«El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos.»
— Antonio Gramsci
En el Estado de México, el poder no muere: muta. No se cae, se traviste. Cambia de nombre, de color, de bandera, pero rara vez de lógica. Quienes esperan que el poder se reforme a sí mismo subestiman su capacidad de disfraz. La simulación no es un error del sistema mexiquense: es su nervio.
Vivimos entre signos trastocados. Se usa el lenguaje de la justicia social para conservar privilegios. Se invoca la voluntad popular para pactar en lo oscurito. Se habla de transformación mientras se reciclan operadores del viejo régimen, se protege a notarios corruptos, se coquetea con caciques reciclados. Se promete democracia, pero se administra clientelismo. Como si el cambio verdadero tuviera que ser también discretamente funcional a los intereses de siempre.
La continuidad camuflada
Esto no es nuevo. Desde los días del maximato hasta el fin del grupo Atlacomulco, el Edomex ha sido laboratorio de un tipo de poder que prefiere la forma a la sustancia, el pacto a la confrontación, la continuidad disfrazada de ruptura. Aquí no se rompe con el pasado: se le matiza. No se desmantelan estructuras: se les pone otra fachada. Lo que parece alternancia es a menudo una negociación de élites para conservar intacta la arquitectura profunda del control.
Y sin embargo, algo se mueve. El simple hecho de que hoy sea socialmente legítimo hablar de feminismo, de derechos humanos, de violencia institucional, de rendición de cuentas, es un desplazamiento del sentido. Un desplazamiento que duele al viejo régimen porque lo descoloca. Pero cuidado: si ese nuevo discurso no se acompaña de una nueva práctica, la decepción será mayor y más corrosiva. Porque el umbral de tolerancia al engaño ya no es el mismo. Porque hay una sociedad civil más alerta, más conectada, más agraviada.
La simulación no es una anomalía del poder: es su forma más refinada de persistir.
Desafección y poder simbólico
Las encuestas siguen mostrando que la mayoría desconfía de los partidos, de los jueces, de los policías, de los sindicatos. Y tienen razón. Pero lo preocupante no es solo esa desconfianza: es que no se traduzca en exigencia organizada. Que no mutemos el malestar en proyecto. Que no pasemos del meme a la movilización, del hartazgo a la propuesta. La desafección política es el clima perfecto para que sobrevivan los simuladores.
Por eso urge reconstruir ciudadanía desde abajo. Eso implica educación crítica, ética pública, medios libres, fiscalización social, valentía cívica. No podemos esperar que el poder se corrija a sí mismo. Como decía Dewey, la democracia no es una forma de gobierno, sino una forma de vivir juntos. Y si no democratizamos nuestras relaciones cotidianas, no lo haremos tampoco en las urnas ni en las instituciones.
Escritura contra el olvido
En este claroscuro mexiquense, donde coexisten el discurso emancipador y la práctica autoritaria, debemos elegir una trinchera. No hay neutralidad posible. El periodismo debe ser memoria activa, no solo archivo. Debe ser denuncia, pero también propuesta. Debe incomodar, pero también convocar.
Desde aquí, desde Expediente Edomex, asumimos ese deber: explorar al poder con bisturí filosófico, con herramientas de la axiología y de la epistemología, no para pontificar desde una torre de marfil, sino para iluminar zonas de sombra que el poder prefiere mantener opacas.
Porque quien no explora al poder, termina normalizándolo. Y quien no duda del poder, termina repitiéndolo.
El poder es como el humo: solo se ve si hay luz.
Con esta entrega, inauguramos Expediente Edomex, una columna semanal que se publicará cada lunes. Su propósito es claro: explorar críticamente el poder en el Estado de México. Será un espacio de pensamiento libre, ético y provocador. Aquí quedará disponible cada semana, como una invitación abierta a la conciencia, la lectura pausada y el debate informado.

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