¿Por qué el desenfreno en los festejos mundialistas?

La euforia mundialista revela una capacidad colectiva de encuentro y celebración, pero también deja una duda de fondo: si esa energía podrá convertirse en cohesión duradera.
junio 29, 2026

La BBC ha calificado los festejos callejeros por el mundial de fútbol en México como “salvajes”. Reuters no dejó de hablar de una enorme “euforia”. Medios estadounidenses como Fox, ABC o Dallas Morning reportan que las celebraciones callejeras se extendieron a varias ciudades de California, Texas y hasta Nueva York. ¿De qué se trata todo esto? ¿Es una catarsis justificada, la manifestación visible de una idiosincrasia, el uso funcional del nacionalismo o qué?

He escuchado voces que sugieren que ello sólo muestra la necesidad de catarsis en una sociedad bajo estrés crónico. Opinadores y políticos, más bien identificados con el lado derecho del espectro político, sostienen que las desbordadas fiestas mundialistas en la calle operan como una válvula de escape necesaria. Y agregan como argumento que, en un país que aún arrastra más de 130,000 desaparecidos, una persistente crisis de violencia de cárteles y desigualdades estructurales, las celebraciones son una especie de bálsamo.

Como hipótesis de lo que esos auténticos carnavales significan puede sostenerse lo anterior, pero yo agrego que no alcanzan para explicar cabalmente el fenómeno. Es preciso tomar en cuenta, al menos, dos cosas más: la cultura de sociabilidad y resiliencia alegre que tiene la mayoría de los mexicanos, y el uso funcional del nacionalismo deportivo como fuente de legitimación política temporal. Sostengo que estas tres dimensiones no compiten; se refuerzan mutuamente.

Todos hemos sido testigos de los cientos de miles que han salido a las calles a vivir la euforia mundialista, principalmente en los llamados “Fan Fest”. Ya han transcurrido más de dos semanas del torneo y, si sumamos la asistencia, esta rebasa varios millones de personas en las calles de muchas ciudades. La marca Adidas, que comercializa la playera de la selección nacional, reportó que es la más vendida del mundo (5 millones), y no hay forma de contar las réplicas que se venden casi en cada esquina o en todos los tianguis. Hablamos de decenas de millones de connacionales involucrados plenamente en el ambiente mundialista. Una lectura más bien pesimista de la realidad nacional aseguraría que esto es pasajero, que durante el mundial se genera un “nosotros” que contrasta con la fragmentación cotidiana. Pero que, acabado el certamen —o incluso cuando sea eliminada la selección nacional—, esto se desinflará.

La exclusión de los estadios, paradójicamente, ha potenciado la dimensión comunitaria.

Esta lectura puede pasar por válida, pero es una lectura sociológica incompleta. México es un pueblo predispuesto a la alegría colectiva, según el World Happiness Report 2026. Ahí nos han ubicado en el puesto 12 a nivel mundial, manteniéndose consistentemente alto en emociones positivas diarias pese a desafíos económicos y de seguridad. Esto no es casualidad. Debe admitirse que pertenecemos a una cultura de sociabilidad pública en la que plazas y calles son escenarios naturales de encuentro. Ahí están las fiestas patronales, los carnavales, cualquier victoria deportiva y hasta las protestas o catástrofes se convierten en rituales de reafirmación identitaria. Todos nos volcamos a las calles para encontrarnos.

Y también hay que agregar otro factor muy poderoso en este mundial en particular: los precios para acceder a los estadios son prohibitivos para el 99% de los mexicanos. La FIFA decidió excluir a las mayorías de los recintos oficiales. En respuesta, la gente ha “democratizado” el evento hacia el espacio público. Reportes de AP, Reuters y medios nacionales hablan de “fans priced out” que se apropian del Mundial en las calles, creando mareas coloridas, inclusivas y vibrantes. Me atrevo a decir que la exclusión de los estadios, paradójicamente, ha potenciado la dimensión comunitaria.

Desde luego que estas celebraciones (que permanecerán en el ciberespacio con miles y miles de videos e imágenes que las han capturado y que todo mundo ha compartido vía la moderna ágora: las redes sociales) también están siendo alentadas por el gobierno y habilitadas como un mecanismo que genera legitimación temporal para su autoridad. La oposición quiso hacer lo suyo apostando al boicot y al fracaso, pero no resultó. Esa comunidad imaginaria que es la nación mexicana termina materializándose en la gente con playera verde y banderas por todos lados. Es entonces que, para el gobierno de Claudia Sheinbaum, el éxito organizativo y los buenos resultados del equipo nacional le han permitido armar narrativas de un “México unido, hospitalario y exitoso”. Ello seguramente sostendrá alta su aprobación (hoy cercana al 71%, según algunas encuestas). Ese capital político, bien aprovechado, durará algún tiempo. No se trata de una manipulación burda tipo “pan y circo”, sino de un efecto funcional que cualquiera en el poder aprovecharía.

¿Cuánto de esta unidad simbólica se traducirá en cohesión duradera una vez que bajen las banderas y regresen las realidades cotidianas?

Si articulamos todos esos factores, tenemos una explicación más completa del fenómeno que estamos viviendo. Sí, somos una sociedad predispuesta a la efervescencia; sí, los problemas estructurales históricos acumulan presión que hoy encuentra en el fútbol un ritual para expresar tal idiosincrasia; sí, el poder aprovecha funcionalmente estos momentos (y otros lo han hecho en el pasado). Pero también debemos tener en cuenta que tanto la legitimación como la catarsis social tienen una naturaleza efímera. Ninguna dura para siempre. 

En última instancia, las mareas verdes del 2026 ilustran la complejidad mexicana: un país capaz de generar una alegría colectiva robusta a pesar —y quizá gracias— a sus dolores históricos. Este fenómeno refuerza un capital social temporal y proyecta orgullo nacional, pero plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto de esta unidad simbólica se traducirá en cohesión duradera una vez que bajen las banderas y regresen las realidades cotidianas? El Mundial ofrece un espejo: México sabe celebrar como pocos, pero la verdadera prueba vendrá cuando termine la fiesta y haya que confrontar, juntos, los desafíos pendientes y por venir.

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