La peligrosidad de la Inteligencia Artificial

Lo más importante, como paso inicial, es una conciencia pública sobre su existencia, sus rutas de expansión, sus poseedores y administradores.
noviembre 5, 2023

En materia de Inteligencia Artificial (IA) parece que estamos pasando de la fascinación al temor. En muy poco tiempo el tema se ha movido del asombro y la incredulidad a las reflexiones sobre sus riesgos. Así quedó expresado la semana anterior tras celebrarse, en Inglaterra, la Primera Cumbre Mundial sobre la Seguridad de la IA. En esta reunión tomaron parte una treintena de países, académicos, especialistas, técnicos y empresarios del ramo, quienes se plantearon la discusión acerca de cómo limitar «el peligro que representa la inteligencia artificial para la ciberseguridad y la biotecnología».

Y es que, como ya lo hemos comentado en otras ocasiones en este mismo espacio, el tema de esa tecnología capaz de procesar información y generar cosas a partir de ello es terreno absolutamente desconocido. Estamos hablando de la llamada IA generativa, a la que apenas empezamos a asomarnos y lo hemos hecho con cosas tan básicas como música, vídeo o imágenes, pero cuyas posibilidades son mucho más amplias.

Más allá de la ciencia ficción, que nos ha presentado en novelas y películas escenarios apocalípticos en los que las máquinas se vuelven capaces de contemplar su existencia y se hacen del control del planeta, buscando someter o aniquilar a la especie humana, lo cierto es que el tema ya es hoy materia de debate. Y, como se dijo en esta cumbre, el objetivo era tomar acuerdos desde ahora para «inclinar la balanza a favor de la humanidad».

Dicho en otras palabras, se están poniendo sobre la mesa un conjunto de temas en los que el aspecto ético es el centro de todo. El uso que se puede dar a la tecnología de este tipo y quiénes podrían sacar provecho del mismo es lo que esta cumbre buscó enfatizar. Como lo dijo el anfitrión de la cumbre, el primer ministro del Reino Unido, Rishi Sunak, «uno de los logros de la cumbre fue que China firmara una declaración sobre responsabilidad compartida junto con Estados Unidos y otros países».

Cuando en los debates de esta cumbre se manejaba con insistencia la idea de crear sistemas de inteligencia artificial fiables, se está cuestionando quién tiene control sobre esos sistemas y para qué. Como un tema sensible en esta materia está, por ejemplo, lo que se estima como «amenazas a la privacidad del usuario». Sobre todo cuando se sabe que todo el tiempo estamos interactuando con infómatas que recolectan información de todo tipo sobre nosotros.

Los infómatas con los que estamos en contacto permanentemente son los llamados aparatos «inteligentes», desde un teléfono hasta un auto, pasando por una pantalla, una tablet, un reloj, etc. Todos ellos colectan información, la procesan según las indicaciones que previamente se les dan (algoritmos) para dar la sensación de que nosotros nos servimos de ella, pero no sabemos todo lo que pueden llegar a hacer con la misma los destinatarios últimos, que son las empresas que concentran todos esos datos. Pueden ser básicamente fines comerciales, pero no se deben descartar otros usos, políticos, económicos o de otra índole.

Ya desde hace tiempo varias voces se han levantado para señalar que no es descabellado pensar en un posible un futuro distópico, en el que la inteligencia artificial destruya puestos de trabajo y permita una difusión incontrolable de la desinformación, o en el que solo los países ricos y unas cuantas empresas globales cosechen los beneficios de la tecnología.

Como quiera que sea, esta primera cumbre mundial sobre IA puso el foco la seguridad y se dieron los primeros pasos para —se supone— avanzar en un camino en el que este tipo de posibilidades tecnológicas estén reguladas, orientadas al servicio de las mejores causas humanas y que sus avances se den de manera coordinada entre las grandes potencias mundiales y los monopolios informáticos.

Al ser un primer ejercicio era iluso esperar grandes acuerdos o declaraciones importantes. Más bien lo que se hizo es abrir una agenda para tener estos temas como prioritarios para la humanidad. Y es que no debemos olvidar que casi un tercio de la población global está muy al margen de la IA. Esa porción de habitantes de la tierra no se conecta a Internet, no tiene acceso a la información que otros sí, pero ello no quiere decir que la IA no pueda ser empleada para ayudar a reducir las brechas que nos separan. Se sabe que la IA puede auxiliar muy bien en el combate a la hambruna, a resolver problemas de salud, de educación y muchos más, pero se requiere voluntad para eso.

Y, al margen de las discusiones que los líderes del mundo puedan tener sobre ello, ¿el resto de la gente qué debemos hacer de cara a la IA? Lo mínimo es estar conscientes de que ella existe, entender su funcionamiento y tratar de incorporar lo mejor de ella para mejorar nuestras vidas. Saber, igualmente, de los riesgos que implica dejar todo en sus manos y proveer a los infómatas absolutamente toda la información sobre nosotros y acceso a todos los aspectos de nuestra vida sin mayor restricción.

En la mayoría de las ocasiones resultan muy atractivas esas ilusiones digitales que es capaz de generar la IA. Son el rostro bello de esa tecnología. El relacionarnos con interlocutores maquinales es algo en lo que hemos venido estando sin apenas darnos cuenta. La inteligencia artificial se nos presenta, la mayoría de las veces, como un facilitador de tareas, como un cómplice, un confidente, un proveedor de certezas. Pero ese es solo el rostro vendible de esta tecnología. Sus aplicaciones y alcances, así como sus implicaciones jurídicas y éticas, son mucho más complicados. Esta es la verdadera razón por la cual se empieza ya a advertir lo necesario que es discutir y acordar la ruta por la que avanzamos.

Lo más importante, como paso inicial, es una conciencia pública sobre su existencia, sus rutas de expansión, sus poseedores y administradores. Tras esa toma de nota y de inclusión en la agenda pública global, sería deseable que no deje de estar en la agenda de los líderes políticos, intelectuales y sociales. Es algo demasiado relevante como para dejarlo en manos de unos cuantos.

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