En una colaboración anterior detallamos las condiciones en las que se darán las contiendas electorales en nuestro país en los próximos años: Morena y aliados con una gran maquinaria de movilización (con millones de afiliados), frente a una oposición que no le queda sino apostar por algún líder carismático, grandes coaliciones o guerra mediática. Hoy quiero desarrollar un poco más este último aspecto, porque el poder algorítmico está redimensionando el fenómeno y es necesario analizarlo.
Voy a decir cuál es mi principal tesis: las redes sociales digitales y su muy peculiar economía de la atención han transformado la descalificación personal en un mecanismo de producción de poder político. Hay ya estudios en esta materia y han establecido con claridad que la economía de la atención se sostiene sobre el principio de que la atención humana es el recurso escaso por excelencia. Y hoy, en un entorno de sobreabundancia informativa, lo que capta la mirada no es necesariamente lo más veraz ni lo más argumentado, sino lo más emocionalmente activador. En ese sentido, hemos visto crecer a influencers cuya principal “gracia” es insultar.
Hoy en día el insulto en las redes sociales cumple esa función con eficacia casi perfecta: genera indignación, risa, adhesión tribal o rechazo visceral en fracciones de segundo. Un adjetivo hiriente —“corrupto”, “traidor”, “narco”, “fascista”, “zurdo”— activa circuitos emocionales más rápidos que cualquier párrafo de política pública o de retórica. Y, dada la capacidad de interacciones que genera en una red social, las plataformas lo “premian” visibilizándolo de forma instantánea y masiva.
En un entorno de sobreabundancia informativa, lo que capta la mirada no es necesariamente lo más veraz ni lo más argumentado, sino lo más emocionalmente activador.
Lo sabemos, el insulto ha acompañado a la política desde la Antigüedad. Cicerón lo empleaba con maestría para erosionar la reputación de sus adversarios; los panfletos del siglo XVIII lo convirtieron en arma de combate ideológico. Sin embargo, lo que observamos hoy no es una simple continuidad histórica. El insulto ha mutado. Ha pasado de ser un recurso retórico ocasional, sujeto a las limitaciones de la imprenta o del mitin, a convertirse en una herramienta sistemática, escalable y, sobre todo, amplificable por los algoritmos.
Aunque ya lo sabemos, es necesario repetirlo: los algoritmos de recomendación de las principales redes sociales no están diseñados para privilegiar la deliberación democrática. Están optimizados para maximizar el tiempo de permanencia y la interacción. Muchas investigaciones de las últimas décadas han mostrado de forma consistente que el contenido que se dirige directamente a las emociones —especialmente la indignación y el desprecio— genera más likes, comentarios, compartidos y, por tanto, llega a tener mayor alcance. Cuando un político o un influencer lanza un insulto contra un adversario, el sistema lo interpreta como una señal de engagement potencial y lo distribuye a audiencias cada vez más amplias, muchas de ellas ya predispuestas a confirmar sus sesgos. El resultado es una espiral de amplificación: el insulto no solo llega más lejos, sino que llega de forma selectiva a quienes tienen más probabilidades de reaccionar y, a su vez, de generar más contenido similar.

Esta lógica tiene consecuencias directas en los procesos electorales y los recientes casos de elecciones en Argentina, Colombia y Brasil lo demuestran. La deslegitimación algorítmica funciona por dos vías: mediante la acumulación de microagresiones simbólicas y también mediante ataques coordinados y explícitos para lo cual se contrata a mercenarios como Fernando Cerimedo o Javier Negre que manejan granjas de bots. Así, cada vez que un candidato es asociado de manera reiterada a adjetivos descalificadores, se construye en el imaginario colectivo una imagen residual que es difícil de desmontar con argumentos racionales. El votante no necesita creer que el adversario es literalmente un “narco” o un “zurdo”; basta con que la asociación emocional se active de forma automática. El insulto, repetido y amplificado, reduce la complejidad del adversario a un estereotipo emocionalmente cargado.
