El adiós de un gigante. Crónica del Grito de independencia en el Zócalo

Cientos de miles de almas que desbordaron todos los rincones del Zócalo
septiembre 16, 2024

El último grito de un gigante, en realidad no fue grito, sino rugido. Un estruendoso, histórico y definitivo rugido que nació en cientos de miles de gargantas, cientos de miles de hombres y mujeres unidos, agolpados, convertidos en un solo ente en el corazón mismo de una nación que ha cambiado su destino para siempre: “¡Sí se pudo!”

Un grito, un verdadero rugido, que nació, que se forjó, que se fundó, estoy seguro, en la convicción más profunda y genuina de esos cientos de miles de almas que desbordaron, desde muy temprano este 15 de septiembre, todos los rincones del Zócalo de la Ciudad de México.

Sí se pudo

“¡Sí se pudo cambiar a México!” . Sí se pudo, claro que se pudo, lograr que 10 millones de los nuestros dejaran la pobreza en estos seis años, como confirma el Banco Mundial.

Sí se pudo lograr que el salario mínimo de los trabajadores mexicanos creciera hasta un 113% este sexenio, al pasar de 88 a 248 pesos diarios.

Sí se pudo entregar una pensión de seis mil pesos bimestrales a más de 12 millones de adultos mayores.

Sí se pudo otorgar una beca de siete mil pesos a más de tres millones de chavos y chavas que hoy construyen futuro.

“¡Sí se pudo!”, rugió el gentío todo mojado, todo apretujado, embravecido, en esa plancha legendaria que por más que se mojó y se volvió a remojar “nomás” no se vació jamás y arropó a casi 250 mil personas, según los datos preliminares de la policía capitalina.

“¡Sí se pudo!” ¡Claro que se pudo! Construir un tren poderoso, que cruza hoy la ancestral ruta Maya en el sureste del país. Sí se pudo, cómo chingados no se iba a poder, levantar una refinería en tiempo récord, en medio de una pandemia que paralizó al mundo.

Sí se pudo convertir al peso, nuestra siempre maltrecha y desvencijada moneda, en una de las divisas más fuertes y sólidas del mundo y lograr que, por vez primera en los registros sexenales, no terminara devaluada como siempre.

“¡Sí se pudo, México, sí se pudo!”, erigir un aeropuerto en el valle de Santa Lucía para convertirlo hoy en uno de los espacios más utilizados del país en poco tiempo.

¡Sí se pudo! Acabar por fin un tren, símbolo del dispendio y la voracidad pasados, que ahora unirá para siempre los destinos de Toluca y la Ciudad de México, ineludiblemente.

Sí se pudo construir una red de más de ocho mil kilómetros de carreteras, autopistas y caminos rurales y presas, represas, embalses, parques, museos, casas de cultura, malecones, puertos, aerpuertos, un tren que une al Istmo, una presa que moja a Monterrey, un parque donde hubo un presidio en medio del mar.

La noche del Zócalo

El grito, el rugido del gigante, fue clarísimo, indudable al pie de la bandera monumental del Zócalo anoche: “¡Gracias, presidente, por devolvernos la esperanza!”

Y cobra dimensiones épicas, porque ha nacido, el grito, el rugido, de seres que han resistido no una sino muchas, muchísimas tormentas juntas: la tormenta que cayó del cielo, alrededor de las nueve de la noche, y que a pesar de su torrente no logró disuadir o desanimar al gentío convocado a la celebración número 214 del inicio de la Independencia de México.

Y la tormenta aún más feroz, más tempestuosa, que se gestó mucho tiempo atrás a manos de los enemigos -hay que llamarlos por su nombre: ENEMIGOS– del Pueblo: aquellos que desde las élites lo saquearon sin tregua durante décadas, aquellos que lo condenaron a la humillación permanente, el desdén gubernamental, la injuria desde el Poder político.

Y fue estremecedor escucharlo: sobrecogedor sentirlo en el cuerpo remojado en medio de la noche: cada palabra que salía de ese gigante amoroso, agradecido con su líder, era la convicción precisa de que ahora sí llegó la hora del Pueblo, de que ahora sí hay esperanza, de que ahora sí el voto cuenta. De que ahora sí se hizo justicia a los de abajo, que ahora sí primero fueron los pobres.

Como me dijo María Cano, una migrante que vino al Zócalo, desde Chicago, sólo para ver al presidente Andrés Manuel López Obrador: “Lo quiero mucho presidente, porque usted nos abrió los ojos de tanta corrupción que hubo en el país”.

Los miles reunidos anoche, los cientos de miles que atiborraron el Zócalo y todas las calles aledañas, estaban ahí por una causa: celebrar que seis años fueron suficientes para cambiar la faz de una nación con mucho potencial y mucha determinación. Manifestar que valió la pena tanta espera.

Pero, sobre todo, reconocer a un hombre en quien confiaron y no los defraudó. Honrar el trabajo de un hombre que hoy se ha convertido en amuleto, en muñeco, camiseta, póster, llavero, taza, banderín, cachucha, separador de libros, magneto de refri, botón de solapa, arete.

El rugido

El último grito del gigante, en realidad, no fue grito, sino rugido. Un estruendoso, histórico y definitivo rugido de ese gentío al que ya no le importa ser insultada con epítetos como “chairo”, “atolizado”, “acarreado”, “ignorante”, porque tiene una razón que se funda y se funde en esta plaza: gritar, rugir que está con Andrés Manuel López Obrador, el hombre que los arengó, los sacó de su marasmo y los invistió de valentía, de arrojo, de determinación, de fuerza, de poder.

Anoche el gigante no lanzó un grito, sino un rugido multiplicado, poderoso, único: digno del más hermoso tigre que se haya visto en mucho, muchísimo tiempo, sobre la faz de la Tierra. El pueblo de México.

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