“Una sociedad decente no humilla a sus miembros. Y no glorifica al rico que se niega a compartir el país.”
Avishai Margalit
La deuda de Ricardo Salinas Pliego al Estado mexicano no es solo contable: es ideológica. No se mide en pesos, sino en ideas podridas que justifican el abuso, la evasión y la glorificación de una élite que no produce, sino captura al Estado. Cuando alguien debe 74 mil millones de pesos en impuestos y se presenta como víctima del sistema, lo que está en juego no es un litigio, sino el sentido moral de la república.
La narrativa del “empresario exitoso” ha sido una de las operaciones ideológicas más efectivas del neoliberalismo. Pero no todos los empresarios son iguales. Algunos arriesgan, inventan, crean. Otros —como Salinas— se enriquecen con concesiones públicas, favores políticos y mecanismos fiscales que bordean el fraude. El caso documentado por Mathieu Tourliere sobre las pérdidas de Mexicana de Aviación usadas para deducir miles de millones, lo deja claro: no vendió televisores, vendió pérdidas. Y eso, con el aval silencioso de gobiernos y cortes.
Desde los años 90, esa élite predica que el Estado es el enemigo, los impuestos son un robo y la libertad consiste en no deberle nada a nadie. Pero su fortuna nació justo al revés: del Estado que les regaló canales, licencias, infraestructura y poder. La libertad que defienden es en realidad el deseo de no compartir el país con los demás.
Hayek lo legitimó, Friedman lo popularizó, Ayn Rand lo poetizó, y Salinas Pliego lo convirtió en espectáculo. Pero en el fondo es lo mismo: una defensa del privilegio como derecho natural. No están en contra del Estado. Están en contra de que el Estado deje de servirles.
La historia mexicana es implacable: cuando el Estado se replegó, los ricos no buscaron libertad, buscaron rentas. Privatizaron bancos, carreteras, empresas públicas. Y hoy quieren privatizar también el derecho a no pagar impuestos. No se esconden: se burlan. Lo hacen desde haciendas de lujo, como la de Jalmolonga en Malinalco, mientras millones sí pagan IVA en el huevo, ISR en la nómina y predial por casas sin drenaje.
¿Qué Estado puede sostenerse si los que más tienen no quieren aportar nada? ¿Qué democracia sobrevive si los ricos son tratados como seres intocables? La pregunta es más radical: ¿quién va a financiar el país si los que más se beneficiaron de él lo desprecian?
Esto no va de personas. Va de ideas. De estructuras. De legitimidades. De modelos de país. Y el modelo que representa Salinas Pliego —el del privilegio sin responsabilidad— es exactamente lo que México debe superar.
Epílogo:
El poder real no lo tiene quien grita, sino quien no paga. Y la verdadera revolución será cuando el pueblo deje de aplaudir a sus evasores favoritos.


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