La duda no destruye: revela. Y en tiempos donde las certezas se han convertido en trincheras ideológicas, dudar es resistir al dogma, al espectáculo y al pacto tácito del olvido. Esta columna no acusa: pregunta. No señala: incomoda. Porque solo preguntando podemos romper la gramática invisible del poder, esa que justifica lo inadmisible y maquilla lo evidente.
1. ¿Qué revela sobre el poder que Enrique Peña Nieto enfrente hoy a sus exsocios más que a sus opositores
En un país acostumbrado a que todo parezca juicio y nada lo sea, la reciente acusación de soborno lanzada por dos empresarios israelíes contra el expresidente Peña Nieto —por 25 millones de dólares, no cualquier limosna— no ha provocado investigaciones judiciales, sino una coreografía de silencios. No hay carpetas abiertas, al menos no públicas. No hay comunicados de la Fiscalía. No hay indignación oficial. La persecución no viene de la justicia, sino de los sótanos de quienes alguna vez lo elevaron. El juicio, si ocurre, será más histórico que penal; más ético que institucional. Y acaso más político que jurídico.
a) ¿En qué lugar se encuentra un expresidente cuando deja de ser útil para quienes lo crearon?
b) ¿Qué significa que las acusaciones más graves no provengan de la oposición, sino de quienes hicieron negocios monumentales bajo su sombra?
c) ¿Es Peña Nieto responsable de su propia soledad, o víctima de una lógica de poder que devora a quien ya no puede garantizar protección?
d) ¿No es irónico que hoy necesite buenos abogados más por desconfianza que por culpa, y que su mayor vacío esté en la Corte que alguna vez acomodó a su antojo?
e) ¿Qué país seríamos si un caso así —verosímil, internacional, documentado— no logra siquiera colocar el tema en la agenda de la justicia?
Moraleja: El poder no olvida: sólo cambia de abogado.
**
2. ¿Qué se juega en realidad en la batalla por la UAEMéx?
Bajo la superficie de cinco candidatas que se repiten en medios y desplegados, se esconde una confrontación más honda: la pugna entre un viejo régimen universitario que aún controla símbolos, redes y procedimientos, y un nuevo proyecto político que aún no define sus coordenadas institucionales. No es una elección: es un forcejeo por el alma de la universidad. Cada grupo mueve fichas invisibles: bufetes, despachos, medios de comunicación, redes clientelares. Y la amenaza final es clara: si no pueden ganar con votos, lo intentarán con amparos, jueces o caos. En esta disputa, nadie habla de ciencia, ni de estudiantes. Solo de poder.
a) ¿Qué fuerzas ideológicas, políticas y económicas se enfrentan hoy bajo el disfraz del conflicto universitario?
b) ¿Cuánto poder puede contener una rectoría para que se decida defenderla incluso a costa de la parálisis institucional?
c) ¿Es posible una solución ética si ninguna de las cinco candidatas representa un verdadero quiebre con el pasado?
d) ¿No sería más transformador que renunciaran todas, abriendo paso a una refundación académica desde cero, sin pactos ni simulaciones?
e) ¿Qué clase de democracia universitaria construimos si permitimos que el litigio sustituya a la deliberación, y los jueces reemplacen a la comunidad?
Moraleja: Quien controla la universidad, no gana un cargo: gana el derecho a definir lo que será verdad.
**
3. ¿De qué sirve una Comisión de Derechos Humanos que no incomoda al poder?
Durante décadas, la CODHEM fue algo más parecido a un órgano notarial que a una institución defensora. Con autonomía presupuestal, sí; pero sin independencia ética ni política. Operó como apéndice del régimen priista, legitimando por omisión y defendiendo más al Estado que a sus víctimas. Ahora, en tiempos de cambio, se pretende renovar su presidencia sin reformar su médula. Pero el problema no está en quién la encabece, sino en lo que representa. No puede colocarse vino nuevo en botellas viejas.
a) ¿Puede una institución pensada para ser contrapeso sobrevivir si se forma para obedecer?
b) ¿Qué valores se consolidan en la sociedad cuando la defensa de los derechos humanos se convierte en trámite burocrático?
c) ¿Qué sentido tiene relevar nombres si se conservan los mismos métodos, redes y pactos de silencio?
d) ¿No sería más honesto reconocer que el verdadero problema de la CODHEM es su diseño, no su ocupante?
e) ¿Qué pasaría si la segunda comisión más importante del país se transformara en una instancia verdaderamente incómoda para el poder?
Moraleja: Los derechos no se defienden desde la comodidad institucional, sino desde la incomodidad moral.
**
4. ¿Por qué los ayuntamientos siguen siendo el corazón podrido de la vieja maquinaria del poder?
Los discursos cambian, pero en los ayuntamientos muchas prácticas siguen oliendo a humedad institucional. Las licencias de construcción no se otorgan: se negocian. Los permisos de giros comerciales se alquilan al mejor postor. La vía pública es un botín; los organismos del agua, cajas chicas; la policía, un aparato de recaudación paralela. La nómina oculta operadores electorales y aviadores de confianza. Y en los sistemas de compras, los moches, las factureras y las empresas fachada son regla, no excepción. No es corrupción: es estructura. Y muchos alcaldes —no todos, pero sí demasiados— lo saben y lo multiplican.
a) ¿Cómo puede funcionar un régimen democrático si su primer contacto con la ciudadanía es un municipio colonizado por la corrupción?
b) ¿Qué dice del Estado mexicano que el principal espacio de saqueo cotidiano no sea la federación, sino el ayuntamiento?
c) ¿Cuántos alcaldes llegan a sus cargos para servir… y cuántos para sacar millones sin levantar sospechas?
d) ¿No habría que intervenir estructuralmente los sistemas municipales antes que pensar en grandes reformas desde el centro?
e) ¿Qué cultura cívica estamos formando si desde el kiosco hasta la nómina todo puede venderse, repartirse o falsificarse?
Moraleja: Cuando la corrupción es local, el cinismo es nacional.
**
5. ¿Por qué los pobres votan por quienes los desprecian?
Hay municipios en el Estado de México —Atizapán, Metepec, Huixquilucan— donde el PAN conserva el poder a pesar de las cifras escandalosas de pobreza. No se trata de territorios ricos: son territorios desigualísimos. Allí, los de abajo votan por los de arriba. Los desposeídos eligen al partido que representa al privilegio. ¿Es ignorancia, resignación, ilusión aspiracional, clientelismo emocional? ¿O una pedagogía del castigo, donde se cree que sólo el patrón puede poner orden? Galeano los llamaría “los nadie”. Y los nadie siguen votando por los de siempre.
a) ¿Qué tipo de cultura política se ha instalado cuando la humillación se convierte en destino electoral?
b) ¿Por qué la derecha logra presentarse como orden y progreso, incluso en donde ha sembrado abandono y exclusión?
c) ¿Qué narrativa le ha vendido el PAN a los pobres para convencerlos de que su derrota es merecida?
d) ¿No será que los sectores populares, privados de todo, han sido también privados de una pedagogía de la dignidad?
e) ¿Cómo puede cambiar esta lógica perversa si el lenguaje de la izquierda aún no logra convertirse en sentido común?
Moraleja: Cuando los nadie votan por los de siempre, los de siempre se aseguran de que sigan siendo nadie.
**
El poder no cae por decreto. Se erosiona en las conciencias cuando la duda se vuelve colectiva. Las estructuras cambian no porque se les grite, sino porque se les comprende, se les deconstruye, se les niega obediencia ciega. Dudar no es una concesión: es el primer acto real de emancipación.


Síguenos