La semana pasada comentábamos en este espacio la importancia de cuantificar los fenómenos sociales para apreciar su esencia e implicaciones. Dijimos que la utilidad de las estadísticas reside en que revelan cantidades, detrás de las cuales se encuentra la cualidad de las cosas. Y vale la pena recordarlo porque, sólo unas horas después de que escribíamos eso, el INEGI, que es la principal institución generadora de información estadística en el país, hizo públicos sus “nuevos” resultados sobre la medición de los ingresos en los hogares mexicanos y nos dio una “sorpresa”.
Resulta que en el reporte sobre el ingreso en los hogares que hizo el INEGI, a partir de la aplicación de lo que llama el “Módulo de Condiciones Socioeconómicas”, arrojó un resultado que ha causado gran polémica, pues aseguró que los hogares más pobres del país obtuvieron el año pasado un promedio de 2 mil 723 pesos mensuales. La polémica ha sido básicamente con el CONEVAL (que es la instancia encargada de medir la pobreza en México) y con otras instituciones y organismos académicos, que se extrañaron de que las cifras fueran tan distintas de lo que se venía reportando hasta el año 2014, pues nunca los hogares más pobres habían superado el promedio de 2 mil pesos mensuales como ingreso.
El INEGI ha respondido con un boletín en donde explica que es muy frecuente que los informantes tiendan a declarar menos de lo que realmente reciben, y que por ello aplicó “criterios de captación y verificación de información en campo de mayor rigor”. En pocas palabras, lo que el INEGI hizo es asegurarse de que la gente diga “todo lo que recibe”, sea vía sueldos, rentas, subsidios, becas, apoyos en moneda y en especie, préstamos, etc. Absolutamente todo. Pareciera que la intención era hacer ver que realmente no son tan pobres como dicen.
Aunque es claro que se buscó generar datos que ayudaran a cambiar la percepción de que hay gente en México que de verdad apenas puede sobrevivir miserablemente, lo hecho por el INEGI tiene otras consecuencias. En primer lugar, vuelve muy complicado tomar este nuevo conjunto de datos para hacer comparaciones históricas sobre el comportamiento de los ingresos en los hogares mexicanos, pues las cifras anteriores y las nuevas ya no son equiparables. En segundo lugar, podría derivar en ajustes a programas sociales, pues habiendo establecido que algunos hogares tienen más ingresos de lo que se pensaba, quizá sus miembros sean excluidos de dichos programas.
Adicionalmente, y más allá de los 2 mil 723 pesos mensuales que ahora se obtuvo como promedio de ingresos en el grupo de hogares más pobres del país, lo que esta forma de medir nos revela es que la mirada del fisco es la que está determinando operacionalmente la variable ingresos que considera ahora el INEGI. Como lo dice el maestro Julio Boltvinik, la forma en que se aborda la medición de cualquier fenómeno refleja el nivel de desarrollo teórico y conceptual alcanzado. Queda claro que para la el Gobierno Federal la pobreza es un asunto de carencias, principalmente de ingresos. Y que al “hacer sus cuentas” no le cuadraba que la gente dijera que tiene pocos ingresos pues se les dan becas, despensas, vales de útiles, dinero en efectivo, apoyos para sembrar y otros de muy diverso tipo. El que ellos (la gente encuestada) no reportara eso, estaba haciendo invisible “el trabajo y los logros”. Por eso inclusive en el manual para el encuestador del INEGI se le orienta para que él haga sumas y restas y, en caso de que no “cuadre” lo que la gente dice recibir, regrese a la casa a preguntar de nuevo. Se trata casi de una declaración fiscal en la que es indispensable reportar todo lo ingresado (a menos, claro, que se trate de una declaración patrimonial de servidor público que suelen estar llenas de omisiones).
Evidentemente la intención del INEGI -ahora que está en manos de otro ITAMita, del grupo de Luis Videgaray- es que los números puedan respaldar el discurso presidencial de que los pobres en México son cada vez menos. Sin embargo, no se debe perder de vista que un cierto nivel de ingresos es sólo la pre-condición para conseguir un buen nivel de vida; éste necesita, además, los espacios para ejercer la libertad, la afectividad y la dignidad.
Debe subrayarse que la realización de lo humano no se da en el hecho de recibir algo, sino en los actos de dignificación de la persona, los cuales muchas veces requieren de tales ingresos, pero no sólo de eso, sino de la sensación de bienestar de la persona. Adam Smith, el padre de la economía política, diría que un trabajador respetable se avergonzaría si tuviera que presentarse en un lugar público sin una camisa de lino o sin zapatos de cuero. Karl Marx, por su parte, explicaría que en una sociedad productora de zapatos de cuero, las personas que carezcan de ellos se sentirán avergonzadas. En ambos ejemplos lo que tenemos son elementos para entender que las personas que no pueden satisfacer sus necesidades, por más eficiente que sea el uso de sus ingresos, son pobres, sencillamente porque no están en condiciones de sentirse bien con tal situación.
Con estos resultados dados a conocer la semana pasada, el INEGI ha “incrementado” los ingresos de los hogares estadísticamente; pero al mismo tiempo nos recuerda que la condición de pobreza no pasa sólo por el hecho de que se tengan más ingresos, sino también por el entorno en el que ellos pueden ser empleados para la realización humana. Eso se mide de otras maneras.


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