Más de 25 intentos fallidos por elegir al presidente de El Líbano acentuaron la parálisis política en el parlamento y el gobierno, pero no exacerbaron la indignación popular como lo hace ahora la acumulación de desperdicios en las calles.
La denominada crisis de la basura ya se erige en el elemento cohesionador de los libaneses, por encima de credos, edades, sexo, filiaciones partidistas o compromisos políticos, pero también en el factor de mayor distanciamiento entre la desgastada cúpula en el poder y los ciudadanos de a pie.
El cierre el 17 de julio del vertedero de Naameh, en el poblado homónimo situado al sur de Beirut, y la conclusión del contrato municipal con la empresa Sukleen, encargada de recoger y tratar los desechos en la capital y Monte Líbano, fueron la gota que colmó el vaso.
Para los libaneses, las grandes lomas de inmundicia -y la consiguiente pestilencia- lo mismo en barrios céntricos y exclusivos como en suburbios se tornó tan insoportable como la desidia de las autoridades para atender el problema con inmediatez, transparencia y profesionalismo.
Si bien es cierto que en vecindarios paupérrimos la acumulación de desechos es habitual, el malestar se multiplicó ante las sospechas de que algunos ministros y otras figuras políticas buscaban sacar dividendos particulares en apresuradas y cuestionadas licitaciones con empresas recolectoras de basura.
Una puja realizada con un selecto grupo de compañías al día siguiente de los violentos enfrentamientos en el centro de Beirut, el 22 y 23 de agosto, tuvo que ser anulada ante el rechazo que suscitó el alto precio que el Ejecutivo pagaría a dichas empresas, al parecer con comisiones a terceros.
El movimiento Hizbulah, miembro del Gobierno, calificó de «escandaloso» y prueba de la «corrupción endémica» el elevado precio pactado, y a la sazón sus ministros y los de otras tres agrupaciones abandonaron la reunión del gabinete que analizaba el concurso y temas ligados a la crisis.
Pero protagonistas de las protestas y analistas coinciden en que la basura no fue el único detonante de una movilización sin precedentes que algunos aquí llegaron a considerar un eco tardío de la llamada Primavera Árabe (iniciada en 2011) en Medio Oriente. Quizás, incluso, no fue siquiera el verdadero móvil.
La escasez de agua y los prolongados cortes de electricidad en meses altamente calurosos como julio y agosto, unido a la connivencia oficial -o cuando menos, la tolerancia- de que grupos organizados lucren con esos servicios aprovechando la calamidad de otros, también fueron catalizadores.
Todo ello en un clima de inercia de las instituciones estatales, con un parlamento incapaz de legislar y de elegir al jefe del Estado, cargo vacante desde el 25 de mayo de 2014, pero que para indignación de muchos se auto-prorrogó su mandato con la extensión de la actual legislatura hasta 2017.
Por demás, el Gobierno, en el cual los ministros suelen hablar en base a su filiación partidista, más que en función del área a su cargo podría colapsar toda vez que partidos aliados de Hizbulah, como el Movimiento Patriótico Libre (MPL), condicionan la permanencia de sus ministros en el mismo.
De ahí que otros observadores también vieron en las multitudinarias protestas iniciadas el 22 de agosto un incipiente despertar del sentimiento de nación en un estado que transpira confesionalismo y sectarismo, aunque todos advierten en ellas una señal inequívoca de hastío popular.
Fue en ese contexto que emergió, primero en internet, el Movimiento Talaat Rihatukum, que en inglés se traduce como You Stink y en español como Ustedes Apestan, en referencia al primer ministro, Tammam Salam, y la falange de funcionarios y políticos a los que se les exige renunciar a cargos y al poder.
Junto con Ustedes Apestan, que llevó el malestar de la red de redes a la calle, alterna protagonismo el denominado Movimiento We want Accountability (Queremos Castigo), sobre todo tras la represión policial a manifestantes pacíficos que ocasionó más de 100 heridos, incluidos algunos agentes.
La presión de la calle ha empezado a hacer mella en el Gobierno, al punto que algunos le vaticinan un lúgubre futuro con consecuencias previsiblemente nefastas para el país.
Los activistas de Ustedes Apestan -o simplemente Apestan- dieron el 29 de agosto un ultimátum de 72 horas a las autoridades para que respondan a sus demandas, so pena de continuar y escalar las protestas hasta que dimitan el primer ministro, el titular de Ambiente y se elija un jefe del Estado.
Sin embargo, lo innegable es que ningún bloque político ha podido sustraerse a la nueva realidad más dinámica, aunque todavía incierta, en la cual algunos partidos hicieron gala del oportunismo y trataron de capitalizar a su favor la indignación de las mayorías.
Otros se desmarcaron abiertamente de los llamados de los activistas a la renuncia del primer ministro Salam y a la «caída del régimen», incluso a sabiendas de que está en estado semi-vegetativo o en una suerte de coma inducido desde hace mucho tiempo.
El bloque parlamentario 14 de Marzo, rival del 8 de Marzo que encabeza el movimiento de resistencia chiita Hizbulah (Partido de Dios), opinó que el reclamado derrocamiento del gobierno no solucionará el tema de la basura y arrastrará al país a un peor inmovilismo.
El 14 de Marzo y su candidato presidencial, Samir Geagea, jefe del partido Fuerzas Libanesas, insistieron en aprovechar la actual coyuntura de protestas para que los legisladores vuelvan al hemiciclo y voten por el jefe del Estado.
De igual modo, la bancada Concentración Democrática, que lidera el diputado druso Walid Jumblatt, creyó justas las demandas populares, pero pidió activar el trabajo de las instituciones del estado.
El MPL, hasta hace días liderado por el general retirado y candidato presidencial del 8 de Marzo, Michel Aoun, tampoco desaprovechó los disensos en el gobierno y la ira de la calle para amenazar con sumar sus partidarios a los activistas anti-basura.
Confiado en su poder de movilización, que probó en sendas marchas de julio y agosto, el MPL recrimina básicamente la decisión del ministro de Defensa, Samir Moqbel, de extender por un año el mandato de los jefes del Ejército y los aparatos de seguridad, cargos imposibles de renovar por la propia crisis.
Sin dudas, los libaneses sabían que su país es desde hace mucho una suerte de polvorín, política y socialmente hablando, pero pocos imaginaron que sería la basura el detonador de protestas de tal magnitud para sacudir las aletargadas instituciones del Estado.
En un país con la presidencia acéfala, la basura mueve, aunque sea como desencadenante inicial, los cimientos políticos, pero sin conseguir de momento una eficacia tangible ni disipar rivalidades políticas acentuadas por más de cuatro años de guerra en Siria.
*Corresponsal de Prensa Latina en El Líbano.


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