La era de la simulación

En este espacio hemos comentado en diversas ocasiones y desde distintos ángulos el fenómeno relacionado con el uso de las redes digitales en los nuevos entornos comunicativos de la sociedad actual. En las últimas semanas un escándalo ha llamado la atención de distintos sectores: el uso que la empresa Cambridge Analytica ha hecho de datos de los usuarios de la red social Facebook para incidir en sus decisiones políticas. De manera destacada se ha hablado de cómo dicha empresa pudo haber utilizado los datos personales de millones de personas en los Estados Unidos para inclinar la balanza electoral en favor
abril 5, 2018

En este espacio hemos comentado en diversas ocasiones y desde distintos ángulos el fenómeno relacionado con el uso de las redes digitales en los nuevos entornos comunicativos de la sociedad actual. En las últimas semanas un escándalo ha llamado la atención de distintos sectores: el uso que la empresa Cambridge Analytica ha hecho de datos de los usuarios de la red social Facebook para incidir en sus decisiones políticas.

De manera destacada se ha hablado de cómo dicha empresa pudo haber utilizado los datos personales de millones de personas en los Estados Unidos para inclinar la balanza electoral en favor del hoy presidente de aquel país, Donald Trump. Y, dado que en México actualmente nos encontramos en pleno proceso electoral, de inmediato se empezó a señalar que también en nuestro territorio se estarían utilizando los servicios de dicha empresa para trabajar en la campaña de algún candidato o de algún partido. De manera directa se señaló al PRI, pero hasta ahora no hay información certera que corrobore que dicho instituto político en efecto haya contratado a la empresa.

Lo cierto es que este escándalo que ha hecho perder decenas de miles de millones de dólares a Facebook con la devaluación de sus acciones en la Bolsa de Valores norteamericana nos permite corroborar, una vez más, que en la "era de la transparencia" hay nuevas dimensiones para el concepto de privacidad. Quienes utilizamos las redes sociales sabemos perfectamente que el mayor contenido que se encuentra en ellas es de carácter personal: casi todos publicamos a dónde vamos, qué comemos, que bebemos, qué soñamos, con quién salimos, en dónde trabajamos, en dónde festejamos, etcétera.

De hecho, al iniciar sesión en nuestra cuenta de inmediato el sistema nos invita a señalar "¿qué estás pensando?". Y tampoco es un secreto que para abrir la cuenta se nos pide decir edad, lugar de residencia, escuela en la que estudiamos, en qué trabajamos, entre otros datos. Toda esta cantidad de información muy personal nosotros la compartimos casi sin chistar. Es verdad que muchos "mienten" o matizan los datos señalando otra edad, otra ocupación u otro lugar de residencia, pero son los menos. Lo que sí se vuelve frecuente es que por otras vías y utilizando otros artilugios en Facebook nos saquen muchos datos incluso más personales.

Con demasiada frecuencia vemos como la gente utiliza pequeños programas a partir de los cuales una aplicación nos dice a qué famoso te pareces o cómo lucirías si fueras hombre, mujer, animal o superhéroe. Por esa vía nos sacan una gran cantidad de datos que luego el sistema procesa y puede generar algo que se llama "datos predictivos". Este tipo de datos son sumamente cotizados entre las empresas, instituciones o cualquier otra entidad interesada en influir en las personas, sea para que compremos algo, para que leamos algo o para que actuemos en cierto sentido.

En términos prácticos lo que empresas como la mencionada Cambridge Analytica hacen es "mapear" a una población y extraer de ese mar de información perfiles ideológicos, religiosos, de personalidad y opiniones de la gente, para facilitar la penetración en sus mentes, para saber "por dónde llegarles" cuando sea de utilidad hacerlo. En el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook se ha señalado con insistencia que la anomalía consistió en que esta última empresa permitió el acceso directo a la información de sus usuarios para que la misma fuera utilizada con fines políticos. 

La legalidad o ilegalidad de ello ya está ventilándose en las instancias norteamericanas correspondientes, pero aunque se sancione a alguien, se multe, se caigan las acciones de una empresa o se desprestigie a otra, lo que es una tendencia irrefrenable es el modelo de ejercicio de poder que está detrás del uso de la información: influir en la conducta de las personas a partir de sus vínculos. Así es: en la medida que hoy yo mismo voy dejando un rastro sobre los sitios por los que navego en Internet, a lo que le doy "me gusta" o lo que comparto, establezco una manera de que me vinculen con ciertas ideas, gustos, preferencias o creencias; y quien sepa eso, sabrá cómo tiene más posibilidades de dominar mi voluntad.

Para quienes no se habían dado por enterados hay que darles la bienvenida a la era de la simulación: la época en la que hay posibilidades tecnológicas para procesar tal cantidad de información que es posible recrear a través de esa tecnología modelos que pueden simular, y así predecir, el  rumbo que puede tener una economía, una elección, un mercado, una moda y muchas cosas más. 

Casi nadie está excento ya, pues todos interactuamos cotidianamente con aparatos tecnológicos como el teléfono celular, la computadora, las tablets, el televisor y todos aquellos equipos que se pueden etiquetar como “inteligentes”, porque son capaces de registrar y dar forma a nuestro existir, desagregándolo en miles y millones de millones de cifras gravadas en cada uno de esos aparatos. Si me pueden vincular a mi con cada uno de esos datos "ya me tienen", saben qué me gusta y qué me enfada, por lo tanto hay más posibilidades de que ejerzan poder sobre mí.

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