Un candidato con menor estructura partidaria tradicional, pero con alta capacidad de generar polarización emocional, puede acortar su desventaja respecto a estructuras partidistas más consolidadas.
Al mismo tiempo, el insulto sirve para potenciar a quien lo emite. En un entorno polarizado, quien insulta con mayor contundencia y constancia proyecta autenticidad, valentía y cercanía con “el pueblo” frente a las élites o los “políticamente correctos”. El líder que insulta se presenta como alguien que “dice las cosas como son”, rompiendo las convenciones de la diplomacia política tradicional. Esta performance de crudeza apuesta a generar identificación afectiva entre el emisor y su base. Los algoritmos, al privilegiar este tipo de contenido, refuerzan el círculo: el líder gana visibilidad, su base se cohesiona emocionalmente y los moderados o indecisos quedan expuestos a un flujo constante de descalificaciones que dificultan la construcción de una imagen equilibrada del rival. Ese fue el recurso del señor Trump (quien claramente padece de incontinencia verbal y es prolijo en emitir epítetos ofensivos) no sólo en campaña, sino que sigue siendo empleado cotidianamente, invitando a otros a hacerlo.
Ahí es donde se va a dar gran parte de la batalla electoral de los siguientes años. Aquellos que logren dominar mejor las dinámicas de la atención —ya sea por recursos, por intuición comunicativa o por el apoyo de actores digitales especializados— pueden utilizar el insulto como arma asimétrica. Un candidato con menor estructura partidaria tradicional, pero con alta capacidad de generar polarización emocional, puede acortar su desventaja respecto a estructuras partidistas más consolidadas.
Lo que estamos viendo es un proceso a través del cual la política se desplaza, al menos parcialmente, del terreno de las organizaciones y los programas hacia el de la viralidad y la movilización afectiva. Claro, las consecuencias para la calidad de la democracia son profundas. En primer lugar, se erosiona el espacio de la deliberación pública, porque cuando el adversario es presentado sistemáticamente como ilegítimo o moralmente inferior, el diálogo se vuelve innecesario o incluso sospechoso. En segundo lugar, se eleva el costo de la moderación: los actores que intentan mantener un tono más sobrio corren el riesgo de volverse invisibles en el flujo algorítmico. Y, de la misma manera, se produce una normalización de la hostilidad. Lo que hace una década se consideraba una falta grave de civilidad política hoy puede ser percibido como una estrategia legítima de campaña.
Sí, desde luego, la política siempre ha tenido un componente agonístico. El problema actual radica en la escala, la velocidad y la automatización del proceso gracias a las características de las redes sociales. El insulto ya no depende exclusivamente de la voluntad de un orador o de la editorial de un medio. Puede ser potenciado de forma casi industrial por sistemas de recomendación que no distinguen entre debate y descalificación, entre crítica y destrucción simbólica.
Frente a este escenario, las respuestas institucionales han sido, hasta ahora, insuficientes. La regulación de las plataformas tropieza con dilemas de libertad de expresión y con la dificultad técnica de moderar el tono sin caer en la censura arbitraria. La alfabetización mediática y digital avanza demasiado despacio frente a la velocidad de los algoritmos. Y los propios actores políticos, al comprobar la rentabilidad electoral del insulto, tienen pocos incentivos para moderarse.
El desafío que tenemos enfrente no consiste en eliminar el conflicto de la política —algo imposible e indeseable—, sino en impedir que la economía de la atención convierta la deslegitimación personal en la forma dominante de competencia electoral. Mientras el insulto siga siendo el contenido más rentable en términos de visibilidad algorítmica, seguirá ocupando un lugar central en el discurso político contemporáneo. Y mientras ocupe ese lugar, la política correrá el riesgo de convertirse, cada vez más, en un espectáculo de hostilidad permanente en el que la construcción de mayorías se logra menos por persuasión que por la erosión sistemática de la legitimidad del otro.
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