Era un estudiante de Comunicación cuando en 1991 estalló la llamada “Guerra del Golfo”. Los teóricos que los profesores nos pedían leer hablaban de un nuevo paradigma informacional: la guerra como espectáculo televisivo y la emergencia del “efecto CNN”. Este último concepto aludía a algo inédito en la sociedad del siglo XX: cadenas televisivas que proporcionaban cobertura informativa las 24 horas del día, desde cualquier lugar del mundo, y que ahora traían la guerra hasta la sala del hogar. Durante semanas el mundo entero se sentó frente al televisor para observar, en un verde fosforescente y granulado, la Operación “Tormenta del Desierto”.
La era de la «guerra espectáculo» tenía una característica: la narrativa era centralizada, técnica y, sobre todo, institucional. Lo que pasaba en Iraq y Kuwait era lo que nos decía CNN. Treinta y cinco años después, el conflicto que hoy involucra a Estados Unidos, Israel e Irán nos revela que ese paradigma ha muerto. Hemos transitado de la espectacularización de la realidad a su simulación algorítmica.

El cambio de paradigma no es solo tecnológico, sino que cimbra aquello que es “la verdad”. Si en los años 90 el desafío del espectador era filtrar la propaganda estatal de los hechos que nos llegaba a través de CNN, en 2026 el desafío es determinar si los «hechos» siquiera existen en el plano físico. ¿Por qué? Debido a que la IA ha mutado el campo de batalla comunicacional en cuatro frentes que definen nuestra era y que vamos a detallar enseguida.
Los videos falsos que circulan por las redes, que pueden mostrar ciudades incendiadas o portaviones hundidos buscan crear una guerra paralela en el imaginario colectivo.
El primero: ha dejado de operar el monopolio informativo. En la Guerra del Golfo de los 90´s las cadenas informativas decidían qué era noticia. Hoy, la información es una hidra descentralizada. Los modelos de lenguaje que operan on line y los ejércitos de bots no solo difunden noticias, sino que las fabrican a la medida. Ya no se busca convencer a una masa uniforme, sino que el objetivo es segmentar el engaño: al mismo tiempo, puede generarse una narrativa de miedo para el ciudadano en Tel Aviv, una de victoria para el habitante de Teherán y una de colapso económico para el votante en Washington.
El segundo frente es el paso de la «Guerra Limpia» a la Hiperrealidad Sintética. Los misiles «inteligentes» que veíamos en las pantallas de los 90 eran presentados como ejemplo de una guerra quirúrgica y deshumanizada, una estética de videojuego que ocultaba el dolor. La era de la IA ha invertido el proceso: ahora usamos la estética del dolor real para alimentar videojuegos o simulaciones. Los videos falsos que circulan por las redes, que pueden mostrar ciudades incendiadas o portaviones hundidos buscan crear una guerra paralela en el imaginario colectivo. El riesgo ya no es la censura, sino la «infoxicación»: una saturación tal de falsedades que la verdad, cuando aparece, es recibida con el mismo escepticismo que el montaje.
Un tercer frente es el de la asimetría de la verificación. La comunicación bélica actual opera en una temporalidad rota. Un algoritmo puede generar una imagen de un ataque químico en segundos, pero a un equipo de verificación forense le toma horas desmentirlo. En el mercado de la atención, esa brecha es una eternidad. Para cuando llega el desmentido, la emoción —el odio, el pánico o el fervor— ya ha cristalizado en la opinión pública. La IA ha otorgado a la mentira una velocidad de escape que la verdad institucional ya no puede alcanzar.
Y el último frente tienen que ver con las consecuencias que trae consigo todo este fenómeno: la desconfianza ¿Hacia dónde nos dirigimos como sociedad? Estamos entrando en una etapa de erosión de la confianza sobre lo que debemos creer, lo que es verdad y lo que es falso. Si cualquier video puede ser falso y cualquier hilo de opinión puede ser producto de un bot, la sociedad corre el riesgo de no creerle a nadie nada y derivar en un tribalismo radical que ya se ve operar en las principales redes sociales.

Parece que la presente guerra y las futuras ya no se ganarán solo con la ocupación de territorios, sino con la gestión del caos informativo. Si la Guerra del Golfo nos convirtió en espectadores de una tragedia distante, la guerra de la IA nos ha convertido en combatientes involuntarios. Cada vez que compartimos un contenido no verificado o sucumbimos a una imagen emocionalmente cargada y generada artificialmente, estamos disparando un proyectil en esta nueva arquitectura del conflicto. La guerra ya no se transmite; se procesa en tiempo real en la palma de nuestra mano, en la pantalla del celular.
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