mayor el número de personas que se consideran de clase media, independientemente de sus ingresos.

Tenemos, entonces, una situación muy particular para la clase media en el país, las aspiraciones chocan con tendencias socioeconómicas cada vez más evidentes: inestabilidad laboral, precarización del empleo, demanda de mayor preparación, etc. Así, una persona que se piensa de clase media, arma así su vida y luego pierde el empleo, se encuentra en una crisis existencial muy severa, pues sienten los efectos de la pobreza al carecer de acceso a bienes o servicios comunes en el estilo de vida de la clase media. No son pobres, pero se sienten pobres. Y no son pobres, porque esta última categoría socioeconómica más bien alude a las personas que satisfacen sus necesidades con muy poco; en tanto, las personas que no son pobres requieren muchísimas más cosas para sentirse bien. Cuando se dejan de tener esas cosas (aunque sea temporalmente, por una situación de crisis) no viene un proceso de empobrecimiento (reducir nuestras necesidades), sino un estado de ánimo: sentirse incompleto por estar pobre.

Tiene mucho sentido aspirar a mejorar las condiciones de vida, sin embargo, creo que el debate debe ser si esa aspiración tiene que ser individual o colectiva. Si es individual, lo más probable es que no se consiga nunca para todos, porque de hecho para que alguien mejore será necesario que otros empeoren y ese sería el espíritu reinante: competir y algunos tienen que perder, ni modo. En cambio, si fuera una aspiración colectiva otros valores tendrían que reinar, como la empatía y la solidaridad. Y tendrían que verse traducidos en hechos: en pagar impuestos, en administrarlos bien, en apoyar la redistribución del ingreso, etc. Ahí es donde está el verdadero debate: ¿reproducir las condiciones para que la aspiración se quedo sólo en vana ilusión para la mayoría de la gente, o transformar el escenario socioeconómico para que la movilidad social sea posible para cada vez más personas?

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