El diminuto, sus juglares y los herederos del lodo

Hay columnas que apuntan y otras que insinúan. La de hoy no busca nombres ni apellidos, aunque a muchos podría calzarles.
junio 20, 2025

Hay columnas que apuntan y otras que insinúan. La de hoy no busca nombres ni apellidos, aunque a muchos podría calzarles. No hay señalamientos directos, pero sí retratos posibles. Es un juego de arquetipos: el diminuto altanero, el tranza sin alma, el adulador del vacío, el iluso del subsuelo. No se trata de una región, aunque en ciertas latitudes la fauna abunde. No se trata de un gobierno, aunque algunos despachos se parezcan demasiado. Lo que hay aquí es una galería de sombras: perfiles humanos que, en tiempos de transición, salen a flote como aceite sucio en agua limpia. No se alarme si encuentra similitudes: los retratos son anónimos, pero el espejo es de uso libre. Y cada quien sabrá si el reflejo lo incomoda, lo acusa o lo delata.
Hoy la columna es sigilosa, enigmática… y gatuna. ¡Miauuu!

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El síndrome del hombre pequeño

No son pocos, pero sí suelen ser ruidosos. Los hombres pequeños —no solo de estatura, sino de espíritu— suelen vivir atrapados en una batalla silenciosa contra su propia insignificancia percibida. La psicología los ha estudiado con rigor: tienden a desarrollar lo que el psicoanálisis denominó hace décadas como complejo de inferioridad reactiva, es decir, una construcción exagerada de superioridad, poder o agresividad para compensar sus carencias. No soportan que alguien los describa con precisión, porque eso los pone frente al espejo que más temen: el que no pueden controlar. Se rodean de aduladores, se visten de poderosos, abusan del cargo o del dinero y en cada crítica ven una amenaza existencial. ¿Por qué algunos de ellos creen que insultar o denigrar a quien los ve tal cual son, los eleva por encima de los demás? ¿Es el narcisismo defensivo el lenguaje político de los inseguros? ¿Cuántos hombres públicos encarnan este patrón, sin saber que cada ataque suyo confirma el diagnóstico? La psiquiatría les tiene un nombre, la historia los tiene fichados y la política los sigue premiando.

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La autobiografía del tranza

El tranza no roba: “aprovecha la oportunidad”. No miente: “construye una narrativa”. No estafa: “emprende”. Pero en el fondo sabe que su mayor habilidad no está en el negocio, sino en la actuación. Se inventa títulos, se rodea de diplomas impresos a láser, se toma fotos con los poderosos y se autocelebra en voz alta porque en el silencio se ahogaría. Su historia de éxito suele tener vacíos vergonzosos: empleos ficticios, empresas fantasma, contratos amañados, premios inventados. Todo en él es decorado. Pero lo más fascinante —y patético— es su ritual frente al espejo: ahí también se miente. Se repite que es listo, que merece lo que tiene, que el sistema funciona así y que la honestidad es cosa de ingenuos. ¿Qué hay detrás de esa risa hueca, de ese coche blindado, de esa columna pagada donde lo llaman “visionario”? Solo un miedo viscoso: el de ser descubierto. Y es que el tranza sabe que no es más que eso… un farsante con oficina.

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El eco servil del poder diminuto

Hay una raza que no necesita ideología ni convicciones: solo hambre. Hambre de cercanía, de afecto comprado, de prebendas disfrazadas de lealtad. Son los aduladores, los juglares de la mediocridad, los que cantan himnos al amo aunque este apenas sepa pronunciar su nombre. Se agachan no por convicción, sino por costumbre. Algunos tienen talento —lo cual los hace más trágicos—, pero lo venden al mejor postor; otros solo saben reptar, y por eso prosperan. Pero hay un subtipo aún más repugnante: los que se postran ante el vacío. Adulan a quien no tiene sustancia, celebran a quien no ha hecho nada, veneran a quien solo exhibe dinero, cargo o contactos. Esos liliputienses que construyen su identidad a partir de un enano con presupuesto. Que repiten su discurso, copian su vestimenta, defienden su torpeza y se emocionan cuando les regala una mirada. No son voceros, son reflejos. No son cómplices, son sombra. Pero hay algo peor que adular al poderoso: adular al insignificante que se cree poderoso. Ese, al final, exige aún más genuflexión… porque sabe que no tiene con qué sostenerse solo.

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Los herederos del lodo

En la periferia del poder diminuto habitan no solo los aduladores, sino los ilusos. Son esos personajes secundarios que, al ver la pequeñez del amo, concluyen que también ellos podrían ser coronados. Y no les falta lógica: si ese enano llegó, ¿por qué no ellos? Si la vileza tiene trono, ¿por qué no soñar con sentarse en él? Pero su ambición no está hecha de ideales, sino de cálculo. No buscan servir, transformar, ni siquiera mandar con inteligencia. Solo anhelan administrar la podredumbre con sello propio. Heredar la cloaca. Lo que los mueve no es el deseo de justicia, sino la urgencia de garantizar impunidad a los suyos. No quieren gobernar, quieren proteger negocios turbios, redes oscuras, pactos no escritos. Quieren cargos para cobrar favores, puestos para castigar disidencias, poder para esconder pecados. Se visten de técnicos, de operadores, de cuadros eficientes, pero lo único que los define es su fe ciega en el dinero como dios único y en la corrupción como camino sagrado. No sueñan con un país mejor: sueñan con ser los próximos tranzas encumbrados.

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