I. El viaje del poder al altar del prestigio
En un municipio donde la inseguridad se multiplica, los servicios básicos crujen y la desigualdad sigue marcando el pulso cotidiano, el alcalde de Metepec decide volar a Roma. No por una cumbre de seguridad, no por una gestión de recursos, no por una agenda de cooperación institucional. Va al Vaticano. A la entronización del Papa. ¿Qué significa este gesto en un contexto tan terrenal? ¿Puede un acto simbólico redimir las deudas reales de un gobierno local? ¿Vale más la foto con el pontífice que el diálogo con los vecinos? Preguntar no es ofender: es recuperar el juicio público sobre lo que el poder hace con nuestro tiempo, nuestros impuestos y nuestra confianza.
a) ¿Qué utilidad pública concreta tiene para los habitantes de Metepec que su alcalde viaje al Vaticano mientras el municipio lidia con problemas reales como asaltos cotidianos, transporte deficiente o mercados abandonados?
b) ¿De qué sirve una audiencia con el Papa si no se traduce en ningún beneficio institucional, si no deriva en acuerdos, recursos o acciones tangibles que puedan sentirse en las calles de San Salvador Tizatlalli o La Pila?
c) ¿La imagen de un funcionario mexiquense frente al pontífice tiene algún valor colectivo, o solo alimenta el culto a la personalidad de quien, en lugar de rendir cuentas, busca acumular símbolos de prestigio?
d) ¿En qué piensa realmente el alcalde cuando se retrata en el Vaticano: en el alma de su municipio o en el capital simbólico que quiere acumular para el 2027? ¿O quizá se trata de cerrar su ciclo político con aureola pontificia para regresar con más brillo a los negocios privados, a su CIFO Technologies?
Moraleja: Cuando el poder confunde representación con espectáculo, el pueblo deja de ser ciudadanía y se vuelve audiencia. Pero los templos no reemplazan al territorio, y ni la fe ni la foto resuelven lo que la justicia y el trabajo exigen.
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II. La elección judicial: ¿una apuesta a ciegas?
El próximo 1 de junio, los ciudadanos del Estado de México están convocados a participar en una elección histórica: por primera vez, elegirán directamente a jueces, magistrados y ministros del Poder Judicial. Sin embargo, a pocos días de los comicios, persiste una interrogante fundamental: ¿conocen realmente los votantes a quienes aspiran a impartir justicia en su nombre? La legitimidad de esta reforma depende, en gran medida, de la información y el discernimiento con que la ciudadanía ejerza su voto.
a) ¿Qué grado de conocimiento tienen los electores mexiquenses sobre los candidatos judiciales? ¿Están familiarizados con sus trayectorias, propuestas y antecedentes? ¿O enfrentan una boleta llena de nombres desconocidos?
b) ¿Qué fuerzas —políticas, económicas, mediáticas— sabotean abiertamente esta elección, denunciándola como amenaza o populismo? ¿Por qué tanto empeño en su fracaso?
c) ¿Qué es, en verdad, la justicia? ¿Un código, una toga… o una esperanza? ¿Y qué se necesita para alcanzarla: jueces electos o ciudadanos conscientes, leyes impecables o voluntad moral?
d) ¿Con qué autoridad moral presume pluralismo una elección judicial cuando las estructuras partidistas activan operadores y maquinaria para colocar a sus favoritos togados?
e) ¿Qué pasará si los elegidos no responden a la justicia, sino a las listas partidistas que los promovieron? ¿Será justicia legitimada o justicia domesticada?
Moraleja: Elegir jueces no garantiza justicia, pero negarnos a hacerlo perpetúa la injusticia. Entre la ceguera del pueblo y el pacto de élites, tal vez votar no sea la solución perfecta… pero sí el primer síntoma de que el miedo ya cambió de bando.
