¿Dónde está el “amor incondicional” de las familias?
Frecuentemente escuchamos el argumento de que las familias son la base para la existencia de la sociedad, por lo que, la mayoría de las veces, representan el primer círculo en el que las personas aprendemos a convivir, pero qué sucede cuando ese “primer círculo” nos rechaza, maltrata y excluye por ser diferentes.
Ese escenario es el que enfrentan la mayoría de las veces quienes son gays, lesbianas, bisexuales, trans e intersexuales. Por su orientación sexual o identidad de género, el amor del que tanto pregonan como estandarte de las familias se disuelve por los prejuicios y la ignorancia. En miles de ocasiones, quienes deberían ser el primer soporte, en un abrir y cerrar de ojos, se convierten en verdugos e inquisidores.
Una joven de 19 años que desde el momento en que le dijo a su papá y su mamá que era lesbiana, le decomisaron sus documentos sus documentos oficiales y ahora la tratan como su empleada y no como su hija, otorgándole sólo un día de descanso, mientras el resto trabaja en el negocio familiar. Un joven de 17 años que al decirle a su progenitora que era gay, lo único que escucho de sus labios es que prefería “tener un hijo criminal que uno homosexual”.
Una joven de 24 años que al revelarle a su papá que era trans, él decidió llevarla a “terapias psicológicas” por considerar que estaba loca. O un adolescente de 15 años que pensando que nada cambiaría si le decía a su familia que tenía un novio, su mundo se empezó a derrumbar cuando su papá y su mamá, las personas a las que amaba, le contestaron que “eso era una etapa pasajera, que se podía curar y que lo mejor era alejarlo de su hermano para que no lo violara”.
Ninguno de los casos arriba descritos son inventos o alucinaciones exageradas, son historias reales de las muchas que pasan a diario en el mundo. Ahí está la muestra del daño que hacen los sermones en los púlpitos que consideran la transexualidad como “pecado mortal”, las marchas en contra de los matrimonios entre personas del mismo sexo que argumentan que son un “acto contra natura” o las “terapias de conversión” que quitan el lesbianismo por referir que son “una enfermedad”.
Si esa la “familia natural” de la que tanto alardean, no la queremos. Si su “amor al prójimo” se reduce sólo a quienes piensan igual que ustedes, quédense con él. Por el rechazo en sus hogares, las y los jóvenes LGBTI tienen cuatro veces más probabilidades de suicidarse, en comparación con quienes son heterosexuales, de acuerdo a una encuesta realizada por la organización “Todo Mejora”.
Si las familias son la base de la sociedad, éstas deben estar ligadas por el amor, la solidaridad y el respeto, no por el egoísmo, el odio o la intolerancia. Y ese amor debe ser incondicional para sus integrantes, sin importar si son gays, lesbianas, bisexuales, trans o heterosexuales.
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