Castigar sin volver al pasado

El análisis advierte el desgaste de los gobiernos locales del partido guinda frente a una oposición que busca aprovechar el hartazgo ciudadano rumbo a la próxima elección
junio 10, 2026

Coahuila no es el Estado de México

■ Coahuila no es el Estado de México
■ Castigar sin volver al pasado
■ La mayoría que está en juego
■ Armados hasta los dientes
■ El espejo incómodo

Coahuila no es el Estado de México

La derecha priista celebra Coahuila como si hubiera descubierto la fórmula de la resurrección política. Pero toda victoria merece ser observada antes de ser admirada. Las denuncias por operación irregular, presión territorial y prácticas cuestionables recuerdan más al viejo régimen que a una democracia vigorosa. El problema para el PRI es que Coahuila no es el Estado de México. Aquí existe una memoria reciente de lo que significaron casi cien años de hegemonía. Confundir una victoria local con una tendencia nacional suele ser el primer paso hacia las derrotas más costosas. Los dinosaurios siempre creen que dominan el paisaje hasta que descubren que cambió el clima.

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El castigo que fortalece

Si algo necesita la democracia mexiquense no es obediencia electoral, sino memoria. Algunos gobiernos municipales de Morena han resultado decepcionantes, mediocres o simplemente incapaces de estar a la altura de las expectativas que ellos mismos generaron. Lo saludable sería que los ciudadanos ejercieran el voto de castigo y recordaran a cualquier alcalde que el poder se presta, no se hereda. El problema aparece cuando la inconformidad busca alternativas y encuentra un paisaje igualmente desalentador. Allí está el nudo de la elección de 2027: castigar al mal gobierno parece razonable; encontrar una oposición que inspire confianza resulta mucho más complicado. Entre la decepción y la ausencia de opciones también se juega la calidad de una democracia.

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La mayoría que está en juego

La oposición quiere convertir la elección de 2027 en un referéndum contra los gobiernos de Morena. Es una maniobra comprensible, pero insuficiente. Lo que estará en disputa no serán únicamente alcaldías o curules, sino la continuidad de un proyecto nacional. Los votantes mexiquenses harían bien en distinguir entre crítica legítima y erística política, porque no toda descalificación constituye una alternativa. La contradicción es evidente: Morena puede perder municipios por errores propios y aun así necesitar una mayoría legislativa sólida. Perder el control de los congresos federal y estatal abriría una etapa de bloqueo, parálisis y disputa permanente cuyo costo terminarían pagando, como casi siempre ocurre, las clases populares. Los conservadores no esconden su propósito; esperan la oportunidad para desmontar reformas que buscan consolidar un Estado de bienestar todavía inconcluso.

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Armados hasta los dientes

Se siguen hundiendo. Resulta que las armas largas que portan los guardaespaldas del alcalde de Metepec y de su familia formarían parte del inventario oficial del Grupo Táctico de la policía municipal. Armamento público para combatir delincuentes y proteger a la población terminó destinado al resguardo privado de una familia. Si los hechos se confirman, Jesús Ramírez Manzur enfrenta algo más serio que un problema administrativo. La contradicción es obscena: mientras miles de ciudadanos pagan impuestos para financiar la seguridad pública, algunos funcionarios parecen entender que los bienes del Estado son una extensión de su patrimonio personal. El problema no son las armas. El problema es la idea de poder que revelan.

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El espejo incómodo

Alguien debería recordarle a Nazario Gutiérrez que ganar una elección no convierte la crítica en delito ni la discrepancia en traición. El alcalde de Texcoco parece empeñado en demostrar que la intolerancia no tiene ideología. La paradoja es notable: representa a un movimiento que llegó al poder denunciando los abusos, la soberbia y las prácticas autoritarias de los gobiernos anteriores, pero en ocasiones actúa como si aquellas conductas merecieran ser preservadas. El problema para Morena no es Nazario. El problema es que personajes así terminan convirtiéndose en el argumento favorito de sus adversarios. Ningún proyecto político se debilita más rápido que cuando comienza a parecerse a aquello que prometió combatir.

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