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III. El impuesto del silencio y la rendición ausente
Pagar impuestos es uno de los actos más políticos y menos comprendidos por el ciudadano común. En el Estado de México, más de 6.3 millones de contribuyentes registrados sostienen las finanzas del aparato estatal, mientras millones más habitan la informalidad, fuera del radar fiscal y del amparo institucional. Se recaudaron más de 51 mil millones de pesos en 2024, pero la desconfianza sigue. ¿Por qué el Estado, que exige, no explica ni devuelve?
a) ¿Tiene sentido hablar de ciudadanía fiscal en una entidad donde más del 54% de los trabajadores son informales y, por tanto, viven fuera del sistema tributario… y también de sus beneficios?
b) ¿Quién explica por qué se recauda tanto y se devuelve tan poco? ¿Dónde están los beneficios tangibles que deberían justificar la carga impositiva de millones?
c) ¿No es contradictorio exigir pagos puntuales mientras se toleran contratos financieros abusivos, obras inconclusas y bancos que se llevan la mayor tajada del presupuesto?
d) ¿Con qué incentivos cuenta hoy un mexiquense para pagar impuestos en un sistema que ofrece más sanciones que beneficios, más vigilancia que confianza?
e) ¿Hasta cuándo seguiremos llamando “contribución” a lo que ya se percibe como extorsión institucionalizada bajo un régimen fiscal obsoleto y punitivo?
Moraleja: Cuando el Estado exige sin explicar, cobra sin educar y gasta sin rendir cuentas, pagar impuestos deja de ser un acto cívico… y se convierte en un tributo al desencanto.
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IV. La inseguridad: cuando el miedo no baja aunque las cifras sí
Mientras las autoridades presumen una reducción del 30% en delitos de alto impacto, la percepción de inseguridad en el Estado de México sigue siendo altísima: 61.9% en 2025, más que en 2024. ¿Por qué no baja el miedo aunque bajen los números? Porque el miedo no vive en las estadísticas: vive en la calle, en el transporte, en las colonias pobres que no ven patrullas ni justicia.
a) ¿De qué sirve que bajen los delitos en los reportes si el miedo sigue subiendo en los barrios?
b) ¿Qué revela una percepción de inseguridad constante si no que la gente no cree en las cifras… porque las cifras nunca vivieron en su colonia?
c) ¿No es un insulto presumir reducción delictiva mientras en La Paz, Chimalhuacán o Ecatepec la gente aún vive bajo toque de queda emocional?
d) ¿Hasta cuándo los pobres serán los más asaltados y los menos protegidos? ¿Cuándo tocará justicia también en zonas sin cableado electoral?
e) ¿Qué pasará el día en que la percepción de inseguridad deje de ser resignación… y se convierta en rabia?
Moraleja: Cuando la seguridad es una narrativa y no una realidad, el miedo se vuelve rutina, la confianza se extingue… y el Estado, poco a poco, deja de ser Estado.
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V. La continuidad maquillada: pagar por siempre, cambiar nada
El gobierno que prometió transformación mantiene intactos los contratos más oscuros del pasado: los Proyectos de Prestación de Servicios (PPS). Contratos de décadas por hospitales que no curan, autopistas que ya se pagaron, centros culturales de oropel. ¿Por qué no se renegocian? ¿Por qué no se denuncian? ¿Qué tan nueva es una administración que hereda el saqueo y lo mantiene en pie?
a) ¿Por qué el gobierno de Delfina Gómez no ha tocado ni una cláusula de los PPS que exprimen al Estado como limones financieros de largo plazo?
b) ¿Qué tanto pesa el cálculo político en la decisión de no confrontar los contratos heredados? ¿Hay miedo a romper con quienes sí mandan, aunque no gobiernan?
c) ¿No es grotesco que el Estado de México siga pagando miles de millones por elefantes blancos disfrazados de hospitales, museos vacíos y carreteras con peaje eterno?
d) ¿En qué momento un gobierno austero se convierte en un gerente del viejo régimen, pagando sin chistar lo que otros pactaron en nombre del pueblo?
e) ¿Qué pasará cuando la gente descubra que la transformación no vino a desmontar el sistema, sino a administrar sus excesos con mejor narrativa?
Moraleja: Cuando el cambio administra los vicios que prometió desmontar, la esperanza envejece, la deuda crece… y la transformación se vuelve gerencia.
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Epílogo
Dudar no es traicionar. Es cuidar lo que dijeron que venían a cambiar.
Preguntar no es molestar. Es impedir que nos vuelvan a mentir con elegancia.
Lo que no se interroga, se perpetúa.
Y en este Estado, nada urge más que romper las herencias… antes de que nos hereden otra vez.


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