El espejo de la ambición

Higinio Martínez Miranda no es víctima. Tampoco héroe. Es un hombre atravesado por sus propias contradicciones.

“El poder es como el hierro: si no se templa, se oxida; si no se suelta, abrasa.”

Anónimo chino

Higinio Martínez Miranda no es víctima. Tampoco héroe. Es —como casi todos los políticos longevos— un hombre atravesado por sus propias contradicciones. Supo construir poder territorial donde otros apenas construían asambleas. Supo pactar, ganar, resistir. Pero también supo —y aquí está el dilema— adaptarse demasiado bien a las reglas de aquello que decía combatir.

Durante cuarenta años, Higinio habitó el sistema sin romperlo. Lo denunciaba en tribuna, pero lo replicaba en los hechos. Promovió cuadros, sí, pero también impuso incondicionales. Postuló a luchadores sociales, pero también a oportunistas sin formación. Pactó con los de antes y con los de siempre. Nunca fue oposición frontal al PRI: fue pieza funcional, engranaje eficaz, operador astuto dentro del teatro de la alternancia que no llegaba. Su gestión en Texcoco fue el laboratorio del estilo priísta con membrete de izquierda: diezmos, nepotismo, contratos a familiares, control territorial, lealtades blindadas.

Y así, cuando llegó la hora decisiva —la elección de la gubernatura en 2022—, no fue una encuesta lo que lo derrotó. Fue la desconfianza del presidente. Andrés Manuel López Obrador, que lo conocía desde los días fundacionales, sabía de sus habilidades… y de sus límites éticos. Supo que con Higinio se ganaba estructura, pero no se ganaba credibilidad. Y por eso la confianza fue para Delfina Gómez, y para Horacio Duarte. No por lealtades afectivas, sino por razones de proyecto.

Eso, Higinio no lo ha podido digerir. La historia reciente no es la de un militante desplazado injustamente, sino la de un operador que nunca comprendió que la transformación no era un reparto de cuotas entre los que estaban desde antes. Que no se trataba de quién merecía más, sino de quién representaba mejor la causa.

Hoy, desde la tribuna que le queda, lanza mensajes amargos, plagados de insinuaciones: “traiciones”, “mentiras”, “farsantes”, “Beverly de la 4T”. Pero si de traición hablamos, habría que empezar por los años en que Higinio compartió mesa con el PRI mientras simulaba combatirlo. Si de farsantes hablamos, habría que revisar la lista de los impresentables que colocó en cargos públicos durante dos décadas. Si de privilegios se trata, habría que recordar que no hay riqueza sin poder acumulado, ni estructura sin concesión.

La crítica no es menor. Lo que se juega no es su biografía, sino el relato de la transformación. Porque un político que durante 40 años no derrotó al régimen, sino que convivió con él, no puede ahora presentarse como guardián moral de la causa. Y, sin embargo, tampoco debe ser reducido a villano de caricatura. Hay que reconocerle su papel en la edificación del movimiento, su eficacia operativa, su inteligencia política. Pero nada de eso lo exime del juicio que impone la historia: tuvo el poder… y lo usó como siempre se ha usado en el Edomex.

El tiempo del caudillo ya pasó. El poder hoy no se construye con miedo, sino con legitimidad. No se hereda. Se gana y se entrega. Lo que está en juego no es el ego de un hombre, sino la capacidad del movimiento para no reproducir sus viejos vicios con rostros nuevos.

Higinio no fue excluido. Fue rebasado. No por conspiración, sino por proceso. No por traición, sino por confianza depositada en otros. Y el espejo de su ambición, hoy, solo devuelve la imagen de un liderazgo que ya no entiende el tiempo que corre.

La transformación no necesita custodios agraviados. Necesita políticos que sepan irse con dignidad. Porque el poder que no se suelta, termina arrastrando lo que alguna vez ayudó a construir.

Mario A. García Huicochea

Mario A. García Huicochea

Periodista y columnista especializado en análisis político. Observador crítico de la realidad social y política del Edomex durante más de cuatro décadas.

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