El Laberinto 

Hablando de relevos   El inminente relevo en la Presidencia del Comité Ejecutivo Nacional del PRI ha devenido en una gran controversia y un llamado a la reflexión sobre la idoneidad de sus representantes, no solo a nivel nacional sino en todos los ambitos territoriales y sectoriales. Más allá de  su eficiencia como servidor público, la ciudadanía y sobre todo la militancia del partido cuestiona los criterios sobre su elegibilidad y los métodos arcaicos que propician su arribo al máximo cargo del instituto político con mayor número –hasta ahora- de seguidores en el país. A priori y sin evaluar cabalmente
julio 12, 2016

Hablando de relevos

 

El inminente relevo en la Presidencia del Comité Ejecutivo Nacional del PRI ha devenido en una gran controversia y un llamado a la reflexión sobre la idoneidad de sus representantes, no solo a nivel nacional sino en todos los ambitos territoriales y sectoriales.

Más allá de  su eficiencia como servidor público, la ciudadanía y sobre todo la militancia del partido cuestiona los criterios sobre su elegibilidad y los métodos arcaicos que propician su arribo al máximo cargo del instituto político con mayor número –hasta ahora- de seguidores en el país.

A priori y sin evaluar cabalmente su idoneidad, se le percibe como un representante de la tecnocracia y de una facción del gobierno, que no de la clase política, que se ve beneficiado por el dedazo en momentos que los priistas tradicionales se sienten desilusionados de muchos de sus compañeros de partido a quienes llevaron al poder.

Algunos responsabilizan a esta facción de las derrotas del 5 de junio por decisiones impopulares como el aumento de precios, su influencia en la designación de ciertos candidatos o la falta de apoyo a otros,  el ejercicio excluyente del poder y la caída en las preferencias de los votantes.

El escenario se complica a partir de las lecturas del mensaje autocrítico del presidente saliente,  quien diagnosticó que los malos gobiernos y gobernantes han socavado al partido, que se requiere una transformación de fondo para servir a la gente y conectarse más a la ciudadanía tanto en sus causas y aspiraciones como en el rechazo a políticas públicas que no coinciden con el ideario político.

Así las cosas, para las clases políticas tradicionales un cambio de dirigencia con las características que se están viviendo puede interpretarse como un agravio, como menosprecio a la trayectoria de los militantes y a los méritos acumulados en tareas partidistas.

Pero, en beneficio del  prospecto, el arribo de este nuevo perfil puede representar la renovación desde la cúpula de un aparato que ya no cumple las expectativas de las generaciones cuyo voto será decisivo en 2018.

Indubitablemente de frente al fracaso en las pasadas elecciones y las perspectivas hacia el futuro se impone  la rectificación y el cambio. El partido debe renovarse en estricto apego a las  fórmulas de elección de dirigentes establecidas conforme a sus estatutos, cuidando que ciudadanía y militancia perciban equidad y democracia.

El reto inmediato es reestructurar al Partido en su cúpula y en todo el País, pero en especial en los estados que renovarán gobernador en 2017, marcadamente aquí en el Estado de México, que será la antesala obligada a la sucesión presidencial en 2018.

Para ello se deben reforzar las sanas prácticas del instituto político en la elección de dirigentes y candidatos que le han garantizado el éxito continuado y que perfilarán las posibilidades de consolidar, o no, el proyecto político que propone el Revolucionario Institucional.

Para hacer exitoso este ejercicio, la eleccion de las dirigencias debe realizarse cuidando que los prospectos cumplan con las normas y principios que se ha impuesto el partido a traves de sus estatutos y buenas prácticas que le han permitido la continuidad en las preferencias de los ciudadanos y la aceptación de las bases.

La militancia se entusiasma con la designación de perfiles que demuestren carrera y méritos en el Partido; que acrediten convicción ideologica, conocimiento de la política así como de los usos y costumbres locales; arraigo y sentido de pertenencia; postura crítica, inmune a las alabanzas; ideas frescas, sensibilidad social y apertura que sumen adeptos y simpatizantes.

Percibe que la eficiencia administrativa no siempre garantiza sensibilidad ni arraigo, por ello se deben evitar posiciones cupulares que lleven al partido a transitar contra corriente y decidir de manera dictatorial, a espaldas de la militancia y generando críticas dentro y fuera por favorecer intereses de grupo, generar resentimientos, revanchismos y fundamentalismos.

El PRI siempre ha dado muestra que el concenso, aunado a la disciplina e institucionalidad son su mayor fortaleza. Otros partidos han demostrado su debilidad al manipular sus relevos con resultados desastrosos y sin el mínimo barniz democrático que no logran curar cicatrices y evitar divisiones.

A mayor abundamiento, el cumplimiento de las reglas partidistas internas actualmente es fiscalizado por el propio INE, facultándolo a sancionar u observar estos mecanismos.

Pero sobre todo, la inobservancia de los principios y valores democráticos en el partido podría provocar que los mejores perfiles y los liderazgos legitimos puedan quedar repartidos en la multitud de membretes políticos que han surgido como reacción a las malas decisiones cupulares.

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