Higinio o la política como permanencia

Más que un liderazgo ideológico, su trayectoria revela una lógica de adaptación constante, donde el poder se sostiene desde la permanencia y no desde la ruptura.

En la política mexiquense hay figuras que se explican por sus victorias y otras por sus derrotas. Higinio Martínez pertenece a una categoría más incómoda: la de quienes se explican por su permanencia. No importa el régimen, no importa el partido, no importa el momento histórico; siempre está. Y ese “estar” —que a primera vista parece virtud— es en realidad la clave de su método. Porque Higinio no ha sido el hombre que encabeza las rupturas, sino el que sobrevive a todas sin dejar de pesar.

Conviene empezar por desmontar la lectura fácil. No estamos frente a un ideólogo de la izquierda mexiquense ni ante un disidente moral dentro de Morena. Tampoco frente a un traidor, categoría pobre que sólo sirve para tranquilizar conciencias partidarias. Lo que aparece, con mayor claridad cuando se observa su trayectoria completa, es otra cosa: un operador de largo aliento cuya racionalidad política no está anclada en principios, sino en posiciones. Dicho de otro modo, Higinio no actúa en función de lo que cree, sino de dónde está parado y de qué tan cerca se encuentra del centro del poder.

Ahí se encuentra el primer quiebre. Durante décadas, el sistema político mexiquense —de matriz priista— funcionó como un campo ordenado, jerárquico, donde la negociación cupular y el control territorial eran las monedas reales del poder. En ese ecosistema, Higinio no sólo era comprensible: era funcional. Sabía moverse, negociar, tensar sin romper, acumular sin exhibirse. Pero la irrupción de Morena modificó esa lógica. Centralizó decisiones, redujo intermediarios y subordinó estructuras locales a un liderazgo nacional más definido. El resultado fue una reconfiguración brutal: lo que antes era habilidad política se volvió, en el nuevo orden, un atributo prescindible.

Y entonces ocurrió lo inevitable. El político acostumbrado a ser factor comenzó a experimentar lo que en términos de ciencia política se reconoce como desplazamiento de centralidad.

Hombre con expresión seria al frente de una multitud sosteniendo pancartas de Morena.

Y entonces ocurrió lo inevitable. El político acostumbrado a ser factor comenzó a experimentar lo que en términos de ciencia política se reconoce como desplazamiento de centralidad. No desaparece, pero deja de ser indispensable. No se le expulsa, pero se le contiene. No se le derrota, pero tampoco se le concede lo que considera propio. La gubernatura —ese punto de llegada que organizó durante años su trayectoria— nunca llegó. Y cuando el poder finalmente cambió de manos, no fue él quien lo encabezó.

Ese dato, que muchos tratan como anécdota, es en realidad estructural. Porque a partir de ahí se reorganiza todo su comportamiento. Las críticas que hoy lanza contra la dirigencia nacional de Morena, contra el gobierno federal o contra la administración estatal no deben leerse como un acto de rebeldía ideológica, sino como una respuesta a esa pérdida relativa de centralidad. No está rompiendo con el sistema; está intentando reinsertarse en él bajo nuevas condiciones.

Su propia formulación lo delata. Cuando afirma que su relación con la gobernadora es de “coordinación, no subordinación”, no está enunciando una doctrina democrática. Está fijando un límite de poder. Está diciendo, con la elegancia del lenguaje político, que no acepta convertirse en cuadro disciplinado. Y ahí aparece el rasgo más constante de su trayectoria: la imposibilidad de diluirse.

La psicología del poder lo explica mejor que cualquier consigna. El dirigente de larga duración no concibe la periferia como un estado natural. La interpreta como anomalía. De ahí que desarrolle mecanismos de compensación: crítica constante, desmarque selectivo, intervención pública medida. No para destruir el orden, sino para recordarle que él sigue siendo parte de su equilibrio. No es oposición interna. Es presencia insistente.

Por eso sus posicionamientos recientes, incluidos los cuestionamientos a la dirigencia nacional de Morena y los llamados a “corregir errores”, deben leerse con cuidado. No son la voz de la conciencia del movimiento. Son la voz de quien se rehúsa a desaparecer dentro de él. En términos simples: no está defendiendo una idea de partido, está defendiendo su lugar en el partido.

Esto obliga a una conclusión incómoda. El valor que organiza su conducta no es la transformación, ni la democracia interna, ni la coherencia ideológica. Es la permanencia como forma de poder. Permanecer, seguir siendo factor, no quedar fuera del tablero. Todo lo demás —la crítica, la distancia, el tono— es instrumento.

Y ahí es donde el mote que lo ha perseguido durante años adquiere sentido, no como insulto sino como categoría interpretativa. No porque pertenezca al PRI, sino porque su forma de hacer política resulta más comprensible dentro de la cultura del régimen que Morena prometió sustituir. Negociación antes que ruptura. Adaptación antes que confrontación. Preservación antes que transformación.

La paradoja es evidente. Un movimiento que se define como ruptura convive con actores cuya lógica es la continuidad. Y mientras no resuelva esa tensión, seguirá confundiendo crítica con traición y permanencia con lealtad.

Higinio, por su parte, no parece tener ese problema. No está peleando por cambiar el sistema. Está peleando por no dejar de ser necesario dentro de él.

Y en esa pelea —silenciosa, persistente, profundamente racional— se explica todo.

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Mario A. García Huicochea

Mario A. García Huicochea

Periodista y columnista especializado en análisis político. Observador crítico de la realidad social y política del Edomex durante más de cuatro décadas.

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